Un buen discurso, pero con mucha hojarasca

El discurso del presidente Javier Milei ante la Asamblea Legislativa fue, en sus partes centrales, un buen discurso. Sin show de insultos para congraciarse con “la popular” y sin falso relato para echarle la culpa a los demás de sus propios errores, el resto del discurso es para leerlo y analizarlo detenidamente porque habla de lo que es y de lo que quiere ser este gobierno a mitad de su gestión, con bastante razonabilidad.

No fue un mal discurso del presidente Javier Milei porque expuso claramente lo que hizo, lo que piensa hacer y las ideas en las que cree. Pero para analizar lo más significativo y más valioso de su alocución (vale decir, lo que se refiere al “estado de la nación”, propósito que se pretende de todo presidente al abrir cada Asamblea Legislativa) hay que desmenuzar, separar o directamente ignorar casi la mitad del mismo: vale decir, el show boxístico que libró contra la oposición kirchnerista donde Milei hizo valer todo su estilo más vulgar insultando por doquier, aunque tuviera razón en muchas de sus acusaciones contra los gobiernos que llevaron al país al desastre del cual emergió su gobierno.

Hubiera sido mucho más razonable, más coincidente con el espíritu de este discurso institucional, hacer una crítica política, histórica y cultural seria a las ideas y a las prácticas del sistema contra el cual lo votaron a él. Pero hay que admitir que su estilo de panelista televisivo agresivo es, en estos tiempos, mucho más expresivo, más gestor de mejor rating, al coincidir en gran medida con la forma en que a la mayoría de la sociedad le gusta que traten (mejor dicho, que maltraten) a todos los políticos: a insulto puro.

Nos guste o no, Milei fue votado, en una buena medida, para ser el ángel vengador de una sociedad frustrada que le echaba la culpa de todos sus males casi exclusivamente a los políticos. Y ayer cumplió plenamente ese papel, aunque la vulgaridad discursiva abundara por doquier. Pero digamos todo: no existió un ápice de indignación sincera ni sentida en todo el match boxístico contra los “kukas” del presidente, todo estuvo absolutamente planificado. Una elaboradísima puesta en escena. El insulto fue una metodología discursiva más. Que, además, no le reportará costo político alguno. Y probablemente sí, beneficios, aunque hoy por hoy sea del todo indistinguible la “casta” política contra la que ganó y contra la que sigue peleando Milei, de la “casta” política que lo apoya. La gente con la que vino no demostró ser mejor que la que ya estaba, y la que se le agregó viene toda de la vieja casta, con el agregado en su contra de que pegar el salto del perdedor al ganador, no habla demasiado bien de los que así actúan.

La otra parte innecesaria del discurso, que también distrajo de los contenidos del correcto balance de lo realizado (se esté en mayor o menor medida de acuerdo) y de las propuestas un tanto generales, pero bastante razonables, que hizo hacia el futuro, fue lo que podríamos llamar el “relato” mileista de lo que ocurrió durante el año 2025. Vale decir, el modo en que contó los enormes problemas que tuvo durante su segundo año de gestión: los explicó como una conspiración claramente golpista para desalojarlo del gobierno por parte de todos sus opositores. Aunque no lo dijo allí sumó a todos los que le votaron en contra la inmensa mayoría de sus leyes, o le impusieron otras, durante todo ese año. O sea, no sólo a los kirchneristas, sino también a los que fueron sus aliados en el 2024 y lo vuelven a ser ahora.

Eso no es sino una flagrante falsedad histórica porque nada de todo lo malo que le ocurrió a Milei durante su segundo año fue por culpa de intereses externos a su gobierno, sino por errores propios al decidir enfrentarse, siendo aún una ínfima minoría legislativa, con prácticamente todos los que no fueran los suyos (hasta con el macrismo, y con casi todos los gobernadores que le votaron en 2024 a través de sus representantes la ley bases, le dejaron pasar el decreto desregulador ómnibus y la firmaron los pactos de mayo). Y los enfrentó con el único propósito de ganarle en sus territorios.

