1 de enero de 2026 - 00:00

Miguel Silvestre Brayer. Oficial, acólito de Napoleón y traidor en el Ejército Libertador

Las conductas de Brayer se entienden porque necesitaba conservar su vida con el objetivo de liberar a Napoleón, traerlo al Río de La Plata y entronizarlo como emperador. La conjura estaba armada para eliminar a San Martín y O´Higgins y desplazar a Juan Martín de Pueyrredón. Brayer sería jefe del Ejército, José Miguel Carrera gobernaría Chile y Carlos María de Alvear las Provincias Unidas.

Miguel Silvestre Brayer, exiliado de Francia luego de Waterloo, arribó al Río de la Plata en 1817 y ofreció sus servicios al gobierno de Juan Martín de Pueyrredón. Su presencia prometía un gran desempeño, atento a sus antecedentes de oficial calificado de los ejércitos napoleónicos como su actuación en las acciones de guerra, en los distintos frentes europeos.

Fue gobernador de la ciudad y palacio de Versalles en 1815, par de Francia y conde del Imperio con un premio de 4.000 francos.

Luego de Waterloo huyó a Prusia y posteriormente a EEUU. Allí conoció a José Miguel Carrera y con él regresó a Buenos Aires. Carrera se dirigió a Montevideo y Brayer a Chile, habiendo ocurrido ya la Batalla de Chacabuco y la liberación de Chile.

Disponía de gran prestigio por su trayectoria en Europa, siendo nombrado por San Martín como jefe del Estado Mayor, segundo de Bernardo O’Higgins.

A partir del sitio de Talcahuano, Brayer comenzó a desenmascararse y envolverse en un velo de sospechas por sus futuras actuaciones: lo vieron tirarse a tierra ante el silbido de una bala de cañón. ¿Acto de cobardía? Las divisiones retrocedieron hacia el norte, Brayer ordenó a Freire abandonar Lontué en presencia del enemigo, que estuvo a punto de destruir su división. Cuando ocurrió la sorpresa de Cancha Rayada, Brayer abandonó el Ejército sin dar instrucciones para la retirada, y regresó a Santiago, propalando informes catastróficos, además de aconsejar abandonar Santiago hacia Mendoza.

En los inicios de la batalla de Maipú, Brayer nuevamente mostró una conducta impropia ante San Martín, que luego describiremos.

Los realistas huían del fragor de la batalla y Brayer fue expulsado por San Martín hacia Buenos Aires. En más, ocuparía su tiempo en intrigas contra San Martín y O´Higgins. Hizo públicas graves acusaciones contra San Martín y exigía pago de sueldos y premios. Desde Mendoza, San Martín exigió su encarcelamiento; en una suerte de libertad condicional, huyó a Montevideo. Se encontró con José Miguel Carrera a quién ayudó en su enconada campaña contra O´Higgins y difamando a San Martín en la prensa. Intentó regresar a Buenos Aires en 1820, pero no fue autorizado. Regresó a Francia un año después.

Su nombre figura en el Arco de Triunfo de París. Napoleón en su testamento le legó cien mil francos.

Podemos inferir que el entredicho en momentos previos a la batalla de Maipú entre San Martín y Brayer, bien puede enmarcarse en el contexto de la histórica rivalidad franco británica de más de 500 años, que a veces en los campos de batalla y otras en la diplomacia, se sostenía en el tiempo. No olvidemos que el viejo conflicto estaba ya instalado en suelo americano con la llegada de militares franceses en el viaje de Pedro de Ceballos para asumir el cargo de gobernador de Buenos Aires (Virreynato de Perú).

Unos y otros intrigaban en América para perjudicarse mutuamente. Franceses que se sumaron a las luchas por la independencia de EEUU contra Gran Bretaña, recordamos al marqués de Lafayette y al corsario Jane Lafitte y por el Río de la Plata contra las invasiones inglesas, a Santiago de Liniers y al corsario Moirdelle.

Las invasiones inglesas como respuesta al bloqueo de los puertos europeos a los barcos británicos impuesto por Napoleón, recordando que España estaba bajo influencia de Francia.

La intriga británica para desprestigiar a Francia y a exoficiales del ejército napoleónico que ofrecieron sus espadas a la causa de la libertad involucró a San Martín, por cierto, dando más fuerza a la intriga.

En los prolegómenos de Maipú, Brayer le solicitó permiso a San Martín para retirarse del frente aduciendo sufrir dolores por una herida en su pierna izquierda causada en la batalla de Albuera y necesitando tomar unos baños en Colina. San Martín le respondió que en media hora se decidía la suerte de Chile: “si el señor general lo considera, luego de la batalla, (podrá) tomar dichos baños”. Ante la insistencia, San Martín respondió con dureza: “Sr. general, el último tambor del ejército unido tiene más honor que usted” y ordenó al general Balcarce informar que no pertenecía más al Ejército.

La frase fue señalada por el escritor y viajero inglés, Samuel Haight, posible agente secreto británico, en su libro de viajes.

San Martín procedió con fuerza y determinación ante el pedido de Brayer y sostuvo su posición férrea ante la inconducta del francés. Coherente con su intachable conducta, mandato superior de su conciencia, fue fiel a la máxima que rigió su existencia: “Serás lo que debes ser, o serás nada”. La excelsa figura del Libertador no comprendida por los decadentes de su tiempo, trascendió con marcada presencia en el concierto de la geopolítica de su tiempo.

Los ingleses advirtieron que posiblemente una intervención de franceses simpatizantes de Napoleón, estuvieran implicados con Brayer en la liberación del emperador de su prisión en la isla de Santa Elena. Las conductas de Brayer se entienden porque necesitaba conservar su vida con el objetivo de liberar a Napoleón, traerlo al Río de La Plata y entronizarlo como emperador. La conjura estaba armada para eliminar a San Martín y O´Higgins y desplazar a Juan Martín de Pueyrredón. Brayer sería jefe del Ejército, José Miguel Carrera gobernaría Chile y Carlos María de Alvear las Provincias Unidas.

La conjura fue descubierta, Brayer huyó a Montevideo, luego regresó a Francia; los hermanos Carrera y los franceses implicados, fueron ejecutados. Juan y Luis Carrera en Mendoza en 1818, los franceses en Buenos Aires en 1819 y José Miguel Carrera en 1821 en Mendoza.

Brayer falleció en 1840 en París a los 70 años, cerca de Grand Burg donde vivía San Martín. Sus vidas nunca más volvieron a cruzarse.

* El autor es médico e historiador.

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