La salud mental es, ante todo, un inquietante emergente de los tiempos que corren. Por algún lado debe supurar la presión y la sinrazón de una época que parece cobrarse factura por cada minuto de existencia. No es otra cosa que una alarma que la sociedad aún no termina de decodificar y un llamado de atención que los gobiernos escuchan solo a medias, con la intermitencia de quien atiende una señal de radio con interferencia. Hay respuestas, pero rara vez llegan con la rapidez y la profundidad que la urgencia demanda.
El escenario no es una percepción subjetiva; tiene el respaldo de la estadística fría. El último relevamiento del Observatorio de Psicología Social Aplicada (OPSA) de la Universidad de Buenos Aires puso números a temas que solemos evitar: depresión, ansiedad y riesgo suicida. Los datos son elocuentes: seis de cada diez argentinos reportan alteraciones del sueño y más de la mitad (el 52%) reconoce estar atravesando una "crisis vital". Estamos ante una comunidad que ha perdido el descanso y, con él, gran parte de su eje.
Lo novedoso, y quizás más inquietante, es el impacto de la tecnología en nuestra arquitectura emocional. El estudio midió por primera vez la relación entre el bienestar y el uso de redes sociales e inteligencia artificial. Con un 97% de penetración de redes y un 59% de IA, el resultado es uniforme: a mayor uso, mayor sintomatología ansiosa. La hiperconectividad, lejos de acercarnos, parece habernos encerrado en un laberinto de espejos donde el malestar se retroalimenta.
Si miramos la evolución histórica, el panorama se oscurece. El 6,5% de los argentinos está hoy en riesgo de padecer un trastorno mental severo. Es una cifra que ha crecido de manera sostenida desde el 4,9% previo a la pandemia, demostrando que el impacto del aislamiento no fue un bache temporal, sino un detonante estructural. En este esquema, los jóvenes son los más vulnerables. Ellos enfrentan una doble barrera: son el grupo con mayor fragilidad emocional y, paradójicamente, el sector más castigado por la pobreza, lo que restringe su acceso a tratamientos privados y los empuja a un sistema público desbordado.
Mendoza no es una isla en este mapa de desasosiego. Recientemente, la polémica por el cierre de la maternidad en el hospital de Rivadavia expuso una realidad irrefutable: más del 90% de las camas disponibles en la provincia están ocupadas por pacientes de salud mental. Esta saturación no se limita a los centros especializados; los hospitales generales también operan al límite de su capacidad.
El dato local que pone los pelos de punta es el de los intentos de autolesión: solo el año pasado se registraron 800 intentos de suicidio en la provincia, la mayoría protagonizados por adolescentes y jóvenes. Estas cifras no son solo estadísticas; son relatos de vidas truncas o en suspenso que piden un lugar prioritario en la agenda pública. La salud mental es la nueva pandemia y, frente a ella, nadie -ni el Estado ni la sociedad civil- tiene permiso para hacerse el distraído.
* El autor es secretario General de Redacción del diario Los Andes. [email protected]