Manuel Belgrano y el panteón nacional

Belgrano y San Martín fueron firmes promotores de la independencia y de la monarquía temperada para fijar las bases del gobierno representativo de las Provincias Unidas de Sud América, a cuya cabeza podía figurar un príncipe americano o un príncipe europeo.

Manuel Belgrano secunda a San Martín en el panteón nacional. Ese lugar resulta tributario del protagonismo adquirido en la revolución de independencia, y de las narrativas fundacionales de la nacionalidad argentina. Ante todo, fruto de la empresa intelectual y política encarada por los románticos argentinos que hicieron del pasado revolucionario el zócalo memorial de los sentimientos de pertenencia colectivos con el estado-nación en formación. Ya en 1855, el general José María Paz había trazado un contrapunto entre los modelos de ejército liderados por uno y otro. Mientras la escuela de Belgrano había priorizado la formación de ciudadanos, la de San Martín constituía el ejemplo de formación militar moderna en el que la disciplina era la norma y el entrenamiento la clave de su profesionalización.

La versión ofrecida por Paz fue recuperada por Mitre en la primera biografía que dedicó al creador de la bandera en 1857 y reformuló veinte años después en la que trazó el pasaje del personaje entre dos mundos a simple vista irreconciliables: el del orden colonial en el que había nacido y había acumulado credenciales suficientes para integrar el esqueleto administrativo de la monarquía española, y el nuevo orden, el de la revolución republicana, expresión de la sociabilidad igualitaria y democrática que la precedía, en la que Belgrano había navegado con dificultades.

Ese dilema no había sido soslayado por su biografiado, sino que había sido objeto de un ensayo escrito en primera persona en 1814. En ese texto, Belgrano hilvanó recuerdos sobre la aspiración de impulsar el programa civilizatorio en el Río de la Plata, la pretensión de radicar la regencia de Carlota Joaquina como antídoto a la crisis metropolitana, y la defensa de primera Junta provisional de Gobierno en 1810 como respuesta a la reversión de la soberanía y la necesidad de preservar la unidad de los territorios o gobernaciones que integraban el virreinato.

Tampoco pasó por alto el efecto de la derrota que había desgajado al Paraguay de la égida porteña, por la que fue sometido a juicio por el gobierno triunviral. Ese fracaso le hizo confesar saberes discretos en el arte de hacer de la guerra. Pero ese obstáculo no lo hizo desistir de la nueva misión militar que lo condujo, en el verano de 1812, a la villa del Rosario donde izó e hizo jurar la bandera celeste y blanca, al haber percibido la furia de los vecinos y peones de campo contra los realistas de Montevideo merodeaban las costas y asediaban parajes y pueblos, y que volvió a enarbolar en Tucumán desoyendo la orden del gobierno.

Los triunfos de Salta y Tucumán no despejaron la preocupación por el estado de la fuerza militar. Sobre todo, después de sufrir las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma que terminaron por desvincular las provincias altoperuanas a la égida del gobierno con sede en Buenos Aires. Así lo confesó a San Martín antes y después de que lo reemplazara en la jefatura del Ejército Auxiliar del Perú. “Con Ud. se salvará la Patria”, le escribió en 1813. La confianza residía en el desgraciado estado del ejército que lideraba que hizo decir a los hombres del Triunvirato que el abogado transformado en general “había perdido la cabeza”. Un ejército sin disciplina y compuesto por un extendido plantel de oficiales que licuaba el gasto militar e impedía frenar la deserción. Un conglomerado de hombres armados con lanzas y vestidos con chiripá, y asistidos por mujeres durante la marcha de la fuerza militar, en los campamentos y en el campo de batalla; un ejército integrado por mayorías de paisanos aglutinados en torno a idea de Patria afincada en la localidad, y esquiva al concepto de Nación que acunaba desde 1810.

Ante el crítico estado de la tropa San Martín decidió modificar la estrategia de guerra. Lo hizo una vez que arribó a Tucumán en el verano de 1814. Así lo manifestó al gobierno de Buenos Aires, y volcó idéntica opinión entre los amigos de la logia. El nuevo plan suponía orientar la guerra hacia el Pacífico y crear un nuevo ejército con unidad de mandos, entrenamiento específico y presupuesto suficiente para cumplir con el salario del personal militar, la piedra de toque de la obediencia y garante de la “guerra en orden”.

Los contrastes en el plano militar no se replicaban en el plano político. Belgrano y San Martín fueron firmes promotores de la independencia y de la monarquía temperada para fijar las bases del gobierno representativo de las Provincias Unidas de Sud América, a cuya cabeza podía figurar un príncipe americano o un príncipe europeo. Una solución institucional que creyeron posible con el fin de frenar la “hidra” de la anarquía, sostener el gobierno de unidad frente a la lucha de Artigas y los jefes del Ejército federal, y obtener el reconocimiento de las Cortes europeas en el sombrío escenario de la restauración refractaria de toda revolución.

Naturalmente, las preferencias monárquicas de Belgrano y San Martín debieron ser tramitadas por los padres fundadores de la historiografía argentina porque colisionaban con las narrativas de la república en formación. Así, mientras Vicente F. López fundó su relato republicano militante en clave “aristocrática” con el ánimo de conciliar los principios de la monarquía y la república mediante una operación intelectual que puso en valor la “estabilidad perdida” de la era borbónica y los medios para salir de la “incertidumbre revolucionaria”, Mitre interpretó las preferencias acunadas por los héroes de la Patria como funcionales a la marcha inexorable de la democracia y la república, la primera por ser producto de la historia, la segunda como construcción del legislador. Esa alquimia o reinterpretación habría de constituir un artefacto central del selectivo montaje de olvidos y recuerdos que fungió el mito de orígenes de la nacionalidad argentina.

* INCIHUSA- CONICET, UNCuyo.

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