La marcha del Ejército de los Andes para restaurar la libertad en Chile dependió de una calculada estrategia militar protagonizada por vanguardias y partidas de guerrillas que permitían detectar áreas propicias de aprovisionamiento y descanso, como también para observar y atacar las guardias o posiciones del enemigo. Esa lógica de operaciones de la cual San Martín había sido instructor en la guerra peninsular, y que había habilitado cuando estuvo al frente del Ejército del Norte, entró en conflicto en la noche del 24 y el 25 de enero en el paraje de Picheuta, y en el de Potrerillos, ante movimientos equivalentes practicados por fuerzas enemigas que habían dispersado la partida al mando de Enrique Martínez, obligándolo a retirarse hasta Punta de Vacas. El resultado a favor de los realistas fue publicado en la “Gaceta del Rey” para insuflar los ánimos en la capital y en las principales ciudades del reino, y mostrar la capacidad de maniobra de sus tropas. El parte de guerra hacía evidente no sólo la urgencia de capitalizar el ataque sino también la tónica del antagonismo político: “El campo de batalla quedó para nosotros. Los enemigos recogían con celeridad increíble sus heridos y muertos, los retiraban. Venían tocando marchas francesas e insultándonos; por nuestra parte no se oyó más que «fuego» y «Viva el Rey»”.
Ambos contrastes no frenaron el avance patriota. A fines de enero, la división de Soler abandonaba Manantiales mientras la vanguardia de Las Heras, en el camino de Uspallata, se ponía en movimiento rumbo a la Cumbre. Entretanto, San Martín avanzó hacia Manantiales, y se mostraba satisfecho con el desempeño de los jefes, oficiales y soldados. Así lo informó a Pueyrredón el 31 de enero: “Hasta aquí no habido en toda la marcha del ejército el menor extravío, deserción, ni desorden se ha sufrido. Si todo corresponde a tan feliz principio, se puede pronosticar el mejor éxito de nuestra expedición”.
Entretanto, Las Heras retomó la marcha logrando hacer pie en Juncalillo distante a pocas jornadas de Santa Rosa de Los Andes, su objetivo principal. Los informes de los espías le permitieron evaluar que estaba en condiciones de avanzar porque sus rivales habían abandonado el lugar para atacarlos por flancos y retaguardia gracias a la gran movilidad de cabalgaduras disponibles, y al control de las villas del valle. La captura de tres prisioneros lo puso al tanto del número y composición de las tropas enemigas. Por ellos supo que la fuerza de vanguardia estaba conformada por 70 o 80 valdivianos y 20 “colorados”, y que en Santa Rosa había 25 hombres. También supo que en San Felipe estaba el batallón de Valdivia. Al contrastar el número de la fuerza enemiga con la propia, Las Heras ordenó que la guerrilla se retirara a la espera de una compañía de Cazadores, y 5 compañías del regimiento n° 11 para que juntas emprendieran el ataque a la guardia antes que los realistas pudieran recibir refuerzos. A la cabeza de la operación militar, ubicó al sargento Enrique Martínez quien antes de dirigir el ataque leyó el santo y seña del día para exaltar el ánimo de sus soldados: “El bravo argentino traspasó los Andes”. Dicha expresión se convirtió en anticipo de la vigorosa acción de fuego que permitió doblegar la resistencia realista, recoger armamento y víveres dispersos en el campo de batalla y ordenar la destrucción de las fortificaciones y la casa de la guardia.
Mientras las armas de la Patria ganaban terreno, y Martínez decidía acampar en las inmediaciones de Santa Rosa, las fuerzas dirigidas por Zelada accedían a Huasco después de dispersar las milicias comandadas por el subdelegado, quien fue perseguido por partidas de guerrillas para evitar que obtuviera refuerzos. Por su parte, Cabot también había sorprendido la guardia enemiga en la Cañada de los Patos y seguir hacia Coquimbo con una compañía de cien milicianos. Entretanto, la división que cruzó por el paso de los Patos recibió la orden de levantar campamento en dirección a las Coymas ante la crucial ventaja obtenida en Guardia Vieja: el combate en el que el capellán del regimiento, el fraile José Félix Aldao, había tenido una “acción bizarra” que fue reconocida por Las Heras. Aquel 4 de febrero también los blandengues de la frontera al mando de Lemos habían llegado a la Guardia de San Gabriel que encontraron abandonada a raíz del temporal que había asolado el paraje cordillerano. Tres días después, la vanguardia del ejército hacía pie en el valle central por lo que Soler difundió un bando donde puntualizaba que la guerra era contra los enemigos de la América, y no con el Estado de Chile, y sentaba las condiciones para el enrolamiento general, la clasificación de traidores sobre los indecisos, la subordinación de los jueces territoriales a los comandantes militares, la obligación de los propietarios a entregar el ganado para el servicio del ejército bajo un justo precio y la gratificación de quien se pasara a las filas patriotas con o sin armas.
El avance y la sincronía de ocupación de pueblos y villas del valle central, del norte y del sur chilenos por parte del Ejercito de los Andes era ya una victoria. Así lo expresó San Martín a Pueyrredón el 8 de febrero desde San Felipe: “Nuestra marcha ha sido una serie de sucesos prósperos. Contrastando con la naturaleza vencimos sin novedad alguna la altísima y fragosa sierra de los Andes”. El ataque sería inminente y tendría como escenario la cuesta de Chacabuco. Pero antes había recomponer fuerzas y recolectar ganado porque los 1200 caballos habían llegado estropeados por la “áspera sierra” y obligado al ejército a descender a pie.
* La autora es historiadora del CONICET.