Los años treinta vieron nacer el grito ¡Patria sí. Colonia no! Surgió alimentado por un revisionismo histórico naciente que reivindicaba la gesta de la Vuelta de Obligado y reaccionando a las palabras del vicepresidente Julio Roca, en ocasión de la firma del tratado Roca-Runciman: “La República Argentina es […], desde el punto de vista económico, una parte integrante del Imperio Británico”. Pocos años después, en 1946, a aquel slogan de amplia adhesión se agregaron otros: soberanía política, independencia económica y justicia social. Eran la base de la doctrina del flamante presidente Perón que, naturalmente, acogieron con fervor sus partidarios y también aquellos que no lo eran tanto, ya que cuidaban de no identificarse con su figura y la de su esposa, por caso parte del nacionalismo y parte de la Iglesia argentina.
Multitudes y diversos colectivos se formaron bajo aquellos principios, los cuales supieron conservar y transmitir a la siguiente generación. Los años ’70 fueron testigos de este traspaso, aunque el legado ya sufría interpretaciones que lo acercaban a una izquierda violenta. FAP, Montoneros y la Tendencia Revolucionaria acreditan estos deslizamientos ideológicos, especialmente entre la juventud.
¿Qué queda ochenta años después de aquellos lemas que millones hicieron suyos y hoy nadie clama por ellos? ¿Dormidos, abandonados o el viento se los llevó? No es posible dar una respuesta simple a un hecho de esta dimensión. Pero algunas reflexiones ayudan a explicar su desaparición que pareciera definitiva, excepto entre unos pocos trasnochados.
Con 400.000 millones de dólares de deuda externa ¿podemos hablar de independencia económica, un principio que es su momento parecía razonable? Por lo demás, en un mundo de interdependencias que apenas se vislumbraba en los años cuarenta. ¿Y qué decir de la soberanía política, cuando nuestras grandes empresas cotizan en la bolsa de Nueva York y están sujetas a la justica de los EEUU o de otros países? ¿Acaso es necesario recordar la situación jurídica de YPF o Vicentín? En cuanto a Patria sí, Colonia no, hoy se debe ser realista, aunque bajando el tono, y decir No somos colonia, pero debemos aceptar padrinazgos. El mundo ya tiene claramente definidos sus países líderes, ricos y militarmente invulnerables.
Nos queda un hueso por roer: la justicia social, cuya moralidad parece estar fuera de toda duda. Difícilmente podría sonar mal al oído de alguien con sensibilidad. Mérito del actual gobierno fue señalar que es una frase peligrosa, por decir lo menos. Abstracta, porque bajo su advocación se puede construir barrios para los humildes, pero -como vimos en los últimos años- legitimar usurpaciones, apropiaciones del espacio público u otorgar jubilaciones a millones que aportaron apenas unos años, terminando de hundir el sistema previsional.
Principios como los mencionados, que gobiernos civiles y militares aceptaron en mayor o menor grado, fueron parcialmente responsables de que viviéramos años de irrealidad, confusiones y decadencia.
* El autor pertenece al Instituto de Filosofía de la UNCuyo.