Reflexión (medio siglo después)

Es absolutamente humano no creer que esas cosas hayan sucedido aquí, a pocas cuadras de donde estamos viendo televisión o tomando un vino con amigos. Los que pasamos los 70 años podemos, o debemos, seguir pensando, reflexionando, acerca de qué somos hoy a partir de aquello.

Al pensar en la necesidad de la memoria, a propósito de llegar a recordar y rescatar la tragedia que vivimos los argentinos, el genocidio de 1976, lo primero que surge monstruosamente son las imágenes que nos perseguirán toda la vida a quienes teníamos alrededor de 20 años, el testimonio.

Pero ya está, estoy cansado de eso. Relatar nuevamente la persecución, el secuestro, el campo de concentración, las torturas, las muertes, las violaciones, los gritos, los años de cárcel… eso ya está contado cientos de veces en libros, en los tribunales, en la prensa, corriendo el riesgo de perpetuar o de actualizar el terror, o aún de advertir en las miradas la sospecha de que no nos creen. Yo comprendo a esos que sospechan que exageramos o directamente mentimos: es absolutamente humano no creer que esas cosas hayan sucedido aquí, a pocas cuadras de donde estamos viendo televisión o tomando un vino con amigos. Los que pasamos los 70 años podemos, o debemos, seguir pensando, reflexionando, acerca de qué somos hoy a partir de aquello. El pasado se transforma, o dicho más científicamente, lo que recordamos es una representación de los hechos pasados, y eso siempre va cambiando, aunque no siempre para mejor. Pasados los primeros meses, a veces años, de recobrar la libertad y la vida normal, fuimos tomando distintos grados de conciencia de la tragedia que vivimos, de la tragedia que forma parte, inevitablemente, de nuestra historia. Hoy nos toca volver a pensar, siempre será así.

Ya sabemos que, ante un gran trauma, lo primero que hacemos es, para defendernos, negarlo. Pero surge una diferenciación en esa negación. Por un lado, el dolor nos lleva a desear “esto no está pasando”, o “eso no sucedió”. Es natural ante el terror. Luego, cuando recuperamos el olor de las flores, el atardecer en la montaña, las caricias de la amada, el sonido de la música y el caminar por el barrio, quizás por contraste nos decimos que sí, que sí ocurrió aquello, que somos los privilegiados que sobrevivimos a lo que ya pasó. Y que debemos vivir trabajando, viviendo, para que no vuelva a pasar. Creo que tener hijos es una de esas formas de hacerlo.

Pero hay otra forma de negar el infierno. Es la que adoptan quienes, siendo conscientes de lo real del genocidio, intentan que nos adormezcamos en el olvido porque están dispuestos a repetirlo cuando sus intereses, y aún sus confusiones, lo hagan necesario. Para que no estemos atentos. Son los que afirman que, aunque fuera cierto aquello, esas cosas no pueden volver a pasar… ¿y los masacrados en Gaza y las niñas en Teherán? Esos saben que sucedió. Lo niegan porque lo justifican, creen que fue “necesario”, como ocurrió con el genocidio de los pueblos originarios para que llegara “el progreso”. Versión criolla de la banalidad del mal de la que nos hablaba Hannah Arendt.

Los argentinos estamos ante la necesidad urgente de defender la palabra contra la subversión del lenguaje, esa que pretenden imponernos que la palabra libertad es andar sin reglas para joder al prójimo, que nuestra cultura judeocristiana es sólo un conjunto de rituales, que la palabra Patria es cosa de fanfarrias militares, que la historia ya fue, que la justicia social es un robo, que es preferible ser un dócil vasallo al imperio para no tener problemas, que la Soberanía es una antigualla, que la Bandera es sólo un trapo. Hay una palabra que merece nuestra atención: terrorismo. Según los diccionarios, es un método de dominación por medio del terror. El poder ha hecho que muchos crean que los pueblos que se organizan para liberarse de sus opresores son terroristas. En estos días hemos escuchado, a generales sionistas, que los niños en Gaza son futuros terroristas, lo que justifica asesinarlos. En 1976, en nuestra Argentina, nos dominaron por medio del terror, imponiendo sus planes económicos y políticos que hoy vuelven a aplicar apoyándose en las elecciones, que no hubieran ganado si no estuviéramos aun tratando de superar el trauma del genocidio.

Pero los argentinos tenemos en nuestra identidad, en las tripas, el ansia de libertad y el orgullo de mantener la memoria. De ser uno de los pocos países que enjuiciamos a los terroristas con nuestro propio sistema de Justicia en los Juicios por Delitos de Lesa Humanidad, de ser un ejemplo mundial al parir a las Madres de Plaza de Mayo, a los H.I.J.O.S y ya, a los nietes.

(*) El autor integró Montoneros y estuvo preso 7 años, entre 1976 y 1983. Exgremialista. Exinspector de la Filarmónica.

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