José de San Martin murió en Boulogne sur mer, una pequeña villa marítima del Atlántico francés el 17 de agosto de 1850. Dos años antes había llegado con su familia como consecuencia de la conmoción que le había producido los sucesos revolucionarios parisinos. Así se lo había confesado al Jefe de la Confederación argentina, Juan Manuel de Rosas, y a otros viejos amigos con los que mantenía correspondencia periódica. Entre ellos figuró Tomas Guido, quien se había convertido en fiel confidente a la distancia. Lo había dejado de ver en 1822 cuando le había confesado que iba a zarpar rumbo a Valparaíso después de haber conversado con Bolívar en Guayaquil y evaluar que no disponía de capital político, ni tampoco de fuerza militar para seguir la guerra contra los realistas que acechaban la antigua Ciudad de los Virreyes desde la sierra peruana. Al llegar a Chile todavía O'Higgins retenía las riendas del poder, pero su gobierno tambaleaba. Sus adversarios no solo eran los antiguos partidarios de los hermanos Carrera; ahora se sumaban los jefes militares del sur que cuestionaban el estilo autocrático de su gobierno. Entretanto, el gobernador de la plaza organizó una tertulia a la que asistió la inglesa Mary Graham y de las conversaciones que mantuvo extrajo la conclusión que el general atribuía a la revolución francesa el origen de las revoluciones americanas.
Esa era la razón que lo había conducido a abandonar el ejército real y sumarse a la causa de la independencia junto a otros americanos disconformes con los liberales españoles que dirigían la guerra contra Napoleón. Había llegado a Buenos Aires en 1812 con pocas relaciones, pero pronto ganó confianza e influencia para traccionar la declaración de la independencia de las Provincias Unidas de Sud- América cuando la mayoría de los bastiones patriotas del continente habían caído en desgracia. Esa decisión política era necesaria para enfrentar las fuerzas realistas en Chile como nación soberana, coaligar la voluntad y recursos de ambos gobiernos y avanzar al Perú, el epicentro de la contrarrevolución. Allí había llegado con una pequeña escuadra naval que incluía a Tomás Guido cuando ya eran reconocidos como Libertadores por haber triunfado en Chacabuco y Maipú.
Guido cumplió todas las misiones diplomáticas delegadas por el Protector del Perú, y lamentó su partida de Lima. Después de Ayacucho regresó a Chile, recogió a su familia y viajó a Buenos Aires donde reanudó la correspondencia con San Martín ya radicado en Bruselas. Entretanto , puso sus dotes diplomáticas al servicio del gobierno de Rosas, y más tarde sirvió a Urquiza, que le valieron más de una crítica después de Pavón. A esa altura, Mitre ya había escrito una historia de la revolución que tenía como hilo conductor la vida de Manuel Belgrano, y había participado de los homenajes póstumos a Bernardino Rivadavia y a Juan Lavalle. Pero ninguno de ellos reunía requisitos suficientes para convertirse en héroe nacional, tal como lo habían percibido Alberdi y Sarmiento cuando habían ensalzado la conducta pública de San Martín después de visitarlo en Francia. De modo que cuando Mitre asumió la presidencia dispuso erigir una estatua ecuestre en su honor en la Plaza de Marte en 1863, mientras una ley del congreso del año siguiente aprobaba el proyecto de repatriación de sus restos que Juan María Gutiérrez había propuesto en la biografía dedicada al Héroe de los Andes.
En ese atmósfera conmemorativa, Guido rompió el silencio y publicó tres testimonios sobre el accionar del Libertador: un breve artículo en el que narró la última conversación que mantuvieron en La Magdalena; la famosa Memoria que había presentado al director Pueyrredón con la que refutó a quienes habían puesto en duda su reputación, y el ejercicio de memoria sobre las negociaciones de Punchauca de 1821 en el que interpeló las Memorias de Lord Cochrane con el fin de refutar las descalificaciones en torno al impacto del armisticio en la parálisis de la fuerza militar y las controversias suscitadas por las pretensiones monárquicas del círculo sanmartiniano. Ante la denuncia de la inacción militar, el Guido ya anciano destacó dos argumentos: el estado desesperante de las tropas patriotas y del rey, y la suspensión de hostilidades como estrategia oportuna para fomentar la revolución y desprestigiar la opinión del gobierno español. En torno a la idea de conciliar la independencia con la monarquía constitucional, el fiel confidente de San Martín argumentó que la propuesta coincidía con la agenda de los “liberales del mundo” en tanto permitía reconciliar los intereses de España y América, y porque permitía “hacer menos violento la transición del régimen colonial a la república en vista a que Perú no ofrecía un campo preparado para recibir la semilla de las instituciones liberales”. Ante tales evidencias, la gestión del poder independiente conducía a diseñar un esquema de gobierno de “soberanía mixta”, a la inglesa, como fórmula apropiada para conciliar pasado y presente, y como artefacto de gobernabilidad favorable a la estabilidad y el progreso. Y sería ese problema el que lo condujo a fundamentar las razones del fracaso de la propuesta de monarquizar Perú. A su juicio, el fracaso del proyecto reposaba en la disociación entre lo social y lo político en tanto la revolución había invocado la libertad e igualdad de los pueblos despertando la “tea en las nuevas naciones que asociaron sus promesas con la noble imagen de la república”. En consecuencia, la fatal apuesta por la monarquía constitucional con un príncipe europeo en la cúspide, cuya autoría atribuyó al ministro Bernardo Monteagudo, había colisionado con el “vértigo de la sociedad”, a pesar de las teorías que la invocaban como la más conveniente, y la dificultad de resolver “las vacilaciones de cómo y quién podía poner valla o límites a las ideas democráticas”.
Con ese testimonio, Guido no sólo ensalzaba el papel de la moderación como piedra de toque de la “revolución de América”, y dejaba a la vista las dificultades de afianzar el orden posrevolucionario y edificar el gobierno representativo y republicano que recién se había afianzado entre las provincias argentinas en el ciclo constituyente 1853-1860. Lo hizo en vísperas de morir y ser sepultado sin homenajes públicos en la cripta familiar del cementerio de la Recoleta para cuando el legado de su respetado y confidente amigo estaba siendo catapultado como prototipo heroico de la república en ciernes, sólo secundado por Manuel Belgrano, el patriota abnegado y despojado también de sus preferencias monárquicas. Sería recién en 1966 cuando los restos de Guido serían depositados junto al de San Martín y Las Heras en el Altar de la Patria.
* La autora es historiadora del CONICET.