8 de julio de 2026 - 00:10

Manuel Adorni: crónica de una muerte anunciada

Una renuncia que oxigenó políticamente a la administración del presidente Milei, siempre con la mira en el proyecto reeleccionista del año próximo.

Profesor universitario de Historia de las Ideas Políticas

Durante varios meses, el escándalo del jefe de Gabinete Manuel Adorni ocupó el centro del escenario político, metiendo al gobierno en un brete del cual no encontraba salida, sometido a los embates de la oposición y los medios, a los que consideraba operaciones políticas destinadas a debilitar al presidente. La renuncia de Adorni tal vez significó una solución a un problema en el que lo político, lo legal y lo moral estuvieron mezclados.

La renuncia vino a oxigenar a la administración de Milei en un momento en que la economía vuelve a dar buenas señales. Seguramente le va a permitir, ya lo está haciendo, “relanzar” la gestión y mejorar la imagen pensando en 2027. Eso es lo que el gobierno espera. Ello no quita que lo ocurrido con Adorni amerite algunas reflexiones.

La política está necesariamente vinculada a la ética, a pesar de que desde hace siglos –desde Maquiavelo- se pregona sobre la separación de ámbitos.

Los problemas políticos suelen ser, también, o sobre todo, problemas morales. El caso de Adorni, como el de Insaurralde y tantos más, son una buena muestra. La corrupción es una enfermedad enquistada en nuestra sociedad y en nuestro sistema político y, si bien hay cuestiones estructurales que la favorecen –el tamaño del Estado, la opacidad burocrática de la gestión pública, las deficiencias del sistema electoral-, el problema está ligado a la naturaleza humana. Los hombres son lo que son, y trasladan a la política tanto sus virtudes como sus vicios; pueden obrar con moralidad o con inmoralidad, y lamentablemente es a esto último a lo que estamos acostumbrados. Por eso creemos que el caso Adorni, expresión de la corrupción, es bastante más que un tema legal y político.

Lo que escandaliza es el cinismo con el que se manejó el ex Jefe de Gabinete, patente en sus escasas apariciones públicas recientes, tanto en el Congreso como en la entrevista con José del Río. La Real Academia Española define al cinismo como “desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables”. La palabra clave es vergüenza. La vergüenza ante una acusación de inmoralidad o el reconocimiento de un acto inmoral, proviene de la evidencia de la verdad, frente a la cual no puede haber impostura. Esto no pasa en el caso del cínico, que no tiene problema en mentir y disfrazar sus mentiras de verdad con el mayor descaro. Algo condenable en sí mismo pero más viniendo de un funcionario público de por sí petulante y arrogante.

La parte legal, si hay enriquecimiento ilícito, la determinará la justicia. Lo que sí podemos afirmar es que en todo este asunto se ha comportado cínicamente, mintiendo y desdiciéndose. Tanto en conferencias de prensa como en su concurrencia al Congreso en abril –en medio de la algarabía de los que fueron a apoyarlo- sostuvo que todo su patrimonio estaba declarado y que no había ocultado nada a la justicia. Y advirtió que quienes lo atacaban y acusaban falsamente se iban a arrepentir, e incluso afirmó, irónicamente, que él no podía decir nada al periodismo porque no era propio de un funcionario violar el secreto judicial.

Sin embargo, en la entrevista en la cual informó que había presentado su declaración jurada, admitió haber ocultado cientos de miles de dólares en criptomonedas, sin poder afirmar con claridad cómo se había hecho con ese dinero. Y cuando se le preguntó por qué no los había declarado sostuvo, cínicamente, que había omitido informar los dólares porque, como la mayoría de argentinos, ahorró en negro, ya que es la única manera de defender la propiedad del alcance de las garras de la vieja política. Es decir, no soy yo, somos todos. Mentir y evadir impuestos es, en el fondo, algo bueno y recomendable.

Incluso en su carta de renuncia es cínico: reafirma su honestidad –que ya sabemos no es tal- y ser víctima de un ataque mediático y político. Agradece al presidente –también a Karina Milei y a su equipo- y, curiosamente, le reconoce que esta vez sí le haya aceptado la renuncia, dando a entender que no se quiso aferrar al cargo, sino que había propuesto dejar el gobierno, pero no se lo aceptaban. Vaya uno a saber.

Lo que sí es cierto es que durante todo el tiempo que se extendió esta situación escandalosa, tanto Milei como muchos funcionarios protestaron la inocencia de Adorni. Desde España, el presidente dijo que confiaba en él pero que si era culpable lo iba a eyectar de una patada. Esto último se leyó como sentencia de muerte para Adorni. Pero hasta entonces, lo único que se escuchaba eran apoyos; incluso el silencio de Milei era interpretado como voluntad de mantenerlo en el cargo.

Y, cínicamente, muchos libertarios encararon la situación como una cuestión de lealtad: la batalla cultural exige que apoyemos y defendamos a los nuestros, aunque estén embarrados hasta el cuello. Que seamos los que veníamos a terminar con la casta y con la política corrupta es lo de menos.

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