Los poemas de la esclava que le dieron nombre a Colombia: Vida y obra de Phillis Wheatley, la primera poetisa de color

La niña demostró tener una gran inteligencia y una sensibilidad que no esperaban. En aquellos tiempos las personas de color era “criaturas” que, para sus dueños, eran apenas superiores a los simios. Sus jueces no tuvieron más remedio que reconocer que estaban ante un casi inconcebible caso de sabiduría “espontánea” (entonces le decían ciencia infusa) en una mujer de color.

Los poemas de la esclava que le dieron nombre a Colombia: Vida y obra de Phillis Wheatley, la primera poetisa de color
Phillis Wheatley

Nadie sabe exactamente dónde ni cuándo nació. Se estima que llegó al mundo en África Occidental hacia 1753. A los siete años fue vendida como esclava y transportada por un barco negrero llamado “Phillis”. De allí su nombre.

El apellido era el de su amo, John Wheatley, un rico comerciante de Boston. Como muchos esclavos, tanto en las colonias inglesas como españolas, era común que usasen el apellido de la familia de sus patrones, más cuando la niña demostró tener una gran inteligencia y una sensibilidad que no esperaban. En aquellos tiempos las personas de color era “criaturas” que, para sus dueños, eran apenas superiores a los simios.

Los hijos de la familia Wheatley, Mary y Nathaniel, le enseñaron a Phillis las primeras letras que ella aprendió con una naturalidad impresionante. De allí en más, Phillis recibió una esmerada educación que incluía griego, latín y la lectura de los clásicos (como Milton y Pope), además de la Biblia. Su capacidad de aprendizaje fue tan impresionante que los Wheatley la liberaron de los quehaceres domésticos para que se dedicara a formarse y escribir sus primeros poemas.

Atrás había dejado su lengua, olvidada o escondida en un recoveco de la memoria donde también estaba el llanto de sus padres, el cautiverio, la nave apestada por los muertos, los vejámenes y la exposición de esa niña examinada como un animal exótico que terminó sirviendo a una dama bostoniana. Phillis Wheatley quizás, y solo digo quizás, tuvo la fortuna de la desmemoria y no como muchos jóvenes de color como ella que no pudieron olvidar su tierra ni sus orígenes que alimentaban un rencor solo superado por el miedo ...

A Phillis le surgieron esos versos en una lengua prestada que dominó con una grandilocuencia copiada de los autores neoclásicos, volcada en “Poemas sobre Varios Asuntos, Religiosos y Morales”. En ellos transmitía la ideología e intereses de sus amos quienes la introdujeron en la cultura occidental y cristiana.

Semejante exhibición de conocimientos creó suspicacias entre la intelectualidad de Boston. ¿Acaso estos versos no eran un fraude? ¿Cómo podía esa niña expresarse con tanta corrección?

Como al joven Jesús con los sabios del templo, o Sor Juana Inés de la Cruz por su condición de mujer, Phillis Wheatley debió enfrentar un tribunal que examinó su obra e interrogó a la jovencita quien se expresó con solidez académica sobre Milton, Gray, Virgilio y los Santos Evangelios. Sus jueces no tuvieron más remedio que reconocer que estaban ante un casi inconcebible caso de sabiduría “espontánea” (entonces le decían ciencia infusa) en una mujer de color.

Aun así, hubo escépticos que no creían que una esclava pudiese expresarse así. Entre ellos estaba el futuro presidente Thomas Jefferson, uno de los autores de la declaración de la independencia de Estados Unidos, donde afirmaba que todos “los hombres son creados iguales”, aunque eso no le prohibía tener esclavos y abusar de sus mujeres (tuvo un hijo con una de ellas). Por tal razón no resulta extraño que al referirse a la capacidad poética de Phillis dijese “entre los negros solo hay miseria –Dios lo sabe–, pero no poesía… son aburridos, sin gusto ni imaginación”.

Y si de imaginación hablamos, Phillis escribió:

“¡Imaginación! ¿Quién podría cantar tu fuerza?

¿Y quién describiría la rapidez de tu carrera?

Elevándonos por el aire para encontrar la radiante morada […]”

El hecho concreto es que a pesar del apoyo de personajes como Benjamin Franklin y Granville Sharp, Phillis Wheatley no pudo encontrar editor para sus poemas en el Nuevo Mundo, razón por la cual viajó a Inglaterra con sus amos para difundir los versos de esta joven de apenas 20 años.

