El país asombroso donde nada se olvida y nada se aprende

El mundo nos brindó tres grandes oportunidades para integrarnos a él, desarrollándonos internamente a la vez. Una empezó genial, pero no pudo proseguirse en el tiempo. La otra resultó fallida desde siempre. Ahora estamos frente a la tercera. ¿Será la vencida?

La frase del título de esta nota corresponde al ensayista chileno Mauricio Rojas, quien en 2012 escribió un extraordinario libro sobre la historia de nuestro país, llamado " Argentina, breve historia de un largo fracaso", en el cual nos basamos para sustentar nuestras principales hipótesis, citándolo extensamente a lo largo del escrito.

Partimos de la base que, si bien la Argentina tuvo varias oportunidades para aprovechar las ventajas con que nos ayudó el mundo a fin de entrar de una vez y para siempre en el camino del desarrollo sostenido interno y externo, tres fueron las principales, donde se dio una valoración excepcional a nivel internacional de nuestras materias primas y demás producción local. Una ocurrió durante toda la segunda mitad del siglo XIX y primer tercio del siglo XX con "el ganado y las mieses" de la pampa húmeda y nuestra relación privilegiada con Gran Bretaña. La segunda abrió sus puertas apenas iniciado el siglo XXI por la necesidad que tenía China, frente a su crecimiento exponencial, de nuestra soja y demás productos primarios. La última la podríamos estar empezando a vivir ahora con nuestros minerales y sectores energéticos de la Patagonia y toda la zona andina de sur a a norte, que tan imprescindibles son para el desarrollo de las nuevas tecnologías, particularmente la IA. Momento que además nos encuentra en una relación tan privilegiada con los Estados Unidos como el que -salvando todas las diferencias- tuvimos con Inglaterra hasta hace un siglo. De las dos primeras oportunidades, una la aprovechamos fenomenalmente, pero dejó en herencia graves defectos estructurales, y la otra la desaprovechamos absolutamente. Es de esperar que la tercera sea la vencida.

Primera oportunidad: Roca la aprovechó

Contra el sentido común que impusieron los nacionalistas y los industrialistas no liberales, la alianza con Inglaterra no afectó en nada, sino que más bien benefició nuestro desarrollo integral. Hasta la industria creció hasta más que la agricultura en esos tiempos que se acusaban de primarizar la economía sin agregarle valor. Porque nuestra elite fue lo suficientemente inteligente para que integrándonos al mundo también nos desarrolláramos internamente. Fue un período, el que empezó en 1852, tuvo su apogeo absoluto durante la era de Roca y prosiguió hasta 1920/30, de lejos el más brillante para la Argentina y el que prometía los mejores augurios de un progreso imparable.

Los datos son contundentes: En 1914 la Argentina se había transformado en el país más urbanizado del mundo después de Inglaterra: el 53% de su población vivía en ciudades de más de dos mil habitantes y el nivel de vida medido en términos de PBI per cápita de igual poder adquisitivo era uno de los más altos del planeta. Así llegamos a 1929 donde éramos la undécima nación exportadora del mundo y nos ubicábamos dentro de las diez naciones más ricas del mundo. Fue de lejos, desde 1852 hasta 1930, el crecimiento más largo y más exitoso que tuvo la Argentina en toda su existencia. Sin embargo, a partir de allí no dejó de caer y vivimos -con limitadas excepciones- desde los años 30 del siglo XX hasta el presente, el mayor decrecimiento de nuestra historia, sobre todo en comparación con el apogeo anterior.

Rojas, siendo un liberal bien de derechas, cree que el factor esencial de la explicación de este fracaso reside en la distribución de la propiedad de la tierra agrícola desde sus orígenes. Un modo de apropiación que estuvo más motivada por factores políticos que de lógica económica. Y no fue cuestión de ideología, lo hicieron todos, contribuyendo a formar un gran latifundismo que fue productivo mientras el crecimiento pudo ser extensivo y barato y tuviera una demanda mundial importante de sus materias primas. Pero que, por su propia forma organizativa, estructuralmente jamás pudo adaptarse a un crecimiento intensivo basado en la mejora tecnológica de la productividad (lo que recién ocurriría a inicios del siglo XXI, como enseguida veremos). El latifundismo se inició con la ley de enfiteusis rivadaviana durante 1820 y lo prosiguió Rosas, porque ambos entregaron tierras casi gratuitamente y sin límite alguno a su extensión. Lo cual clausuró desde los inicios de nuestra independencia el surgimiento del pequeño y mediano colono propietario, el farmer, que fue el basamento del modelo estadounidense y otras ex colonias anglosajonas exitosas.

