13 de julio de 2025 - 00:05

Pymes: se adaptan o desaparecen

Se requiere asumir que los cambios vinieron para quedarse, rodearse de gente con actitud y compromiso, capacitarla para el cambio definido. El escenario exige competir ahora, si se puede.

El brusco descenso de la inflación, la creciente apertura comercial, tasas de financiamiento fuertemente positivas, entre otros factores, en coexistencia con el “costo argentino”, obligan al empresario a adaptarse inmediatamente a las nuevas reglas, a riesgo de desaparecer.

El “costo argentino” es un saco de ladrillos que pesa, desde época inmemorial, sobre las espaldas del empresario, producto de regímenes laborales que desalientan contratar y fomentan la industria del juicio; normas fiscales nacionales, provinciales y municipales y sistemas sancionatorios “medievales”; concebidas con total desaprensión de los nocivos efectos que generan; costosas trabas burocráticas que persisten y operan como máquinas de impedir; etc.

Antes se podía compensar con los “beneficios” de la inflación y algunos subsidios, hoy con nada. Solo eficiencia.

Las reformas estructurales de fondo se postergan “sine die”, ya sea por evidentes restricciones presupuestarias o la importante falta de consenso de nuestros diputados y senadores. La sesión de Senadores del jueves 10 es prueba elocuente.

Nadie discute la herencia recibida y el esfuerzo para lograr el superávit fiscal. El acuerdo con el FMI obliga a honrar compromisos. Con nueve “default” mediante, no se baja el riesgo país con voluntad de pago. Hay que pagar; mantener disciplina fiscal; sólidas reservas netas; y un rumbo previsible, para pasar de una frágil estabilización hacia recuperación estructural -leyes mediante- con desarrollo y empleo.

Frente al equilibrio macroeconómico –eje excluyente del plan económico- la micro muestra un agudo deterioro del tejido productivo y social. Desde su inicio, cerraron más de 12.000 pymes (información oficial), y la tasa de desempleo subió al 7,9% en el primer trimestre de 2025. La estabilización nominal convive con fracturas en el mercado laboral y en la industria y el comercio, con impacto directo en el consumo y el bienestar. Si bien la recuperación económica se afirma, es heterogénea y vulnerable al entorno externo. La salida parcial del cepo y el descenso de la inflación son hitos positivos, pero no bastan para apuntalar un crecimiento sostenido.

Prudentemente Arriazu alertó al gobierno que “la destrucción va a ser más rápida que la creación” y que el proceso de transformación económica podría dejar “bolsones de pobreza y descontento” si no se gestionan los desequilibrios sociales.

Presionando la balanza de pagos, en 2025 el crecimiento de las importaciones mostró un salto de 34,4% en bienes de consumo (tales como ropa, calzado, electrodomésticos y alimentos que compiten con los de industria local y amenazan producción y empleo) y del 69% los de capital (especialmente, tractores de carretera para semirremolque, vehículos automóviles para transporte de mercancías y computadoras portátiles). Pero a diferencia de lo sucedido en 2018, este “boom” importador no cuenta con el respaldo de financiamiento externo ni con un colchón de reservas netas.

En nuestra provincia, la importación de vino afecta, por ejemplo, a los productores de uvas (muchos con stocks de vinos como reserva) que padecen una crisis gravísima. El INV informó que, en total, en 2024, entre granel y fraccionado sumaron más de 4,5 millones de litros, principalmente desde Chile, que tiene costos de producción muy inferiores.

El aumento de importación de bienes de capital, independientemente de la secuela sobre productores argentinos, auspicia aumento de producción y exportaciones. Pero en este sector también hay inconvenientes, amén de la rentabilidad del tipo de cambio. La Cámara de Exportadores de la República Argentina, señala, entre éstos, a la denominada "exportación de impuestos" a partir de reintegros insuficientes y retenciones que otros países no cobran; incrementos en costos por atrasos en la recepción de reintegros y recupero de IVA; altos precios de la logística internacional y baja digitalización.

Poca plata disponible y menor compromiso político para variar lo que es urgente para las pymes, por lo que aquellas que no logren equilibrios operativos caerán inexorablemente en cesación de pagos ante la imposibilidad de modificar el rumbo.

Devaluar no es la solución, pues, si lo fuera, Argentina sería un paraíso. Existe una economía bimonetaria: las operaciones significativas se pactan en dólares, las restantes en pesos. Cualquier movimiento del dólar siempre afectó niveles de precios. El actual aumento de dicha moneda invita a un nuevo test frente a la flotación cambiaria en rigor.

El mantenimiento del tipo de cambio depende, en parte, de la vigencia de tasas reales de interés sensiblemente positivas desde abril de este año (acuerdo con FMI), que no reaccionan razonablemente a la rápida desaceleración en la suba de precios.

La tasa real de los préstamos otorgados pasó de un rango negativo hasta 85% anual en diciembre de 2023 a fuertemente positivas a partir de septiembre-octubre de 2024.

Desalientan el financiamiento en pesos y fuerzan a las empresas a utilizar sus propias divisas como capital de trabajo, si aún las poseen. El Banco Central opta por sostener tasas para contener el dólar y evitar fugas hacia activos financieros.

Esta dinámica, propia de una economía que pasa de la absorción de fondos privados por parte del sector público a otra inherente a economías estables donde los bancos vuelven a colocar su liquidez en créditos a familias y empresas, influye para que en la transición se mantenga un costo alto en valores reales, a pesar del descenso inflacionario.

En un país descapitalizado, con gran demanda de créditos por parte de sectores “rentables”, la eventual disminución ocurrirá recién cuando la oferta se vea fortalecida con la recapitalización de la economía vía dolarización endógena o el BCRA remonetizando en el piso de la banda, según el plan económico en rigor.

El escenario exige competir ahora, si se puede, “ajustando lo que haya que ajustar”. No hay soluciones mágicas, ni viejas recetas disponibles. El panorama instalado prohíbe especular con alteraciones en el corto plazo, aún si el oficialismo logra una gran elección en octubre próximo.

El desafío es adaptarse al cambio, como condición de supervivencia. La crisis no debe ser vista como un enemigo hostil, sino como un estimulante para aprender de las nuevas circunstancias, evitando paralizar las decisiones frente a la supuesta incertidumbre. La única verdad es la realidad, que hoy exige flexibilidad, aprendizaje permanente y velocidad para resolver. El talento ya dejó de tener relación con el grado de conocimiento; hoy se mide con la rapidez para adaptarse a las nuevas condiciones.

Se requiere asumir que los cambios vinieron para quedarse, rodearse de gente con actitud y compromiso, capacitarla para el cambio definido, formando equipos integrados con el objetivo, con comunicaciones claras y autonomía en las decisiones, con un control sistemático y constructivo, incorporando tecnología como parte vital del modelo de negocio y rediseñándolo en forma periódica. O se cambia o se desaparece, como ha sucedido con un vasto universo de empresas.

*El autor es Contador Público – Consultor de Empresas

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