Es cierto que, al final, su objetivo de ganarles (o someterlos) lo logró, pero no por él o por su hermana, sino por el apoyo extraordinario de Donald Trump, que le hizo ganar una elección crucial en el peor momento de su gestión. Peor momento -no nos cansaremos de insistir- gestado sólo por él y su hermana. Milei reconoció y agradeció a Trump lo que hizo por él, y eso lo honra, pero la debacle que lo tuvo al borde del precipicio durante casi todo el año 2025 no fue por culpa de ningún intento golpista, sino por sus ambiciones políticas partidarias: el dichoso “vamos por todo”, que ahora en este discurso dijo, falsamente, que nunca le interesó. Cuando a Karina le encargó -y le sigue encargando- claramente que se encargue de ir por todo como su tarea política central.

Reconocemos, es cierto, que hubo y sigue habiendo en algún sector del peronismo, intenciones golpistas, sólo que, así como en la era Macri todavía tenían poder para intentar desestabilizar fuertemente a un gobierno, en la era Milei ese poder ya no lo tienen, salvo en las expresiones, sin ningún sustento fáctico, de un chiflado como es el actual gobernador de La Rioja. Por ende, si Milei quiere corregir sus errores, debe mirarse a sí mismo, y no a los demás.

Sin embargo, no criticamos tanto al libertario por lo que ya pasó e incluso superó de modo concluyente en octubre pasado, logrando vivir hoy, de lejos, el mejor momento de su gestión. Lo criticamos porque de no haber sido por esas intenciones políticas de mera acumulación partidaria, no se hubiera perdido un año entero para poder legislar las reformas que recién comenzó a concretar después que ganó las elecciones del 26 de octubre y que piensa continuar con 90 reformas estructurales más a lo largo de este año.

En otras palabras: este discurso, siendo un buen discurso, hubiera sido mucho mejor haberlo dicho hace exactamente un año, en vez de perder 365 días porque se trataba de un año electoral, al que los Milei -Javier y Karina- “supereleccionaron”, supeditando la gestión del gobierno a los intereses partidarios más menores.

Aun así, nunca es tarde para hacer a la Argentina “grande nuevamente”, aunque suene un poco más desmesurado proponerse también para hacer grande a toda América desde Alaska hasta Tierra del Fuego. Pero allí contará con la ayuda de su amigo Donald Trump, suponemos.

En síntesis, sin show de insultos para congraciarse con “la popular” y sin relato para echarle la culpa a los demás de sus propios errores, el resto del discurso es para leerlo y analizarlo detenidamente porque habla de lo que es y de lo que quiere ser este gobierno a mitad de su gestión, con bastante razonabilidad. A fin de que los que lo apoyan tengan más argumentos para apoyarlo y a fin de que los críticos tengan más argumentos para refutarlo. Por lo tanto, hay que reconocer que, a su peculiar modo, Milei cumplió con su deber este 1 de marzo en el Congreso Nacional porque esbozó un modelo de país, y lo hizo en términos coyunturales y estructurales, a corto, a mediano y a largo plazo.

Por eso aconsejamos a todos los que quieran leerlo o escucharlo, que saquen toda la hojarasca de la alocución y se queden con la parte de las ideas (bastante claras) y de las propuestas (bastante más abstractas. aunque no todas), que con ellas se pueden entender claramente tanto las limitaciones, los faltantes y los errores de Milei, como también sus logros, sus méritos y sus objetivos.

Javier Milei ayer explicó el modelo de país que tiene en mente, cómo lo está logrando y cómo se propone continuarlo, que es lo que le corresponde hacer a un presidente en la apertura de una Asamblea Legislativa. O sea, en lo sustantivo cumplió. Mientras que, en lo adjetivo, Milei sigue siendo Milei, y difícilmente cambie.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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