Sigue Rojas, ya entrando en la era exitosa que tuvo como epicentro al roquismo, argumentando así: Después de la guerra contra los indígenas pampeanos se incorporaron 30 millones de hectáreas con lo que la extensión total del área agrícola pudo crecer de 10 millones de hectáreas en 1850 a 51 millones en 1908. En 1914 el 79,4% de toda la tierra utilizable se concentraba en unidades de más de mil hectáreas. Ese mismo año enormes estancias de más de cinco mil hectáreas abarcaban la mitad de las tierras del país. Surgió así un sector agrícola donde el tamaño medio de las propiedades era 7 veces más grande que en los EE.UU. y 14 veces más que en Inglaterra.

Además, no solo creció la superficie cultivada en el campo, sino que además, en contra de lo que piensa la llamada "teoría de la dependencia" o las viejas ideas de la Cepal, quienes sostenían que por vivir siendo la granja e Inglaterra la fábrica, no pudimos desarrollar nuestra propia industria, Rojas asegura que entre 1880 y 1913 la industria argentina avanzó aceleradamente no solo enfatizando la complementariedad existente entre el sector industrial y el agroexportador sino mostrando además que el crecimiento industrial incluso llegó en ciertos períodos a superar al de los sectores agrarios. En total la industria cubría al iniciarse el siglo XX el 71,3% del consumo argentino de productos manufacturados.

O sea que, si sacábamos una foto a la Argentina previa a la primera guerra mundial, podíamos decir que ya éramos los Estados Unidos del Sur de América, y que incluso en muchas cosas superábamos a los Estados Unidos del Norte de América. Sin embargo, dos graves pecados originales, específicamente argentinos, a la larga demostrarían la imposibilidad de poder continuar con ese grado gigantesco de desarrollo. Pecados tan grandes que hasta serían dos de los factores fundamentales que revertirían el proceso, lo darían enteramente vuelta. Lo que demostraría que, en la Argentina, aún en sus mejores momentos, el desarrollo y el subdesarrollo convivieron como las dos caras hasta ahora inescindibles de un mismo país.

En los siguientes análisis del autor chileno la explicación es por demás clara: El modelo de EE.UU. basado en la predominancia de los campesinos propietarios tuvo su eje en el acceso del inmigrante a la tierra. Hizo propietario a los proletarios europeos. En 1862 EE.UU., por ley, detuvo la expansión de la propiedad terrateniente en los nuevos estados del interior y abrió de par en par las puertas para la formación de esa gran clase de farmers. Era el espíritu de Jefferson, que estaba haciendo de EEUU el capitalismo más igualitario y más pujante de esos tiempos. Acá, en cambio, lo que debió triunfar no triunfó: el espíritu de Sarmiento, que en Chivilcoy en 1868 hablaba de un país donde un norteamericano pudiera reconocer en Argentina a su patria. El sueño sarmientino era el de una nación de propietarios, de gauchos e inmigrantes con una casa en que vivir y un pedazo de tierra propia que trabajar. Chivilcoy y EE.UU. eran según Sarmiento hijos del mismo padre. Pero como hermanos, terminaron parecidos a Caín y Abel.

El propietario de la tierra en EE.UU. la trabajaba él directamente, residiendo en ella, mientras que en la Argentina el propietario vivía en la ciudad "tirando manteca al techo" y ponía arrendatarios, a la vez que de hecho impedía que los inmigrantes pudieran ir al campo porque necesitaban poca mano de obra, obligándolos a quedarse en las grandes ciudades, donde la mayoría terminarían como obreros o dependientes. Porque la industria argentina, si bien fue cuantiosa ya desde la segunda mitad del siglo XIX, tenía también una inmensa falla de origen: la baja productividad relativa del sector. Las industrias formaban una abigarrada mezcla de artesanía tradicional, talleres de manufactura e industrias semimecanizadas, aunque también incluían grandes fábricas y establecimientos industriales modernos vinculados a la exportación de productos de origen agropecuario. Pero a la postre triunfó la orientación unilateral hacia adentro en vez de su orientación a la exportación, con lo que cada vez fue siendo menos competitiva. Se trató de una industria que nació dependiendo de la habilidad de los inmigrantes, como el campo dependió sólo de los latifundistas. Los latifundistas no vivían en el campo de su propiedad, y los inmigrantes no podían ser propietarios ni en el campo ni en la ciudad. En su juventud la industria argentina era ya anticuada. Se creó así una industria tremendamente dependiente, vía importaciones, del mercado mundial, pero sin capacidad alguna de generar los medios de pago internacionales para cubrir sus necesidades.

Y de allí al inicio de la tragedia que aún nos acosa y no nos deja crecer ni en el campo ni en la ciudad hubo solo un paso: la necesidad siempre en aumento de importaciones para el sector industrial fue cubierta con parte de las divisas que el sector agroexportador generó tan ampliamente en esa época. Todo seguía dependiendo de la Pampa. "La industria argentina pudo crecer y crecer, pero nunca madurar, nunca emerger de su infancia protegida a pesar de su tamaño cada vez más abultado", concluye nuestro autor.

