Las parejas del poder: de Perón-Evita a los hermanos Milei

Casi siempre el peronismo gobernó a través de diarquías: Perón-Evita, Isabel-López Rega, Néstor-Cristina, Alberto-Cristina. Y ahora aparece la primera diarquía no peronista: Javier y Karina Milei. Cuyas asombrosas peculiaridades intentamos explicar en este artículo.

En Argentina, la presidencia de a dos, el poder compartido, ha sido un hecho por demás frecuente en el peronismo desde sus orígenes. Pero ahora, la novedad es que aparece el mismo fenómeno, quizá con mayor fuerza aún, en una presidencia no peronista. Porque se ha gestado una relación peculiar que, por su enorme intensidad y trascendencia, tiñe con su impronta prácticamente todas las aristas del gobierno actual.

Sin solución de continuidad, desde el primer día de su presidencia, Javier Milei, ha ido -pacientemente- construyendo un cogobierno donde él y su hermana Karina compartieran el poder de manera indivisible, como si se tratara de una misma persona, o, como más apropiadamente podría definirse, tal cual una simbiosis donde dos devienen uno.

La mayoría social que vota a Javier Milei no los considera iguales (él tiene todos los votos y los afectos populares, ella casi no tiene valías en esos planos) pero las elites ya saben de esa unidad esencial y actúan en consecuencia, como suelen actuar todas las elites con el ganador de turno: con sumisión y complacencia.

El último en desengañarse fue Santiago Caputo quien creyó poder compartir el poder con la pareja de hermanos, pero en estas últimas semanas se le hizo notar que, aunque por ahora siga formando parte principal de la estructura mileista, ya es -cuando mucho y no se sabe hasta cuando- apenas uno más de los de primera línea. Pero el poder real será (de hecho, siempre lo fue) única y exclusivamente monopolizado por Javier y Karina, ni siquiera podría decirse en partes iguales, sino más bien indistinguibles. A ambos los verán distintos los demás, pero ellos no ven esa diferencia. Se sienten una unidad sustancial desde mucho antes de arribar al poder. Primero fue unidad psicológica y luego también política, pero siempre, por sobre todas las cosas, metafísica.

No se imaginan el uno sin el otro, como sí debieron imaginarse las anteriores parejas presidenciales del poder, que siempre, una de las partes se quedó prematuramente sin la otra. Todas ellas fueron peronistas. La de los hermanos Milei es la primera no peronista, lo que también es una curiosidad, en particular, porque parece -sin que sean marido y mujer, sino hermanos- una unión aún más profunda que la más profunda de las peronistas.

Recordemos las parejas presidenciales anteriores, para comparar similitudes y diferencias.

La pareja de la síntesis

Se define a la síntesis como "la composición de un todo mediante la reunión de sus partes, representando un resumen, compendio o integración de ideas, textos o elementos".

Durante toda su primera presidencia, Perón compartió de un modo sustancial el poder con su esposa Evita (algo que nunca hizo jamás con nadie, e incluso cuando alguien lo intentara, Perón no dudaría en neutralizarlo, anularlo o hasta destruirlo), pero nunca tendieron a confundirse en uno solo. Siendo sus características personales y políticas muy diferentes, supieron tener la capacidad de desdoblar muy bien sus funciones y cada uno de ellos ocuparse de una parte de las tareas sin superponerse con el otro. Ni enfrentarse significativamente, salvo quizá en algunos debates más íntimos que públicos. Parecía que cada uno tendía a fortalecer al otro en vez de competir por el poder. Eran dos personas, dos estilos, dos personalidades, que se sumaban, se sintetizaban.

Con el fallecimiento de Evita, Perón no perdió un ápice de su poder en su segunda presidencia, pero la impronta plebeya, popular, de contacto afectivo directo con los más humildes que eran las características propias de Evita, se diluyeron y el gobierno tendió a una mayor burocratización. El poder peronista perdió una parte de su alma.

