El discurso del Congreso, en realidad, fueron dos en uno: el escrito, donde habló de balances y propuestas, y el espontáneo, donde solo gritó desaforadamente contra el "enemigo kuka", que seguramente insultaba igual o peor que él (porque es lo que viene haciendo, cavernícolamente, en todas las Asambleas legislativas de los gobiernos no peronistas) pero que no se veía ni escuchaba porque la trasmisión televisiva no lo mostraba y porque le apagaron los micrófonos. O sea que el presidente parecía gritar e insultar contra nadie. Lo cual en el fondo es cierto, porque Milei se desgastaba en ese show de agresividad colosal contra cierto tipo de oposición tan o más insultadora que él pero que se va extinguiendo, como lo admitió con gran claridad el ministro de Economía, Luis Caputo, en un Foro realizado esta semana en Mendoza al decir: “El ‘riesgo kuka’ no existe. Hay cero probabilidad de que el kirchnerismo vuelva... Van a hacer un papelón de elección el año que viene. Y para 2031 va a ser marginal, si no desaparece”.
Si unimos ambas afirmaciones, la del presidente y la de su ministro preferido, Milei salió a pelear como un boxeador en estado de furia total contra un enemigo que, según Caputo, políticamente está dejando de existir. Que, por ende, no se puede llevar puesto a nadie. Por lo cual, o gastó pólvora en chimangos o, más probablemente, buscó pronunciar un discurso sobre el estado de la nación donde él se adjudicaba todas las cosas buenas de su gobierno, y todas las malas se las adjudicaba al enemigo inexistente. O sea, usó a los kukas para evadir cualquier sesgo de autocrítica. Algo un tanto patético y eminentemente falso, porque ya bastante pecados cargan consigo los kirchneristas para que además los usen de chivos expiatorios de los pecados mileistas.
La nueva mitología oficial intenta instalar la imagen de que a Macri se lo llevaron puesto porque no insultó lo suficiente a los kirchneristas. Porque fue tibio y moderado y formalista y quiso hacer las cosas gradualmente. Pero, aunque aún no está demostrado que gritar como un poseso en el Congreso y adoptar más la política del shock que la del gradualismo, al final tenga éxito, lo que sí está demostrado con evidencia apabullante es que durante la era Macri los kirchneristas tenían aún cierto importante poder de fuego con el cual pretender voltear al presidente (el uso de Maldonado y las piedras en el Congreso son pruebas contundentes de sus intentos destituyentes), pero que durante la era Milei ese poder de fuego ha menguado tanto que ya no tienen la menor posibilidad de repetir lo que hicieron durante el macrismo. Sus ambiciones golpistas siguen siendo las mismas de siempre, pero ya no les queda poder alguno para ni siquiera amagar con ellas. Lo único que les resta es seguir gritando e insultando -impotentes- a un presidente que les grita e insulta del mismo modo. Un empate de insultos, una suma de nadas. Agresividad inútil, "al cuete", como se decía antes. El presidente debería ignorarlos. Pero quiere seguir usándolos.
En otras palabras, lo de la Asamblea Legislativa fue la radiografía televisiva más precisa de la política actual, o en lo que se ha convertido esa profesión (o vocación) antes tan importante, y que hoy casi toda la gente común repudia: Un presidente desbocado gritando groserías contra nadie (porque no se ve ni escucha a nadie) frente a un grupo de desaforados gritando vulgaridades contra el presidente sin que nadie los vea ni escuche.
Es que Milei, más que expresar lo nuevo que debería hacer existir, prefiere confrontar contra lo viejo que ya no existe. Aunque él sea nuevo, lo que hace es viejo. Algo que, para ganar las elecciones, prometió dejar de lado (el insulto inútil), pero, como siempre antes, incumplió nuevamente. Contribuyendo, con su actitud, a formar parte de la política que dice despreciar. Lo que hace pensar en que no quiere reemplazar la política actual por alguna mejor, o por alguna otra cosa mejor (si esa otra cosa mejor existiera) sino que lo que quiere es reemplazar a todos los que estando no están con él, por todos los que están con él, porque vinieron con él (en general malos por inexpertos) o porque se pasaron a él (en general dudosos por arribistas).
Mientras continúe con esa actitud, Milei seguirá siendo el síntoma, la consecuencia. La reacción contra lo viejo, más que la creación de lo nuevo. Efecto, no causa. Hasta ahora, su lógica es desmantelar, no reconstruir. Llevado a ello, en gran parte, por adherir a una filosofía que más que liberal es "libertaria", o sea una teoría bastante simplona, extremista y berreta por la cual el Estado debe ir tendiendo a desaparecer hasta dejar de existir (porque su existencia es inútil o peor, contraproducente), mientras que el Mercado por sí solo debe construir la nueva sociedad. Lo cual nunca será así porque nunca fue así ni en las sociedades más antiestatistas del mundo. Si un país decide seguir el camino liberal, el Mercado sería el centro de la economía y no el Estado, lo cual es una opción por demás razonable, pero querer reemplazar al Estado por el Mercado en la conducción política de la sociedad no es naturalmente posible ni positivo. El Mercado puede ser el motor que haga que el auto se mueva, pero no el volante que lo conduzca. Sin embargo, para Milei, la filosofía que reivindicó claramente en Davos (con la cual además aspira al premio Nobel) teoriza que el Mercado es el motor, pero también el volante y el resto entero del auto. Y que debe acabar con el Estado, reemplazándolo en todo. Una falacia absoluta.
