viernes 7 de agosto de 2020

Opinión

Rosas y la mentira de su infancia heroica

Es cierto que siendo apenas un muchacho durante las invasiones inglesas, Rosas se incorporó al Ejército en el escuadrón de los Migueletes. Pero no es cierto como dicen sus seguidores que luchó en los días de la Resistencia.

Juan Manuel Ortiz de Rozas nació el 30 de marzo de 1793, en la actual calle Sarmiento de Buenos Aires. Si bien vivió en la ciudad fue llevado al campo regularmente, donde adquirió todos los conocimientos que un “estancierito” debía tener. A los nueve años ingresó en la escuela más importante de la capital porteña, perteneciente a don Francisco Javier de Argerich, allí aprendió a leer y escribir.

Rosas dio muestras de un carácter fuerte desde temprana edad, fue un niño desobediente y difícil al que le gustaba torturar animales: “Inventaba tormentos para martirizar a los animales y (…) sus juegos en esta edad de la vida en que ni el más leve sentimiento inhumano agita el alma adolescente consistían en quitarle la piel a un perro vivo y hacerle morir lentamente, sumergir en un barril de alquitrán a un gato y prenderle fuego, o arrancar los ojos a las aves y reír de satisfacción al verlas estrellarse contra los muros de su casa”, señaló el historiador y médico Francisco Ramos Mejía en 1936.

Durante su adolescencia provocó incendios, lastimó a sus peones dándoles bastonazos en la cabeza o haciéndolos golpear por animales frenéticos y gustó de esparcir excrementos sobre la comida de los invitados (Ramos Mejía; 1936). Su madre intentó doblegarlo a través de castigos tales como encerrarlo hasta que reflexionara, sin embargo no lo consiguió muy a menudo.

Pero este Rosas es inexistente en los textos que pretenden ver en él a un paladín de la Historia Nacional, al punto de maquillar su adolescencia con falacias. Una de estas merece especial atención. Durante las invasiones inglesas, cuenta Adolfo Saldías, Juan Manuel de Rosas era un niño de trece años que reunió a varios amigos, los armó y organizó como pudo para colocarse a las órdenes de don Santiago de Liniers, principal artífice de la lucha contra el pueblo inglés. Tras ser aceptado, el pequeño Rosas peleó junto a los criollos y, tras la rendición de los ingleses, Liniers envió una carta a sus padres felicitándolos por la valentía del joven. Pero además, agrega, ante la amenaza de una nueva invasión aquél mini héroe se alistó en el cuerpo de Migueletes de caballería y participó de la Reconquista, los días 6 y 7 de julio de 1807. Por este nuevo accionar los padres recibieron más cartas felicitándolos, una incluso del mismísimo Martín de Álzaga.

El relato suena encantador, pero inexistente. En julio de 1948, Ernesto H. Celesia desmintió semejante ficción. En un artículo del diario La Prensa titulado “Rosas y las Invasiones inglesas” demostró que el mito heroico data de 1830 y fue trazado por Pedro de Angelis, intelectual napolitano al servicio de Rosas. El Restaurador afirmaba la existencia de las cartas y, aunque Saldías señaló que estaban en poder de Manuelita, no las incluyó en su obra con el resto de los papeles que sí publicó. Cabe destacar que Saldías fue el único que tuvo acceso a todos los documentos de la familia Rosas y los utilizó para escribir Historia de la Confederación Argentina, texto fundacional de la corriente histórica llamada Revisionismo.

Celesia no se quedó con eso e investigó en las actas del Cabildo, existentes en el Archivo General de la Nación, pues allí se registró a cada soldado y batallón durante las Invasiones. Comprobó que efectivamente en enero de 1807 Rosas se incorporó al escuadrón de los Migueletes. Figura como presente en los registros subsiguientes, pero en junio se lo señala ausente con la acotación “enfermo en su casa”. Vuelve a ser nombrado recién el 15 de julio, en una nota al margen: “Juan Manuel de Rosas se apartó del servicio el 1 de julio…”. Por ende, los días 6 y 7 no fue parte de la Reconquista.

Lamentablemente muchos historiadores siguen repitiendo aquél mito como una realidad, perpetuando una de las tantas mentiras de las que se nutren nuestros libros de Historia.