La pareja de los anticuerpos

En su tercera presidencia, en 1973, Perón eligió a su esposa Isabel Martínez como vicepresidente, pero la relación jamás fue igual a la que tuvo con su anterior mujer porque, así como el General nunca ignoró ni impidió desarrollar las dotes naturalmente políticas de Evita, con Isabelita -al revés- jamás ignoró la absoluta carencia de dotes políticas de la misma. Por lo que no constituyeron una pareja del poder pese a ocupar ambos los dos cargos más importantes de la República. El único que mandaba era él, pero frente a un enfrentamiento interno de facciones dentro del peronismo de aquel entonces, de una dureza y una violencia jamás antes acontecida, Perón tuvo que poner a su esposa de vice para no verse obligado a optar por alguna de las parcialidades en pugna. Sin embargo, existió una razón más en la decisión de Perón, que de alguna manera contradice lo que estamos sosteniendo acerca de la neutralidad en la elección de su esposa: la relación de tipo "esotérica", "cuasi-mística", que Isabel tenía con José López Rega, devenido jefe político de una de las facciones en pugna, justamente la que Perón decidió apoyar "tácticamente" en ese momento, enfrentando a los sectores izquierdistas del movimiento, a los que creía indispensables , cuando menos, neutralizar para asegurarse la gobernabilidad.

O sea, Perón se basó en la teoría de "los anticuerpos", que aplicó a lo largo de toda su vida política con aparente éxito, porque le permitió conducir a facciones absolutamente contrapuestas entre sí sin que ninguna jamás pudiera imponerse definitivamente sobre las otras, y de ese modo mantener Perón el poder y el control sobre todo el movimiento, tanto desde sus presidencias, como desde el exilio.

El diccionario define a los anticuerpos o inmunoglobulinas como "glucoproteínas producidas por los linfocitos B del sistema inmunitario en respuesta a agentes extraños llamados antígenos (virus, bacterias, toxinas). Actúan como alarmas y defensores específicos que se unen a los patógenos para neutralizarlos o marcarlos para su destrucción por otras células del sistema inmune".

O sea, en su tercera presidencia, en su enfrentamiento con los Montoneros, Perón eligió de "anticuerpo" a la facción de ultraderecha representada por López Rega, convencido que, como le había ocurrido siempre antes, una vez neutralizado el "virus" de ultraizquierda, podría retornar al equilibrio político, quizá hasta reunificando lo mismo que debió dividir. Pero esta vez intervino la fatalidad: Perón falleció muy posiblemente antes de lo que él se imaginaba. Y entonces el gobierno quedó en manos de la pareja de poder conformada por Isabelita y López Rega, donde el control casi absoluto lo ejerció "el brujo", durante todo un largo año posterior a la muerte del líder. Hasta que todo voló en pedazos, la violencia se multiplicó y el "Rodrigazo" inauguró una nueva era en la Argentina: la de las devaluaciones e hiperinflaciones, que nos condujeron a la decadencia económica de la que aún hoy no podemos salir.

Esta vez, la teoría de los anticuerpos, que ayudó de manera extraordinaria a Perón por décadas a mantenerse como el hombre más poderoso del país, fuera o no presidente, sin la existencia de quien la introdujo en política se transformó en una fórmula nefasta, incluso de consecuencias mortales.

La pareja de la asociación ilícita

El escritor y periodista Jorge Asís define a Néstor Kirchner como un "líder de culto y un fenómeno delictivo en simultáneo", siendo quien primero que nadie advirtió sobre el colosal sistema "recaudatorio" armado por el presidente que asumió en 2003. Sistema que se convirtió en una evidente asociación ilícita gestada desde lo más alto del poder que, de hecho, transformó a la corrupción sistemática y permanente en una política de Estado. Una "tangentópolis a la Argentina", pero que a diferencia de Italia (donde la "coima" se distribuyó entre la totalidad de la clase política), acá los integrantes de la banda delictiva no fueron todos los miembros del gobierno kirchnerista, sino apenas una veintena de personas que rendía cuenta personal a Néstor Kirchner, y que estaba compuesta por apenas algún ministro, pocos secretarios o directores de Estado y el resto meros secretarios privados, choferes, jardineros y algún que otro personal de servicio.

