PJ: Reflexiones después de la derrota
El domingo pasado las huestes aliadas mileistas-cornejistas avanzaron sobre los territorios enemigos peronistas, que protegieron con precarias empalizadas las puertas de sus municipios para impedir la invasión. Los objetivos aliados a ocupar eran fundamentalmente dos: Maipú y San Rafael. Porque en ambos se agrupa el grueso del peronismo resistente. En Maipú rozaron la puerta de entrada, pero no pudieron penetrar en la casa del adversario, pero en San Rafael lograron romper las primeras defensas avanzando, aunque más no fuera por un punto, dentro del objetivo pretendido. Lo cual prendió severas luces de advertencia dentro del peronismo mendocino, porque una cosa es perder elecciones por arrastre provincial y/o nacional, pero otra muy distinta es que se le metan en sus territorios locales (lo único que les va quedando) en comicios donde solo se ponen en juego bancas municipales.
Quien más avanzó en el análisis político de la derrota -incipiente, pero derrota al fin- fue el intendente peronista de San Rafael, Omar Félix, insinuando más o menos difusamente lo que es una verdad evidente: que mientras sigan juntos al peronismo nacional, en particular al kirchnerismo, no tendrán destino alguno. Por eso en estas elecciones los Félix marcharon separados del sector kirchnerista, quiénes sacaron muy pocos puntos, pero si se le hubieran sumado a los que sacó el peronismo municipal, habrían ganado "matemáticamente" las elecciones. No obstante, con algún grado de sentido común, Omar Félix dijo que a ellos los votos K no le hubieran sumado sino restado más aún. Lo que consistió en una interpretación política, no matemática del resultado, pero que bajo ningún punto de vista resulta descabellada.
Sin embargo, lo que tanto los Félix como el intendente Matías Stevanato de Maipú deben estar meditando por estas horas es que separarse del kirchnerismo, tanto en sus versiones locales como nacionales, es condición necesaria pero no suficiente para renacer. La otra condición es tan o más importante y el domingo la vivieron en todo su dramatismo: que, si siguen asumiendo como política central la mera defensa de los pocos territorios municipales que aún conducen, poco a poco se quedarán sin ninguno. Que, tarde o temprano, las precarias empalizadas serán arrasadas por las fuerzas aliadas, o simplemente por el aluvión mileista, sigan o no sigan los libertarios unidos con el cornejismo. Porque, así como el radicalismo mendocino estuvo y está plenamente dispuesto a convivir, como adversarios respetables, con el peronismo mendocino, el mileismo solo está dispuesto a convivir consigo mismo. Su consigna es, desde sus orígenes, la misma de Cristina Kirchner: de lo único que se trata es de ir por todo.
En pocas palabras, el peronismo mendocino sabe, y lo sabe mucho más después del domingo pasado, que su único destino si quiere mantenerse con vida, es volver a convertirse en un partido provincial que trascienda sus intendencias sin que por ello tenga necesidad de formar parte de un proyecto nacional en crisis (como sostenían tan fervorosa como erróneamente los últimos gobernadores peronistas). Ni municipal ni nacional. Provincial. Vale decir, el cierre, la clausura definitiva de la era instalada en Mendoza por el legendario "Chueco" Mazzón: la de constituir una liga de intendentes que formara parte del proyecto nacional peronista, lo dirigiera éste quien lo dirigiera. Hoy esa fórmula es letal. Porque el Partido Justicialista nacional es una entelequia y la liga de intendentes es apenas un conjunto de desesperados resistentes que, si solo optan por resistir, tarde o temprano dejarán de existir.
UCR: Los aliados no son los amigos
Por su lado, aunque no tan visible (pero igual de urgente), el dilema del radicalismo mendocino es bastante parecido al del peronismo mendocino porque también carece de un partido nacional de referencia, por lo que se ve obligado a constituir alianzas de todo tipo, generalmente efímeras en sus resultados y en su duración. Y muchas veces contraproducentes.
Luego de la debacle producida por la caída de Fernando De la Rúa, el radicalismo nacional se disgregó para no volver a constituirse como partido, salvo fantasmagórica y agonalmente. Pero en Mendoza siguió subsistiendo con relativa fortaleza en lo provincial tratando de evitar que el cáncer radical nacional hiciera metástasis también aquí. Aunque para sobrevivir a la amenaza kirchnerista cuando estaba en su pleno apogeo, cometieron un error estratégico gravísimo: se aliaron con el entonces presidente Néstor Kirchner, cuya lógica nunca fue la de las alianzas sino la de las sumisiones. El no entender la lógica kirchnerista lo pagaron precisamente con aquello que querían seguir manteniendo a través de esa delirante "transversalidad": perdieron durante ocho años la gobernación mendocina. Peor negocio imposible.
Pero. por esas vueltas de la historia, en 2015 Alfredo Cornejo, ya mucho más curtido y experimentado de cuando participó en la fatal alianza con el kirchnerismo, siguió defendiendo las políticas aliancistas sabedor que el radicalismo solo ya no tenía destino alguno, y menos fuera de la provincia. Por eso se alió con Macri y entonces los radicales volvieron a la gobernación mendocina con una alianza local aún más grande que la nacional, que incluso sobrevivió a la debacle del macrismo.