Aunque Gran Bretaña era aún la nación que más esclavos había llevado al Nuevo Mundo, tanto al norte como al sur de Ecuador (recordemos que la tristemente célebre Compañía del Mar del Sur que tantos trastornos económicos ocasionó en el mundo, tenía una sucursal en la lejana Buenos Aires), los tiempos habían cambiado y la Revolución industrial daba para pensar que no sería necesaria tanta fuerza muscular de color. Obviamente, no todo era crudo capitalismo, pues existían muchas personas bienintencionadas que veían a la esclavitud como una práctica abominable propia de un pasado deleznable. Y aquí estaban los Wheatley con esta poetiza de color que cantaba las glorias del Señor para demostrar que no todo era fuerza física y ellos también era criaturas del Señor .

“Fue la Gracia la que me trajo desde mi tierra pagana,

Le enseñó a mi ignorante alma a entender

que hay un Dios, que hay un Salvador también […]”

Sin embargo, estas loas al Señor filtraban entre líneas su perspectiva de la esclavitud y comparaba a los hebreros subyugados por los egipcios con los africanos sometidos “a los nuevos egipcios”, los blancos que los sometían a trabajos brutales en América.

“Algunos ven a nuestra oscura raza con ojo desdeñoso.

“Su color es una marca diabólica”.

Recordad, cristianos, negros, negros como Caín,

Podrán ser refinados y unirse al angélico tren.”

En Londres, Phillis se entrevistó con distintos personajes como el alcalde de la ciudad, que la contemplaban con una mezcla de curiosidad y horror como las que experimentamos por esos pródigos de circo. Selina Hastings, la condesa de Huntingdon, se interesó en los poemas de Phillis, especialmente en su alabanza a la nueva religión que había abrazado gracias a su servidumbre. La condesa, una figura central en el resurgimiento evangélico, apoyó la edición de los poemas de Phillis, al igual que había hecho con los escritos de antiguos esclavos libertos como Ukawsaw Gronniosaw y Olaudah Equiano.

Phillis y la condesa no llegaron a conocerse personalmente.

En 1773, la familia Wheatley emancipó a la joven poetisa quien poco tiempo después conoció a John Peters, un liberto negro que se desempeñaba como tendero. Se abría una nueva instancia en la vida de esta joven quien, entusiasmada por las luchas de independencia en las colonias inglesas, escribió un poema que alababa las virtudes de George Washington (curiosamente, uno de los mayores dueños de esclavos en Norteamérica).

[…]”Lleno estás de sabiduría en el campo de batalla.

A ti, el primer lugar en paz y honores,

reclamamos.

La gracia y gloria para tu banda marcial. […]”

No solo inicia con estos versos laudatorios la leyenda del “Padre de la patria”, sino que en su entusiasmo por las luchas libertarias crea el nombre de una nueva nación americana .

“¡Coro celestial! Entronizado en reinos de luz

sobre escenas de fatigas gloriosas de Columbia escribo.

Cuando la causa de la libertad su seno ansioso agita” […]

Esta sobrecogedora figura de la diosa Columbia protegiendo a sus hijos impresionó a Francisco Miranda, el más grande librepensador que habían dado estas tierras americanas y tomó ese concepto de la diosa que pasó a llamar Colombia –acuñado a partir del nombre del descubridor de América– y lo usó para designar esa parte del mundo obstinado por liberarse del yugo español. Hoy pocos en Colombia reconocen el origen de su nombre como nación en la inspiración de una poetiza negra que vivió en América del norte .

La suerte, como la memoria de su obra, le fue esquiva a Phillis. Su marido terminó preso por deuda y ella debió trabajar como criada para mantener a sus hijos que murieron por la infancia miserable que les tocó vivir. Phillis falleció antes de cumplir 31 años.

Nadie sabe si en sus momentos finales Phillips, no como haya sido su nombre al nacer, pudo recordar la exuberancia de su tierra natal entre las brumas de la memoria, ni la lengua propia que había cambiado por una ajena con la que había cantado la historia de un Dios no era el de sus ancestros y las virtudes de una “civilización” que solo la usó para mostrar las ventajas de someter a esas “criaturas” a las que iluminaron con su cultura, con la misma vehemencia y practicidad con la que se domestica a una fiera salvaje.

* El autor es un médico e historiador argentino.

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