Asís, sostiene a la vez que, así como Néstor era "chorro", Cristina nunca robó ("La doctora no es chorra", suele decir). No obstante, el poder siempre lo compartieron ambos, fuera cualquiera de los dos el que ocupara la presidencia. Los Kirchner intentaron un remake de la epopeya de Perón y Evita, solo que en este caso quien se murió prematuramente fue el esposo. Podría decirse, sin coincidir en absoluto con Asís en la "inocencia" de la señora, que mientras vivió, a Néstor Kirchner le alcanzó para robarse medio país y que su muerte impidió que se robara la mitad restante porque Cristina no puso el mismo énfasis que él en ese proyecto "político delictivo". Pero eso no la excluye de responsabilidad, aunque fuera en el grado de cómplice.

Ambos desde el principio constituyeron, en los hechos, una especie de Sociedad de Responsabilidad Ilimitada (SRI), que el diccionario define como "una estructura empresarial donde los socios comprometen su patrimonio presente y futuro ante acreedores, siendo solidariamente responsables lo que significa que un acreedor puede exigir la totalidad de la deuda a cualquiera de ellos porque a diferencia de la Sociedad de Responsabilidad Limitada, no hay barrera de separación patrimonial entre el empresario y la empresa".

Es por tal conformación "estructural" de esta pareja presidencial que Cristina no podrá evadir su destino fatídico ante la justicia, quien tarde o temprano, también la terminará condenando por asociación ilícita. Porque no se trató de corrupción como un hecho colateral de un modo de hacer política, sino de la corrupción como el modo central de hacer política, donde todo lo demás devino secundario frente a la magnitud del delito.

No obstante, Cristina desde siempre pretendió a través de la ideología, darle un sentido políticamente trascendente a su gobierno. Un relato, una batalla cultural que Néstor Kirchner aceptó no por convicción sino porque entendió que, en el tiempo en que le tocó gobernar, era políticamente conveniente imponer su proyecto más por izquierda que por derecha ("la izquierda te da fueros", decía). Cristina en cambio, creyó en esas ideas, las que, entre otras cosas, la llevaron a intentar firmar un pacto con Irán donde se amnistiaba a los cerebros de los atentados de los años 90 a la AMIA y la Embajada de Israel.

Como suele ocurrir en la historia y en la vida, nunca segundas partes fueron buenas. Lo que no implica negar la altísima popularidad que esta pareja del poder llegó a tener en una importante mayoría del pueblo argentino por una cantidad de años que superó con creces al primer peronismo.

La pareja del títere y la titiritera

Alberto Fernández y Cristina Kirchner constituyeron otra diarquía, pero esta vez rarísima y que solo se los puede llamar pareja del poder porque él fue presidente y ella vicepresidente, pero donde el cargo superior de él no impidió que prácticamente todo el poder estuviera concentrado en ella.