Mientras que, con respecto al sector agrícola, cuando Estados Unidos reemplazó como potencia hegemónica a Inglaterra, nuestro futuro crecimiento agropecuario dependía de la transición hacia métodos de cultivo más intensivos en términos de capital, lo que requería de inversiones hacia el sector agrícola infinitamente más grandes de las procuradas hasta entonces. Sin embargo, se prefirió utilizar al campo como la caja fuerte del país para subsidiar una industria ineficiente y de esa manera fue drenado de su excedente económico en el mismo momento en que sectores agrícolas de países rivales se modernizaban rápidamente.

A la vez que, por su parte, Estados Unidos había dejado ya en claro tras la guerra de Secesión que los productos argentinos rivales debían, de ser necesario, ser eliminados de su mercado interno. La exitosa relación que tuvimos con Inglaterra para el comercio internacional, ya no la tendríamos con Estados Unidos. Y lo que pudimos hacer por si solos, sin aliados por el mundo, fue más bien poco y nada, por una errada concepción estratégica y productiva.

Segunda oportunidad: Kirchner la desaprovechó

Pero la historia sigue evolucionando, y en los años 90 del siglo XX, la apertura económica generada por el menemismo, si bien produjo muchas privatizaciones que se agotarían al poco tiempo por haber sido mal encaradas desde su origen, sí logró un cambio estructural que fue exitoso, que por ende aún hoy persiste y parece que llegó para quedarse: el crecimiento o la instalación de nuevas empresas trasnacionales que produjeron una verdadera revolución tanto de la composición como de la productividad del sector agropecuario con un auge de la producción de oleaginosas y de cereales así como de la exportación ligada a una agroindustria cada vez más competitiva. Se llevó a cabo una modernización tecnológica -avances en genética vegetal, incorporación de fertilizantes, agroquímicos e innovaciones en la modalidad de siembra- que puso a la agricultura argentina en la frontera de los avances internacionales del sector. Esta será la base de la agroindustria exportadora que crecerá con un dinamismo excepcional desde el 2003 en adelante, concluye Rojas.

Otra vez el granero del mundo, ahora mucho más tecnologizado, se ponía a disposición de lo que le ofreciera el futuro. Y el futuro fue nuevamente generoso: el crecimiento fabuloso de una China devenida económicamente capitalista que estaba gestando la clase media más gigantesca del mundo, hizo que nuestra producción agrícola -con eje en la soja, pero no solo la soja- pudiera ponernos otra vez en el camino del desarrollo sustentable si sabíamos aprovechar esa nueva oportunidad donde los precios se elevaban más allá de las nubes.

Sin embargo, no le tocó presidir al país a gente que pudo haberlo sido, con concepciones liberales como la de Ricardo López Murphy o un conocimiento cabal del sector agrario residiendo incluso en el lugar más productivo de la Argentina, el santafesino Carlos Reutemann. Políticos cuyas concepciones defendían al campo productivo, a la globalización y al capitalismo liberal, que eran las armas para encarar una verdadera transformación. Pero por esos avatares de la historia llegó un señor feudal del sur patagónico, Néstor Kirchner, que en vez de hacer lo único que podía hacer grande a la Argentina en ese entonces, una alianza estratégica y estructural entre el gobierno y el campo, optó por seguir el camino tradicional de pedirle al campo ahora más eficiente que nunca, que subsidiara más que nunca a la industria improductiva, la que durante toda esa época representó la figura de Ignacio de Mendiguren. Pero esta vez el campo, consciente de sus posibilidades, se rebeló como nunca antes. Eso llevó a un conflicto gravísimo donde el gobierno fue derrotado pero el campo no pudo triunfar en imponer su rumbo, con lo cual la segunda gran oportunidad histórica de integrarnos al mundo desarrollando estructuralmente por dentro a la Argentina, se convirtió en un fracaso estrepitoso.

Sin embargo, ese campo donde muchos de los hijos de los viejos latifundistas han regresado para trabajarlo directamente ellos, donde las propiedades de tamaño más racional están avanzando y las nuevas tecnologías son de por sí intensivas, no meramente extensivas, permite que la Pampa Húmeda siga siendo un factor de crecimiento extraordinario, ya no dependiendo solamente de los precios internacionales, si se los sabe aprovechar desde el gobierno a través de alianzas estratégicas.

Tercera oportunidad: ¿Milei la aprovechará?

