martes 15 de junio de2021

La política de la ignorancia y la sociedad del conocimiento
Imagen ilustrativa / Archivo.
Opinión

La política de la ignorancia y la sociedad del conocimiento

El covid 19 cruzó toda actividad humana haciendo que la propia naturaleza sepultara ideas y creencias sobre las que transitaba nuestra vida.

  • domingo, 11 de abril de 2021
La política de la ignorancia y la sociedad del conocimiento
Imagen ilustrativa / Archivo.

Las reflexiones de Alvin Toffler sobre “el cambio en el poder político” fueron premonitoria en torno a la idea de la desmaterialización (fuerza, riqueza, territorio) en favor del conocimiento. Pero debemos revisar aquello de “que la estructura del poder que ha caducado es la del poder basado en el autoritarismo indiscutido”. Las continuas crisis actuales, de sistemas formalmente democráticos, que han devenido formas incruentas y aún crueles de autoritarismo, es razón suficiente para repensarlo.

La sociedad del conocimiento, no implica que la ignorancia haya sido vencida. La afirmación socrática: “solo se que no se nada” cobra nuevo sentido. El hombre más sabio de su tiempo sabía que a medida que adquiría más conocimientos, comprendía la magnitud creciente de lo que ignoraba.

En términos hegelianos, la tesis del conocimiento supone la antítesis de la ignorancia, contradicción que sólo puede ser resuelta por una síntesis superior: la sabiduría. Lo que nos remite a Platón y su cuestionamiento respecto a los gobernantes. Afirmaba que muy pocos de los que gobernaban tenían la capacidad de hacerlo, dado que gobernar requiere sabiduría y razonamiento.

Poco parece haber cambiado si consideramos a nuestros propios gobernantes. Más allá del ocasional ropaje partidario, todos parecen compartir ese modo original de ignorar que Borges atribuía a los argentinos: los que ignoraban como cualquiera, pero “con entusiasmo”, en una suerte de militancia obsesiva en la ignorancia.

Una creencia arraigada respecto al poder es que deben ejercerlo quienes obtienen mayoría de votos, lo que legitima el origen del poder, pero no considera su ejercicio, que es lo que determina la calidad del poder. Somos mal gobernados, pero legítimamente.

Es tiempo de revisar mitos y creencias, lo mítico no es comprobable aunque una cultura lo estime cierto. El desarrollo es un mito transversal a muchas culturas, el progreso como meta inexorable de las sociedades, suponiendo que el futuro está determinado por las condiciones estructurales de la economía y la política. A partir de esto la previsibilidad fácil, basta con proyectar o extrapolar el comportamiento de los países ricos para conseguir iguales resultados. Poco de ello es cierto, por la escasa capacidad de autonomía de los gobernantes respecto a estas ideas, sin entrar a considerar el entramado de intereses corporativos escondidos en los pliegues del poder.

La globalización de fines del milenio suponía un desafío al mundo organizado en naciones y mercados, homogéneos y permanentes. El covid19 cruzó toda actividad humana, en todas partes haciendo que la propia naturaleza -que ignoramos con entusiasmo- sepultara ideas y creencias sobre las que transitaba nuestra vida.

Las viejas y nuevas tecnologías -desde las antiguas TIC a las recientes: NBIC, RA/RV, AI, 3/4D, y 5/6G, entre otras- abren opciones para tentar nuevos caminos, suponen oportunidades pero también riesgos, que suelen quedar ocultos por el lucro que guia a la innovación sin consideración de consecuencias que pueden generar, ni responsabilidades, lo que conjuga también conocimiento e ignorancia.

Del inagotable baúl de creencias obsoletas destaca la arrogancia de la riqueza, pasada, actual o potencial. Solemos creer que los desastres ocurren en las antípodas, que el dinero y la tecnología, la estabilidad y la industrialización nos aíslan de catástrofes inesperadas. Igual negligencia mostramos en relación con amenazas exógenas, especialmente amenazas naturales.

Pero enfrentamos una globalización más intensa, compleja y dinámica, las señales tempranas del cambio surgen independientemente de la antigua realidad. Somos testigos del nacimiento de un nuevo dominio: un nuevo espacio global (del bioma al ciberespacio) y nuevos y múltiples tiempos a considerar como variables constitutivas de nuestros análisis y decisiones, no como meras realidades físicas invariables.

La globalización 2.0 muestra cambios en las fuerzas motrices de la primera: de la aceleración de la historia pasamos a la aceleración del futuro; de la dilución de las fronteras a la confusión de la noosfera de Chardin con la biosfera; y de la crisis del Estado-Nación a las crisis generalizada de Estados, instituciones, organizaciones, de la autoridad y las comunicaciones.

Del diseño de múltiples formas de sociabilidad pasamos al diseño de la vida y de la muerte. El hombre que renunció a Dios en la modernidad, confiado en la racionalidad y la ciencia, cayó en el desconcierto y la incertidumbre, que se alimenta de la falta de conocimiento y la ignorancia. Es necesario reconocer el nuevo mundo que surge frente a nuestros ojos, sumado al mental y físico de las personas, como contextos donde toda posible combinación, intercambio, y configuración de redes es posible.

El nuevo poder es el conocimiento, hay que alimentarlo día a día, más allá de las obsoletas ideologías de la sociedad industrial que nos mantienen en la ignorancia.

*El autor de la nota es Director del Centro de Globalización y Prospectiva, nodo del Millennium Project.