Felizmente, en el discurso ante la Asamblea fue mucho menos taxativo, más realista. Dijo: "Al Estado para evitar la promiscuidad y la corrupción, la única forma es reducirlo". Lo cual luego de la Argentina superestatista del kirchnerismo, es una tarea necesaria. Pero reducirlo no es eliminarlo. Además, solo con reducirlo no basta. Hay que reestructurarlo, hay que reconstruirlo, hay que reconvertirlo. El Estado no puede ser ni un gordo fofo ni un flaco sin músculos. Al kirchnerismo le encanta el primero, al mileismo el segundo.
Hasta ahora, Milei sigue sin ser la causa de nada nuevo que se vislumbre en el horizonte, sino el efecto de todo lo viejo que se va cayendo por sí solo. Es la historia de su vida. Quien, en un sistema normal, razonable, hubiera sido no mucho más que una excentricidad, terminó siendo el menos peor, pero no por ser el mejor, sino el más raro, el que menos se parecía a los demás, cuando todos esos otros fracasaron o claudicaron por no tener la menor idea de qué hacer con el país al que se supone debían conducir. Por la decadencia plena de las elites. Que ocurre en todo el mundo, pero en la Argentina de modo superlativo.
Es tanta la decadencia, que los que deberían servir de equilibrio (o de alternativa futura) contra los delirios kirchneristas y los excesos mileistas, rendidos ante su propia impotencia que ya comienzan a considerar inevitable y permanente, se pasan a un extremo u otro, no por convicción alguna, sino por desesperación, oportunismo o ambas cosas juntas.
De los eternos borocotós que pegan el salto hacia los ganadores del momento ya se ha hablado demasiado y además no importan tanto porque la historia ha estado y seguirá estando repleta de ellos. Es casi, casi, la condición inevitable de la naturaleza humana frente al poder.
Más doloroso, menos frecuente, más patológico, es cuando los que se presentaron como mejores, claudican como los peores. Tal cual ese Miguel Ángel Pichetto que -aún con todos sus viejos "pecados" a cuesta- le ofreció a Macri trabajar juntos para derrotar a Cristina Kirchner a fin de construir un peronismo liberal que se renovara profundamente. O como Héctor "Toty" Flores, el "hermano del alma" de Lilita Carrió, el cooperativista pobre que ayudaba a los pobres combatiendo a la vez contra la utilización política que de ellos hacía el kirchnerismo. Hoy, sin embargo, haciendo tierra arrasada con todo lo que intentaron construir y representar, Pichetto va a proponerle a Cristina Fernández que todos los peronistas se perdonen entre sí y el Toty acepta ser subsecretario de aquel a quien siempre combatió: Fernando Espinoza, el capomafia peronista de La Matanza.
Vale decir, clink caja para Milei, tanto por los que se le someten a él como por los que claudican pasándose a los kukas. El presidente, en cambio, tiene a su favor que siempre siguió siendo el mismo. Tómelo o déjelo, porque, sin ser Milei por eso mejor que nadie, los Pichetto o los Toty Flores son infinitamente peores que él, moral y políticamente, porque se presentaron como los mejores.
Sintetizando, en ese ambiente de miserabilismo político expandido, tanto para un lado como para el otro, Milei sigue peleando en abstracto contra todos, pero en concreto contra nadie, porque sus oponentes caen solitos, sin que nadie les dé una trompada, basta con el amago. No es él su demoledor, sino simplemente el que camina sobre los restos de lo que le van demoliendo por si solos sus supuestos adversarios. Protegiendo sus pies, para no lastimarse, con los felpudos en los que se van transformando los que todos los días se pasan a sus filas porque va ganando.
Milei fue y sigue siendo una criatura gestada en el vientre de la claudicación de los políticos en lo que respecta a su responsabilidad frente al bien común. A él, por ahora, le alcanza con simular que todos están cayendo porque con sus puños los está noqueando, cuando en realidad se están cayendo solos. Aunque la verdadera utilidad de Milei se verá cuando de una vez por todas se decida a construir el país del futuro en vez de seguir desmantelando un pasado que se desmantela solo, que para eso no necesita de él.
Quizá al presidente, para que le vaya bien, le bastaría con cumplir la que fue la mejor frase de su discurso en la Asamblea Legislativa: "Nuestra política no es ni nunca será un vamos por todo. Debemos reducir el poder del político, sea cual fuera el político. No le pedimos el voto a la gente para que nos dé el poder a nosotros, sino para devolverle el poder a la gente". Sin embargo, para que esa magnífica promesa se transforme en realidad, lo primero que debería hacer es avisarle a su hermana Karina, cuyo único objetivo político (y esta semana se ha verificado con creces, como se verificó durante casi todo el año 2025) parece ser el de, precisamente, querer ir por todo.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]