Un acta de independencia fundacional

El 4 de julio de 1776 el Congreso de Estados Unidos aprobó la declaración de la independencia convirtiéndose en un hito crucial de los tiempos modernos. Las dos revoluciones que conmovieron el mundo atlántico a fines del siglo XVIII, la norteamericana y la francesa, impactaron de lleno en el lenguaje y expectativas de quienes tomaron partido a favor de las independencias hispanoamericanas. Se trataba de dos grandes modelos que tenían a la vista para romper lanzas contra el dominio colonial español y ensayar el inédito trayecto del autogobierno.

El 4 de julio de 1776 el Congreso de Estados Unidos aprobó la declaración de la independencia convirtiéndose en un hito crucial de los tiempos modernos. No sólo porque la nueva comunidad política fundada entre iguales conmovía el tablero internacional sino porque desafiaba los principios del poder imperial que los había gobernado desde siglos atrás. Con ello, la revolución estadounidense ponía sobre el tapete un doble combate: la lucha por el gobierno local y la puja de quienes debían tomar las riendas del país recién fundado.

Thomas Jefferson fue el principal redactor de la Declaración en la que consignó las razones de semejante decisión en respuesta a la cadena de agravios de la que habían sido víctimas los antiguos colonos por parte de los funcionarios del gobierno metropolitano, y que justificaban el justo derecho a separarse del rey y las leyes de la monarquía. El Congreso publicó la Declaración de Independencia, y ordenó imprimirla para que fuera distribuida y leída en público con el ánimo de inflamar el espíritu patriótico en vista a la guerra desatada entre las milicias comandadas por George Washington, y las tropas británicas que habían hecho pie en Massachusetts para reprimir a los rebeldes.

Los nuevos fundamentos del poder fueron luego precisados y amplificados por el Congreso en dos documentos también fundacionales: la Constitución de los Estados Unidos de América (1787) y la Carta de Derechos (1791). Su importancia reposa en dos cuestiones principales: la primera porque estableció las bases del sistema federal de gobierno, y el esquema de pesos y contrapesos entre los poderes del estado con el fin de limitar injerencias, y proteger las libertades de los ciudadanos. El segundo no es menos relevante en tanto instituyó un manojo de derechos civiles que hasta la actualidad vertebran las constituciones herederas del credo liberal, aun siendo reformadas una y otra vez: libertad de expresión, libertad religiosa, derecho de asociación, libertad de petición y la prohibición de los gobiernos de privar a cualquier persona de la vida, libertad o propiedad sin el debido proceso judicial, entre otras protecciones legales. Todas inspiradas en el liberalismo clásico, y en la tradición de Locke, interpretada y difundida por los ilustrados escoceses, y actualizada por Thomas Paine al momento de puntualizar el pedido formal de separación de las colonias de la vieja madre patria en 1776.

El acta de la independencia y los textos que le siguieron fueron la contracara de la guerra de revolución la cual exhibió tres conflictos entrelazados: la guerra global que involucró a los poderes imperiales en danza, el británico, el francés y el español; la pelea de los propios norteamericanos por la independencia la cual se retrotraía a mediados de siglo en la que los litigios entre las trece colonias con la metrópoli incluyeron el rechazo a reformas administrativas e impositivas que precipitó los sucesos de Boston en 1773; y el conflicto social desatado entre las élites de las minorías blancas y propietarias, y los esclavos movilizados a cuenta gotas para la guerra.

La paz se negoció en 1783 y exigió tres tratados complementarios sin que ninguno de los imperios rivales saliera satisfecho del nuevo reparto mundial y de las amenazas que instalaba el experimento norteamericano en la agenda global. Aun así, Gran Bretaña tuvo un forzoso aprendizaje por lo que priorizó la expansión de su influencia comercial en detrimento de cuestiones ligadas al gobierno territorial. En cambio, el triunfo de los norteamericanos se tradujo en el punto de partida de su posterior expansión territorial (excluyendo a los pueblos originarios), y en la universalización de la república representativa como forma de gobierno. Una fórmula institucional fundada en la soberanía popular que sería adoptada por las dirigencias hispanoamericanas, una vez que la monarquía constitucional fuera rechazada como arquitectura posible para edificar los estados nacionales en las décadas que siguieron a las guerras de independencia.

A la vez, la novedad instalada en América adquirió proyecciones insospechadas en Francia y otros rincones europeos, e infligió un giro semántico sustancial en el vocabulario político. En particular, en el significado del término “revolución” en tanto hasta el siglo XVII había aludido a la rotación de los astros o los grandes cambios provocados por fuerzas impersonales que cumplían los designios de Dios. Ya en el siglo XVIII, el vocablo había dado origen a intensos debates en los gabinetes de lectura y academias a raíz de rebeliones urbanas o campesinas europeas o americanas, y la difusión de la “filosofía de resistencia al poder” mediante la cual Locke había justificado el derecho a la rebelión frente a los abusos de poder de los déspotas o tiranos. De modo que la pérdida del sentido planetario del término, que Copérnico había difundido, radicaba su significado en la esfera de las iniciativas y ciencias humanas dejando a la vista dos acepciones o contenidos principales: el que alude al cambio de régimen político, y el que hizo del concepto revolución una experiencia de transformación a largo plazo, y susceptible de ser aplicado a otros campos del accionar humano.

Las dos revoluciones que conmovieron el mundo atlántico a fines del siglo XVIII, la norteamericana y la francesa, impactaron de lleno en el lenguaje y expectativas de quienes tomaron partido a favor de las independencias hispanoamericanas. Se trataba de dos grandes modelos que tenían a la vista para romper lanzas contra el dominio colonial español y ensayar el inédito trayecto del autogobierno, aunque al decir de uno de los más famosos precursores, el caraqueño Francisco de Miranda, convenía seguir la prudencia de la estadounidense y desechar la radicalidad de los revolucionarios franceses porque la primera permitía terminar con los privilegios de las monarquías sin necesidad de movilizar a las clases populares. Sobre todo, ante la violencia desatada en Haití, antigua colonia francesa, donde la revolución fue liderada por hombres de color, empapados de las ideas de libertad e igualdad, que erigieron la segunda república en el Nuevo Mundo despertando temores casi universales.

* La autora es historiadora del CONICET / UNCuyo.

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