De espíritu indómito, galopaba cerros y llanuras en la inmensidad de su patria ancestral junto a su padre, quien esperaba a un hijo varón que nunca llegó, siendo ella quien debió aprender las duras tareas del campo.
Juana siempre en el frente de batalla, organizando batallones y comandando tropas. Bolívar, quien reconoció su papel crucial como guerrillera en la independencia del Alto Perú, dijo: “Este país no debería llamarse Bolívar en mi homenaje, sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre”.
De espíritu indómito, galopaba cerros y llanuras en la inmensidad de su patria ancestral junto a su padre, quien esperaba a un hijo varón que nunca llegó, siendo ella quien debió aprender las duras tareas del campo.
Juana, en su ámbito natural, horizonte interminable de una geografía polimorfa, disfrutaba una vida libre y feliz. Nunca aceptaría límites y menos aún la esclavitud de su patria, el Alto Perú, por el imperio español.
Nació en Toroca, Potosí, en 1780, pero creció y se educó en Chuquisaca. Huérfana a temprana edad de 7 años, tutelada por sus tíos, luego alojada en un convento, por cierto, opuesto a su espíritu de libertad, de donde fue expulsada. A sus manos llegaron obras de Voltaire y Rousseau, que sin duda consolidaron su vocación independentista.
Vecinos de las tierras paternas, Juan Ascencio Padilla, joven de esa familia, cautivó su corazón y se casaron. La pareja de fuerte vocación por la libertad, participó de la revolución de Chuquisaca de 1809, la que fue sofocada y reprimida con sangre. Sus propiedades confiscadas, siendo Juana y sus cuatro hijos apresados. No obstante Padilla logró rescatarlos, debiendo refugiarse en Tarabuco.
El paludismo hacía estragos en las comunidades, siendo afectados sus hijos, quienes agravados por la enfermedad fueron falleciendo. La pérdida de sus hijos fue un duro golpe, muy recriminado por su esposo cuando tomó conocimiento de lo acontecido.
La llegada de su quinto hijo, una niña que nació entre pueblos originarios y a orillas de un río, fue lejos de sus tierras.
Juana combatía junto a Juan Ascencio, su esposo. De hecho, gestando su quinto hijo, peleó en batalla y derribó a un enemigo arrebatándole su estandarte.
Juana siempre en el frente de batalla, organizando batallones y comandando tropas.
Acaecida la Revolución de Mayo, los esposos se sumaron al Ejército Auxiliar del Norte. En su hacienda alojaron a patriotas jefes del Ejército Auxiliar, Juan José Castelli y Antonio González Balcarce, antes de la derrota de Huaqui en 1811, que resultara en la pérdida del Alto Perú.
La guerrilla asestaba golpes de importancia, resultando estos en un impacto esperanzador que le valió ser reconocida como Teniente Coronel.
Valiente sin límites, un vendaval en el campo de batalla, conducía con determinación a cientos de indígenas.
Padilla, identificado por los españoles como quien interceptaba los suministros que llegaban a Chuquisaca, fue apresado. Juana organizó su liberación con una estrategia admirable, introduciendo en la ciudad a sus aborígenes subrepticiamente como habitantes, unos 300 hombres, que lograron tomar por asalto la cárcel del Cabildo, logrando liberar a Padilla.
Se sumaron a las fuerzas de Manuel Belgrano. Participaron en el éxodo jujeño. Padilla combatió en Salta, Tucumán y Vilcapugio. Luego de Ayohuma, Belgrano le obsequió a Juana su sable en señal de respeto y reconocimiento.
Un viajero sueco, Adam Graaner, entre 1816 y 1817 en el norte, se deslumbró ante esa hermosa señora de veintiséis años conduciendo a la batalla a cientos de indios en Chuquisaca.
En la batalla de La Laguna, en setiembre de 1816 Juana recibió una herida de bala y en un intento de auxiliarla, Ascencio Padilla fue herido y agonizando por dos disparos en la espalda fue degollado.
Duros momentos, desafiaban la fortaleza de Juana, cuando muerto su esposo, luego decapitado y su cabeza expuesta en la plaza de La Laguna, espada en mano arremetió con determinación y logró rescatarla y darle sepultura.
Ya sola, decidió sumarse a las huestes de Martín Miguel de Güemes. Combatió por varios años junto a su ejército. La muerte de éste fue prácticamente el fin de su vida de guerrillas. Se retiró a Jujuy, viviendo en total indigencia; el gobierno le cedió cuatro mulas y 50 pesos para regresar a Chuquisaca, donde vivió con su hija Luisa, quien luego de casarse se retiró. Malvendió una propiedad para su sostén.
Acompañada por un niño discapacitado, Indalecio Sandi, y en total indigencia, vivían en una pieza de paredes blanqueadas y techo de cañas trenzadas que servían de nido a las vinchucas.
Bolívar la visitó para conocerla, concediéndole una pensión de 60 pesos, que luego el mariscal Antonio de Sucre aumentó, pero que dejó de percibir en 1830 por los conflictos políticos del país.
Falleció un 25 de mayo de 1862. Fue enterrada en una fosa común, debiendo pasar muchos años para reivindicar su figura. Sandi acompañó a las autoridades para identificar sus restos. Hallados, fueron depositados en un mausoleo en la ciudad de Sucre.
Una carta que enviara a la coronela Manuela Sáenz decía: “Llegar a esta edad, con las privaciones que me siguen como sombra, no ha sido fácil; y no puedo ocultarle mi tristeza cuando compruebo como los chapetones contra los que guerreamos en la revolución, hoy forman parte de la compañía de nuestro padre Bolívar”.
Bolívar, quien reconoció su papel crucial como guerrillera en la independencia del Alto Perú, dijo: “Este país no debería llamarse Bolívar en mi homenaje, sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre”.
Tanto en Bolivia como en Argentina, reconocimientos póstumos perpetúan su memoria.
* El autor es médico e historiador.