La Asamblea legislativa como tribuna partidista

En este siglo se hizo costumbre, con la llegada del populismo K convertir el acto solemne de inauguración de sesiones legislativas en una tribuna partidista con claques ruidosas. Mala costumbre que, salvo el intervalo de moderación civilizada del gobierno de Macri, es continuada por la otra variante del populismo que ha elegido el pueblo argentino.

Escuchando el mensaje inaugural del período de sesiones ordinarias del presidente de la Nación en el Congreso, el que esto escribe, recordaba que en esas bancas del palacio inaugurado en 1905 estaba sentado Carlos Pellegrini, elegido diputado nacional por la ciudad de Buenos Aires meses antes de su fallecimiento encabezando una lista opositora al presidente Quintana. No fue el único de los diputados y senadores nacionales que integraban el Congreso que sesionó en el recinto que se construyó frente a la plaza de mayo en la presidencia de Mitre que participaron de los debates legislativos en ambos edificios; el primitivo con su modestia, parece marcar el contraste entre una Argentina en formación y el éxito de una dirigencia política que fue capaz en una generación de construir un país moderno en un desierto.

En su último discurso en una sesión donde se trataba la amnistía a los que intentaron una revolución en 1905, lejos de exaltarse por las realizaciones de su generación y de proclamarse la mejor de la historia y del mundo hizo una profunda autocrítica sobre los errores políticos cometidos.

En ese Congreso estaba Emilio Civit, el primer ministro de Obras Públicas, en la segunda presidencia de Roca, el presidente que en su último mensaje al Congreso podía vanagloriarse que no había rincón de la república donde no se hiciera una obra, un ramal ferroviario, un puente, un muelle, una escuela; buen contraste con las rutas destruidas a las que pretenden poner remedio con él sistema que fracasó en los años noventa. Y estaba Joaquín V González, uno de los liberales en serio, quien propuso al Congreso de 1904 el proyecto de Código Nacional del trabajo; bueno recordarlo cuando las caricaturas de liberales hablan “del robo de la justicia social”.

En el Congreso hubo debates intensos, profundos, duros, incluso incidentes violentos, como el episodio de los rifleros porteños en las barras del viejo Congreso apuntando a los diputados que respondían al presidente Avellaneda pero siempre se respetaron las investiduras y las formas cuando se inauguraba el período de sesiones y el titular del ejecutivo exponía su programa de gobierno ante los legisladores nacionales que son los que deben aprobar o rechazar las políticas del presidente o modificarlas y mejorarlas.

En este siglo se hizo costumbre con la llegada del populismo K convertir este acto solemne en una tribuna partidista con claques ruidosas y que parece, salvo el intervalo de moderación civilizada del gobierno de Macri, será seguido por la otra variante del populismo que ha elegido el pueblo argentino.

A dos años de gobierno se muestran pocos logros para hacer tanto hincapié en la herencia, que en realidad no fue descripta en su real dimensión, por recurrir a slogans y frases de panelistas más bastantes insultos. Algunos han dicho que perdió la oportunidad de hacer un discurso de estadista; es que para hacerlo hay que ser estadista. Prefiere ser un panelista en busca de rating. Y terminemos con "el Javier es así". C uando se asume la primera magistratura del país, uno debe elevarse a la altura del cargo en el que se desempeña.

Los agravios a empresarios, selectivos, como que nunca se refiere a su antiguo empleador que jamás pagó el canon por el monopolio de los aeropuertos o al régimen de subsidios fiscales a las armadurías de electrónicos de Tierra del Fuego, están destinados a silenciar voces críticas en la línea de Cristina Fernández o Donald Trump.

Dijo muchas cosas ciertas y otras falsas y dudosas. La comparación del incremento de los sueldos en dólares es falaz, la comparación válida es la medición por el poder de compra.

Tal vez los insultos, agravios, las muestras de vulgaridad arrabalera que mostró el presidente sea una manera de disimular la lejanía con sus promesas de campaña, los anuncios frustrados de inflación cero, las chapucerías del experto en mesas de dinero que dirige el ministro de economía y que fue salvado de la catástrofe dos veces el año pasado, primero por el FMI y luego por Trump. Como Cristina, busca conspiradores, saboteadores de sus planes.

Con relación a sus ataques a la oposición por la corrupción demostrada en sus gobiernos, es hora de que se fije en casa. Tiene en su gobierno a un sospechoso de corrupción como Scioli, y las investigaciones del periodismo de investigación muestran que debe dar muchas explicaciones en el caso Libra donde por ahora disfruta de la abulia del juzgado federal en el que radican las actuaciones como también en el escándalo Andis y la participación de su hermana-

Fue, en definitiva, una noche más de las que muestran la degradación argentina y la incapacidad para poder discrepar en un intercambio de ideas civilizado. De eso se trata la democracia, de convivir civilizadamente en las diferencias respetando los marcos fijados por las instituciones de la república.

* El autor es presidente de la Academia Argentina de la Historia.

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