2 de abril de 2026 - 00:15

Lucrecia en común

Una buena forma de leer el reciente libro de Lucrecia Martel ("Un destino común") es la de aceptar la posibilidad de no entenderlo del todo. De perderse un poco. De salir con más preguntas. No es una experiencia cómoda ni inmediata, pero en ese juego hay algo fértil. Porque cuando todo se vuelve evidente y previsible, tarde o temprano, deja de decir algo.

En estos últimos días vimos a Lucrecia Martel en casi todos los programas que uno frecuenta en Youtube. Aparece con sus lentes de gato y su bastón, amable, fresca, inteligente. Y esa forma tan particular de pronunciar las erres de la tonada que le queda de su Salta natal.

Lucrecia es figura y personaje y sobre todo, es una voz. Con firmeza y sin apuros, dice lo que piensa y no simplifica para agradar. En esas entrevistas habla de su última película "Nuestra tierra", y también de su libro: "Un destino común" (Ed Caja Negra, 2026). Y en ese desplazamiento del cine al papel, ocurre lo interesante: Martel cambia de superficie, pero no de lenguaje.

Es otra cosa

No es una novela. Tampoco un ensayo en el sentido clásico. Es otra cosa: una acumulación de clases, conferencias y pensamientos a lo largo de 20 años en donde Martel escribe sin la pretensión de explicarlo todo. Hay una claridad contundente a no cerrar las ideas, casi como una necesidad de dejar una puerta entreabierta.

Quienes hayan visto "La ciénaga", "La mujer sin cabeza" o, sobre todo, " Zama", reconocerán ese movimiento. En esas películas nunca hay un camino completamente despejado: hay zonas turbias, climas enrarecidos, tiempos que se estiran. " Zama", en particular, parecía avanzar lentamente hacia ningún lugar como escribía el gran Antonio Di Benedetto.

En este libro ocurre algo parecido.

Un sonido que no vemos

Hay una obsesión que atraviesa la publicación: el sonido. Pero no como técnica, no como ese apartado del cine que suele quedar escondido en los créditos. Para Martel, el sonido es una forma de poder. Lo que se escucha y lo que no, lo que queda fuera de campo, y lo que organiza la percepción.

Ella señala que no vemos mejor por tener más imágenes, invita a que aprendamos a escuchar distinto. A desplazar el centro puesto solo en el ojo, recomendando habitar una zona más difusa, más incómoda, menos controlable, que es lo que suena.

Contra la simplicidad

En algún momento, decidimos que todo debía ser entendible en el menor tiempo posible. Las historias, las noticias, las emociones. Martel desconfía de eso.

En sus textos (y en sus películas) aparece una crítica a las narrativas domesticadas: esas que explican demasiado, que subrayan, que no dejan zonas en sombra. Como si el “lectoespectador” fuera un alumno al que hay que guiar de la mano.

El problema es que cuando todo se vuelve evidente y previsible, tarde o temprano, deja de decir algo.

Preguntas

Hay otra capa más profunda en el libro: la relación con el territorio. ¿Quién cuenta las historias? ¿Desde dónde? ¿Con qué derecho?

Martel responde indirectamente, desarma la pregunta y la vuelve inestable. En un contexto donde las narrativas sobre lo local van del folklore a la denuncia, ella no busca representar ni corregir, en todo caso, busca alterar la forma en que miramos.

Y eso en esta Argentina tan acostumbrada a explicarse encima, no es poco.

El libro no cierra

"Un destino común" tiene algo fragmentario. A veces parece avanzar, a veces retroceder, otras solo deriva. No hay una tesis que se imponga ni un cierre que tranquilice y ahí está su valor.

Es un libro que no quiere ser terminado. Que funciona más como una conversación que como una obra cerrada. Y en esa falta de clausura aparece la invitación a pensar sin garantías.

Leer y perderse

Una buena forma de leer a Martel es la de aceptar la posibilidad de no entenderlo del todo. De perderse un poco. De salir con más preguntas. No es una experiencia cómoda ni inmediata, pero en ese juego hay algo fértil.

Ahí aparece una clave en este libro que no baja línea y que funciona como un dispositivo que abre la conversación. Que desordena para que algo se construya.

En estas épocas donde se canoniza la rapidez y la simplificación, volver a pensar, es recuperar algo más que la pausa: salir del pensamiento en soledad. Pensar con otros. Pensar en común.

* El autor es presidente de FilmAndes.

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