"Envejecer bien es un arte. De pronto te levantás con dolores nuevos y descubrís que el mundo no te debe nada, sino que pasa factura". Estas palabras del periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte, que son tan universales como la vejez misma, arrancan con un concepto clave para que llegar a este tramo no sea visto ni vivido como entrar en la boca del lobo. Es un arte, lo que supone poner en juego ideas, emociones y una visión del mundo.
En la era más hipertecnológica de la historia de la humanidad, la generación analógica intenta no perder ese tren y, dentro de sus posibilidades, aprovecha las bondades digitales que le simplifican trámites, le hacen ganar tiempo (capital fundamental a esta altura de sus vidas) y los hace sentir más integrados, hablando un idioma que a priori juzgaban ajeno, incluso forzado.
Para esta sintonía fina con el mundo de hoy es clave la actitud; estrategia impostergable para que envejecer realmente sea un arte. Imposible entonces no empatizar con la enseñanza de Clint Eastwood, quien con 96 años enfrenta cada día con su lema-mantra: "No dejés entrar al viejo". Leamos al actor y director afinando su modus vivendi: “Cuando me levanto todos los días, no dejo entrar al viejo. Mi secreto es siempre el mismo: mantenerme ocupado. Nunca dejo que el viejo entre en casa... Hay que mantenerse activo, vivo, feliz, fuerte, capaz. Está en nosotros, en nuestra inteligencia, actitud y mentalidad. Somos jóvenes, con independencia de nuestro DNI. Hay que aprender a luchar por no dejar entrar al viejo”.
Un claro ejemplo de esta acción proactiva son las Aulas Para el Tiempo Libre, un espacio que depende de la Universidad Nacional de Cuyo. Creado en 1990, actualmente cuenta con más de 100 talleres de lo más variopintos. En sus pasillos y aulas campea una energía contagiosa. La mayoría de sus integrantes están en una etapa de sus vidas donde cuentan con la posibilidad de aprender, reaprender o simplemente observar y escuchar aquello que en su vida laboral activa no podían o no se animaban.
Allí escriben, actúan, dibujan, debaten, tocan un instrumento, bailan. No dejan entrar al viejo. Y lo hacen de una manera natural, sin necesidad de impostar una juventud que ya no tienen ni vestirse según una moda que no sienten propia. Cuanto más genuinos son, más natural es la forma en que disfrutan este periplo inspirador.
También juega a favor de los "mayores" que los mandatos han cambiado. Para muchos de ellas y ellos, transitar los años de la madurez ya no es sinónimo de quedar atrapados en casa cuidando nietos de lunes a domingos o atornilladas/os frente a la tele para consumir las incómodas horas de la soledad. Sumarse a talleres como los mencionados o a clubes u otros espacios en común abre la no muy frecuente posibilidad de crear nuevas amistades, a una edad en que uno se va acostumbrando a despedir a los grandes amigos de la vida.
Y esto sólo es posible si, como nos enseña el sabio Clint, se le da la espalda "al viejo murmurador, lleno de rabia y quejas, de falta de valor, que se niega a sí mismo que la vejez pueda ser creativa, decidida, llena de luz y de proyección". Al final de cuentas, la madurez no es el ocaso, sino tal vez el capítulo más lúcido para elegir quiénes queremos ser. Y en esta elección, nunca se está solo.
* El autor es secretario general de redacción de diario Los Andes. [email protected]