El Museo Cornelio Moyano exhibe una muestra novedosa: Mendoza negra que tiene como propósito difundir objetos y testimonios que demuestran la presencia de la población negra esclava y libre en la sociedad, la economía y la cultura mendocina (y cuyana). Los historiadores han repuesto las vicisitudes de sus historias de vida mediante la fragmentaria información alojada en archivos y bibliotecas. Se trata especialmente de padrones o censos de población, registros parroquiales, protocolos notariales, testamentos y expedientes judiciales. A través de ellos, y como tejedores de tramas casi invisibles, han conseguido retratar e interpretar como vivieron la atribulada etapa abierta con la destitución del virrey Cisneros, la formación de la Primera Junta patriótica en Buenos Aires y las guerras revolucionarias que se dispararon en la geografía del antiguo virreinato rioplatense para defender el justo derecho del autogobierno ante el asedio de los defensores del rey español, sus leyes y sus ejércitos.
Dos historias mínimas ilustran las formas en que los negros libres y esclavos interpretaron el nuevo tiempo político y el horizonte de expectativas abierto con las ideas de libertad e independencia: Joaquín Fretes y Bernardo Aragón. El primero había nacido en Angola. Tenía 23 años cuando viajó de Santiago de Chile a Mendoza en el verano de 1812. En su equipaje traía algo de ropa, un violín y el valioso documento que acreditaba ser hombre libre. La libertad se la había concedido el canónico Juan Pablo Fretes a quien había servido con esmero. Su antiguo amo lo había hecho como muestra contundente de ser un ilustrado que condenaba la esclavitud y la justa causa de la libertad americana, la religión católica y la pureza de las costumbres. Al llegar, alquiló un cuarto en la casa de Pedro N. Ortíz, daba clases de música para ganarse la vida y frecuentó los lugares donde se reunían negros libres y esclavos. En uno de sus encuentros, trabó amistad con Bernardo, un músico que era esclavo de Francisco Aragón. Había nacido en Mendoza, tenía 20 años y era analfabeto, aunque dicha condición no le había impedido estar al tanto de las revueltas protagonizadas por gente de color en varios rincones americanos y de la manera en que la Revolución había abierto los canales para conquistar la libertad civil.
Luego de charlar en secreto pergeñaron el plan de movilizar a gente de su clase para exigir a las autoridades y a sus amos la carta de libertad con la idea de alistarse en los ejércitos de la Patria. Así, mientras Bernardo, invitó a sus amigos, y a los amigos de sus amigos, Joaquín escribió una proclama que decía: “Viva la patria, viva la unión y nuestra excelentísima Junta del Río de la Plata y nuestra amable libertad. ¡Viva! ¡Viva!”.
Corría el tiempo de la Cuaresma por lo que la proclama circulaba a la salida de misa o al concluir la hora de oración. También se difundió en los fandangos de los bajos del Zanjón, y en las pulperías que frecuentaban. Según se supo, treinta esclavos negros y mulatos aceptaron el convite, aunque el rumor de conspiración alcanzó a más de cien hombres y mujeres. Algunos eran oficiales y aprendices de zapateros a semejanza del padre del “caudillo” o “comandante” del levantamiento, el negro Bernardo. El plan cobró impulso el Domingo de Pascua cuando acordaron reunirse con armas en mano en la esquina de la casa del teniente gobernador, Joseph Bolaños, para exigir que les fuera concedida la libertad. En caso de que no aceptara, habían maquinado atacar el cuartel, y si era preciso, “matar a los blancos” como habían hecho los negros de la isla de Santo Domingo para “hacerse libres”. El sermón de fray Matías del Castillo que habían escuchado en Santo Domingo iba en esa dirección: ese día había insuflado el ánimo de los feligreses en favor del sagrado sistema de la libertad, y había enfatizado que la obediencia a la Junta de Buenos Aires, y sus leyes, era equivalente a la devoción de la Virgen María.
En medio de esa atmosfera politizada, el rumor llegó a oídos del teniente gobernador quien puso en marcha la maquinaria policial para dar con los cabecillas del movimiento. Entretanto, las familias decentes se refugiaron en sus casas de campo ante el miedo que despertaba la furia de los insurrectos. Al día siguiente, se inició el proceso judicial. Entre los testigos que declararon ante el fiscal, figuró Fray Domingo de la Xara Quemada quien declaró a favor de los conjuros porque consideraba que el reclamo era justo. También expresó que aborrecía la “servidumbre”, y que estaba comprometido en “enseñar a todos los hombres sus derechos, a fin de que fuesen útiles a su Patria, y que con esto pensaba hacer un gran servicio al Presente Gobierno, (y) felices a los Americanos haciendo que sacudan el pesado yugo que hasta ahora los ha oprimido”. A su vez, los letrados defensores argumentaron los justos derechos que animaban el reclamo. Por tal razón no sólo debían ser exonerados de las acusaciones, sino que debían ser premiados por haber pretendido obtenerla. De modo que sus conductas no constituían ningún delito, sino que merecían ser reconocidas en función del patriotismo y la obediencia al gobierno de Buenos Aires. Un comportamiento que merecía ser considerado como ejemplar en tanto se conectaba con la genealogía patriótica ensayada por negros libres y esclavos cuando habían contribuido a expulsar a los “impíos” ingleses de la capital virreinal en 1806 y 1807. El tribunal no desoyó el argumento de la defensa, sino que sirvió de fundamento de la sentencia por la cual se ordenó liberar a los reos. Días después partieron a Buenos Aires y es poco lo que se sabe de ellos.
* La autora es historiadora del CONICET / UNCuyo.