Estuvieron peleados de forma absoluta desde antes que muriera Néstor hasta los meses finales del gobierno de Mauricio Macri, cuando se amigaron. En realidad, fue ella la que se reconcilió con él, para utilizarlo en ganar las elecciones, ya que Cristina pensó que sola no podía ganar presentándose como candidata o presentando en su nombre a un alfil leal, pero que quizá podría ganar apoyando a quien la había despotricado de todas las formas posibles durante casi una década y que por lo tanto sería posible hacerle creer al electorado que él fuera independiente de ella. Una teoría tan obviamente tonta era en apariencia imposible de creer por nadie, porque ¿quién podría suponer que alguien puesto por el dedo de Cristina no sería un títere de ella? Desde la lógica más elemental, nadie lo podría creer. Sin embargo, se lo creyó la mitad de los argentinos. Vale decir, Cristina realizó una decisión política acertada, le guste a quien le guste. No obstante, aún con tan descomunal apoyo popular, como cualquier sentido común indicaba, al día siguiente de ganar ya estaban de nuevo peleados como antes y lo estuvieron durante todo el gobierno de Alberto, con ella petardeando todo lo que él hacía, y con él impotente de actuar, porque no tenía poder propio ninguno para presidir el país (además de que tampoco tenía el talento). Mientras que ella poseía todo el poder, pero solo lo utilizó para atosigarlo, hiciera lo que hiciera.

Cristina tenía razón en que Alberto fue como presidente un inútil, pero lo eligió ella, con lo cual ni antes ni después dejó de ser su títere. Sin embargo, la titiritera, con todo su poder y talento, no tuvo tampoco (o quizá ni siquiera quiso) la menor capacidad para manejar, orientar o conducir a su monstruosa criatura frankensteiniana, para transferirle algo de su poder para que el gobierno, del cual ella era su vice, al menos salvara la ropa. Por el contrario, dedicó todo su esfuerzo a desestabilizar a Alberto en forma casi equivalente a como lo hizo con Macri. Una actitud que la perjudicó a ella tanto como a él, lo que hace recordar la fábula de la rana y el escorpión: que lo ocurrió era inevitable porque estaba en la naturaleza de Cristina.

¿Consecuencias?: esta otra pareja del poder condujo al caos terminal al peronismo (sus consecuencias se están viendo hoy) pero a la vez, como "daño colateral" generaron algo infinitamente más grave: se llevaron puesto al país.

La pareja simbiótica

El diccionario dice que "la simbiosis en psicología social describe una relación de alta dependencia emocional donde dos personas actúan como una sola, perdiendo su individualidad y límites personales. Aunque normal en la infancia temprana (madre-hijo), en adultos suele generar relaciones co-dependientes, posesivas o disfuncionales, dificultando la autonomía. Es una forma de interacción donde las personas se involucran emocionalmente al punto de no diferenciarse entre sí, compartiendo emociones como propias y sintiéndose incompletos sin el otro. La ausencia del otro miembro puede generar vivencias de aniquilación, pánico o crisis depresivas graves".

Javier Milei y Karina Milei se ajustan en mucho a esa definición de simbiosis. No parecen poder existir el uno sin el otro. Cuando menos, el que no parece existir sin ella es él. Aunque políticamente ella no sería nadie sin él, mientras que él seguiría siendo lo mismo sin ella. Pero eso en relación a los demás, porque entre ellos quien más parece depender es Javier de Karina que al revés. Mucho más. Por eso, una de las formas en que se podría contar la historia de esos dos años de la presidencia de Milei es la de cómo él desde el primer momento intenta transferirle a su hermana el mismo poder que él tiene frente a los argentinos, para compartirlo entre ambos como si se tratase de una sola persona.

Hoy por hoy, es imposible saber cómo terminará esta historia. Sólo es posible compararla con el destino que tuvieron las otras parejas presidenciales que antecedieron a los Milei. Aunque todas ellas hayan sido peronistas, y aunque la suerte de cada una de ellas haya sido muy diferente. O sea, socráticamente hablando, solo sabemos que no sabemos nada. Excepto que, lo que hemos intentado describir, se trata de uno de los hechos políticos más relevantes, si no el más relevante, de la Argentina de hoy. De él dependen prácticamente todos los demás. Aunque se nos tilde de exagerados, no creemos estarlo si sugerimos la hipótesis que la relación Milei-Trump, con todo lo crucialmente importante que es para el presidente argentino, no lo es tanto como la relación con su hermana. Y conste que no nos estamos refiriendo a términos afectivos, sino eminentemente políticos.

* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]

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