En el horizonte, esa revolución del campo que vino para quedarse podría integrarse a las bases de la tercera oportunidad que se nos ofrece: la de recursos estratégicos más allá de los que gesta la fértil pampa que el mundo reclama cada vez en cantidades más crecientes y a precios igual de crecientes. Ahora el turno de la integración internacional, global, deberá estar hegemonizada por materiales gestados principalmente en la Patagonia y en toda la zona andina hasta el norte del país. Donde Mendoza también está definitivamente incluida. El otro país, el olvidado de siempre, el del desierto infinito y de los caudillos eternos, se encuentra a las puertas de poseer las llaves para dirigir el desarrollo estratégico de la Argentina, si esta vez no cometemos errores como en las anteriores ocasiones.

Dice el analista internacional Fabián Calle que, en los últimos años, recursos estratégicos como gas, petróleo y litio ganan más y más fuerza. Sumándose paso a paso la minería de cobre, oro, uranio y el aprovechamiento de las zonas frías de la Patagonia para instalación de centros de producción de inteligencia artificial. Todas actividades donde la Argentina es productora y de a poco creciente exportadora. También se debería poner la atención en un radical aumento de la importancia del Atlántico Sur y los pasos estratégicos de Drake en la puja abierta y clara entre Washington y Beijing por el control de los mares, o sea, el control de la globalización. Finaliza Calle sosteniendo que el clima frío de la Patagonia y sus fuentes de energía renovables van generando un creciente interés en sectores de capital intensivo como la Inteligencia Artificial.

Pocos días atrás, en nuestro diario editorializamos con un ejemplo significativo: que, impulsado por el auge del litio y una diversificación económica inteligente, el Norte argentino atraviesa un momento de esplendor que tiene en "San Lorenzo Chico" a uno de sus símbolos más visibles. Ubicada a las afueras de la ciudad de Salta, entre la capital provincial y las yungas que anuncian el inicio del Valle de Lerma, esta localidad pasó en pocos años de ser un área rural a convertirse en un centro de inversiones, desarrollo urbano y servicios premium. No es casual que hoy muchos la llamen, con asombro y algo de exageración, la “Dubai” de la Argentina. El mote no surge solo del impacto visual de su crecimiento, sino de la velocidad y escala de la transformación. Barrios privados, shoppings, hoteles de alta gama, colegios bilingües y proyectos inmobiliarios de lujo redefinieron el paisaje. San Lorenzo Chico se consolidó como una zona moderna, con infraestructura y servicios de primer nivel, capaz de atraer a sectores de alto poder adquisitivo, profesionales calificados e inversores nacionales e internacionales. Llegada de empresas proveedoras, crecimiento del empleo calificado, demanda de viviendas, oficinas y servicios.

El motor de este fenómeno es el litio, el llamado “oro blanco”, insumo clave para la fabricación de baterías, especialmente las destinadas a vehículos eléctricos. La demanda global crece al ritmo de la transición energética y Argentina, como integrante del "Triángulo del Litio" junto a Chile y Bolivia, ocupa una posición estratégica.

Por su lado, nuestro columnista especialista en relaciones internacionales, Rodolfo Vacarezza, sugiere la siguiente propuesta: "La idea es superar la condición de simples exportadores de commodities (tomadores de precios internacionales) para ser proveedores de valor agregado, en condiciones de sostenibilidad y calidad (como propone la Cámara Internacional del Litio), integrando las producciones de litio de Argentina, Bolivia y Chile. Ya que esos tres países comparten una de las mayores regiones geográficas productoras de litio a nivel mundial, el llamado Triángulo del Litio, que concentra el 60 % de las reservas conocidas a nivel mundial".

La alianza con los Estados Unidos en lo que se refiere a este tipo de producción exportable es complementaria, no competitiva como lo son los productos agrícolas, por lo que puede ser muy útil para una nueva inserción internacional del país que nos integre esta vez sí definitivamente al mundo, desarrollando tanto el campo como la industria y ahora los servicios, sin las taras fundacionales a las que nos referimos recién. Pero para lograr el desarrollo sostenible definitivo, necesitaremos además de Estados Unidos, alianzas igual de sólidas con China y con la Unión Europea, entre otros. Necesitamos sí, a Estados Unidos, pero no en una nueva alianza carnal (mucho peor si no es ni siquiera entre países, sino simplemente entre dos presidentes con afinidades ideológicas, porque eso es pan para hoy y hambre para mañana) sino con la amplitud de miras que nos permita comerciar con todo el mundo, poniendo al interés nacional por encima de todo.

¿Podrá esta vez la elite argentina, tanto pública como privada, lograr lo que no pudo lograr hasta ahora? ¿Podrá el país donde nada se olvida (con lo cual el rencor y las grietas se incrementan) pero a la vez nada se aprende (con lo cual hasta ahora no hemos sido capaz nunca de poner la experiencia del pasado a favor de los requerimientos del futuro, sino al mero servicio de las luchas faccionales del presente) entrar definitivamente al desarrollo sostenible?

Por ahora preguntas, tan solo preguntas.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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