Luego, con la llegada de Milei, Cornejo intentó salvar lo que quedaba de Juntos por el Cambio proponiendo una liga de gobernadores radicales, macristas y provincialistas que negociaran de igual a igual con el nuevo presidente, sin conocer todavía quién era el libertario, que de la lógica de Macri no tenía nada, aunque se presentara (o Macri lo presentara) como su continuidad. Nada, sin embargo, más lejos de la realidad. Milei, como Néstor Kirchner, no cree en las alianzas, aunque a veces las concrete por inevitable necesidad (para destrozarlas cuando se termina la necesidad). El presidente solo cree en la propuesta de construir un partido único comandado exclusivamente por él y su hermana, por lo que tarde o temprano deberá deshacer todas las precarias alianzas que se ve obligado a formar transitoriamente hoy por no haber llegado aún a la hegemonía política a la que en su momento llegó el kirchnerismo.
Y todo eso Cornejo lo sabe, tanto porque ya es un viejo lobo de la política como porque vivió en carne propia la "transversalidad" kirchnerista. Sin embargo, hoy no le queda más remedio que aliarse con Milei para que no le pase por encima como pasó a todos los otros gobernadores ni mileistas ni kirchneristas que se le enfrentaron (mejor dicho, a los que él enfrentó) en las elecciones legislativas del pasado 26 de octubre.
No obstante, el recuerdo de lo vivido con Néstor Kirchner debe hacerlo despertar sobresaltado más de una vez de su cama en esas madrugadas donde se imponen las pesadillas. Y allí es cuando piensa cómo hacer para que en 2027 no le pase al radicalismo mendocino con el mileismo lo mismo que le pasó en 2007 con el kirchnerismo, que pese a estar aliados, perdieron en manos de sus socios nacionales la gobernación, la cual fue ocupada por las huestes locales del presidente. Desafío de una magnitud colosal porque enfrentar a Milei es tan peligroso como aliarse con él, porque de un modo u otro, Milei quiere quedarse con Mendoza como con todas las provincias que pueda, a través de candidatos pertenecientes al partido nacional que su hermana viene pacientemente tejiendo, con espíritu y colaboradores metodológicamente peronistas, hasta que no quede en la Argentina un solo ladrillo que no sea mileista. Ese objetivo político de los hermanos Milei está más claro que el agua. Casi podría decirse que es el único objetivo político que tienen, o por lo menos el único que los obsesiona.
Unidos por el "Pulga"
Esta semana, en un meritorio reconocimiento a un ex intendente peronista de Maipú, Alejandro Bermejo, se le impuso el nombre del mismo a una escuela del departamento. Allí el gobernador Cornejo, en su discurso de inauguración de la escuela y homenaje al político opositor fallecido, dejó traslucir su verdadero pensamiento político al decir: "Es un momento muy especial para la comunidad política de Mendoza y de la Argentina. Hoy la actividad política está muy cuestionada en el mundo, cuando en realidad es la actividad social más noble para vivir en sociedad". Para inmediatamente criticar no demasiado elípticamente a los saltimbanquis de la política, que hoy por hoy son la moda imperante en todos los partidos: "Es muy fácil correr hacia dónde va el viento. Lo difícil es defender la política profesional, la de quienes han administrado y demostrado capacidad de gestión", expresó el Gobernador. Para culminar diciendo que hoy rendir homenaje a un dirigente político que siempre siguió siendo de un mismo partido es "un acto contracultural". Toda una definición que, de algún modo, sin decirlo, busca ser una alternativa esencialmente diferente a las batallas culturales que alguna vez impuso el kirchnerismo pero que el mileismo ha retomado con mayor ensañamiento aún.
En su homenaje al leal opositor, al recordado "pulga" Bermejo, Cornejo admitió implícitamente que tanto el partido justicialista como el partido radical, ya no existen a nivel nacional. Que se han quedado solos. Por lo tanto, a ambos sólo les queda, constituirse en fuertes y sólidos partidos provinciales si quieren seguir gobernando el bastión mendocino, más allá de las tácticas que cada uno siga en sus relaciones con el gobierno nacional.
En la inauguración de la escuela "Alejandro Bermejo", Cornejo se refirió a la alianza invisible y metafórica que no puede de ningún modo explicitar: la de radicales y peronistas mendocinos uniéndose no para gobernar juntos, sino para resistir juntos la inevitable invasión de las huestes nacionales mileistas que, de concretarse, arrasarán tanto con enemigos como con adversarios, tanto con amigos como con aliados. Con todos. Quizá la batalla más difícil de toda su vida que deberá librar el gobernador mendocino. Y, a la cual, hasta el momento, ignora con qué estrategia librarla. O peor, ni siquiera sabe si existe esa estrategia.
* El autor es sociólogo y periodista. [email protected]