Patrimonio cultural y turismo

La Carolina, el pueblo minero de San Luis constituye un buen ejemplo de destinos rurales revitalizados en los últimos años que apelan al paisaje y a la historia como catalizadora de experiencias turísticas. La expansión del turismo social abroqueló la montaña, la epopeya sanmartiniana y la vendimia como ejes organizadores de la oferta turística en Mendoza.

El mapa turístico de Argentina ha variado a lo largo del tiempo. Entre fines del siglo XIX y mediados del siglo XX, las fotografías y postales de los principales paisajes y monumentos históricos argentinos constituyeron dispositivos eficaces para sedimentar imágenes del patrimonio cultural y las riquezas naturales del país con el fin de fraguar sensibilidades nacionales y capturar el interés de los viajeros. Allí figuran las estampas de los primeros parques nacionales: el Nahuel Huapi y el Iguazú con sus imponentes cataratas. El primero contó con afluencia turística en años anteriores a su creación en 1934, lo que fue transformando al antiguo poblado de San Carlos de Bariloche en un incipiente destino turístico, reservado entonces a un público exclusivo que ameritó, como se sabe, la construcción del famoso hotel Llao-Llao, proyectado por el prestigioso arquitecto Alejandro Bustillo en 1940.

Tales novedades no deberían pasar por alto el papel del termalismo como dispositivo o experiencia fundante del turismo curativo o de salud que seguía la tónica de los baños europeos y latinoamericanos desde el siglo XIX. En ese marco, las localidades serranas de Salta, Jujuy y Córdoba vieron erigir grandes hoteles que eran frecuentados por las elites sociales y políticas mientras Mar del Plata se convertía en el refugio veraniego y de sociabilidad de las clases altas porteñas hasta la irrupción del turismo social. En Mendoza, el emplazamiento de hoteles de montaña hizo pie en Potrerillos y Villavicencio para luego radicarse en Uspallata durante los años peronistas, mientras hospedajes y restoranes crecían en la ciudad y los departamentos. Entretanto, los atractivos de la provincia quedaron impresos en las postales que servían para registrar el recuerdo o dar a conocer imágenes del viaje emprendido: los Portones del Parque, los Caballitos de Marly y la fuente de las Américas; el Monumento del Cerro de la Gloria, Puente de Inca, El Cristo Redentor, las Ruinas de San Francisco, Canota, el Plumerillo, sus principales plazas y avenidas, y el complejo arquitectónico del Desaguadero. La expansión del turismo social abroqueló la montaña, la epopeya sanmartiniana y la vendimia como ejes organizadores de la oferta turística local. Esa mitología que supo articular paisaje, historia y cultura con la inversión pública y privada, resultó eficaz para acuñar la “marca” Mendoza como polo de atracción del turismo nacional, internacional y corporativo vigorizado, desde los años noventa, por la reconversión de la industria vitivinícola y los nuevos hábitos de consumo experiencial de los vinos en viejas o nuevas bodegas.

Pero como subraya Perla Zusman, “el paisaje no es un dato”, sino que se trata de un largo proceso de valoración y comprensión en el que confluyen emociones, sentimientos y experiencias de escritores, artistas o viajeros que han contribuido a la configuración de imaginarios colectivos con la que se identifican los ciudadanos de una nación, provincia o localidad.

La Carolina, el pueblo minero de San Luis constituye un buen ejemplo de destinos rurales revitalizados en los últimos años gracias a incentivos públicos y privados que apelan al paisaje y a la historia como catalizadora de experiencias turísticas. Se trata de una localidad ubicada al pie del cerro Tomolasta cuya población no supera los 300 habitantes. Su origen se remonta al siglo XVIII cuando Carlos III puso en marcha una serie de reformas para acrecentar la riqueza de la Corona española. En el siglo XIX se convirtió en centro de atracción de buscadores de oro para languidecer luego y quedar postergado hasta años recientes. El proyecto de recuperación del paraje fue impulsado por el gobierno provincial en el ciclo conmemorativo del Bicentenario de la Revolución de Mayo cuando el gobernador Adolfo Rodríguez Saá había mandado construir un Cabildo que emula el de Buenos Aires. El puntapié inicial de la política patrimonial reposó en una práctica frecuente de afirmación identitaria y forjadora de sensibilidades colectivas: la repatriación de los restos de hijos ilustres que habían muerto en el exilio. Se trataba ni más ni menos que del filósofo y poeta Juan Cristófomo Lafinur, quien había sido sepultado en Santiago de Chile en 1824, después de haber sido expulsado del Colegio de Mendoza por haber introducido novedosos métodos de enseñanza y fomentado la reforma eclesiástica siguiendo la tónica de la Ideología de las Luces.

El acto de reparación se llevó a cabo en el año 2007. Para entonces, el gobierno provincial dispuso la construcción de un mausoleo en el pueblito donde había nacido y emplazó el “Museo de la poesía manuscrita”, que custodia y exhibe manuscritos y libros de escritores locales y extranjeros. A ello sumó un Centro de Interpretación Audiovisual mediante el cual el visitante se sumerge en la vida de Lafinur y su obra. El proyecto no dejó de tener en cuenta el lugar que Lafinur había tenido en la poética de Jorge Luis Borges con quien tenía un lejano parentesco. Y ese vínculo resultó resuelto en el sitio mediante la construcción de un laberinto y el patrocinio de su viuda, María Kodama, quien formó parte del grupo de invitados que celebraron su inauguración. La operación memorial no fue exclusiva de la puesta en valor del pueblo: inversiones en infraestructura de distinto calibre mediante instrumentos de promoción provinciales y nacionales (como el programa Pueblos Auténticos del Ministerio de Turismo de la Nación, 2015-2019), no sólo mejoraron las vías de acceso, señalética, condiciones de hospedaje y servicios a los visitantes. También impactaron en la reconstrucción de las antiguas minas facilitando el acceso y observación de métodos extractivos.

La exitosa puesta en valor de La Carolina fue seleccionada como “Best Tourims Villages” por la UNL Turismo, por constituir un atractivo turístico que combina de manera virtuosa preservación cultural, desarrollo sostenible y compromiso comunitario. Con ello, el proyecto puntano pone de relieve la eficacia o “utilidad” de la cultura y del conocimiento histórico en procesos socio productivos locales. Una cuestión que muchas veces es puesta en duda.

* La autora es historiadora del CONICET.

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