16 de mayo de 2026 - 00:20

Del escaneo de datos a la miopía electoral, una responsabilidad ciudadana

Tropezar con la misma piedra no es culpa de esos candidatos a los que subimos al escenario político. Hay una responsabilidad indelegable en cada uno de nosotros que va directamente de la mano con la calidad de vida de un país.

Para mal, más que para bien, la idea de "vida privada" se ha convertido en un anacronismo. A estas alturas de la soirée, el concepto se desvanece; la privacidad es un lujo que hemos canjeado por comodidad. Todo, o casi todo, de nuestra existencia anida en algún rincón de la vasta web. No es una novedad; esto ya era una realidad palpable mucho antes de la irrupción de la inteligencia artificial, ese nuevo dios omnímodo que empieza a movernos como dóciles marionetas.

La desconexión es una quimera. Actualmente, no hay trámite administrativo o interacción social que no requiera, imperativamente, la mediación del teléfono. Si sumamos a ello todo lo que consumimos visualmente o interactuamos en las redes sociales, el mundo digital se revela como un campo minado de datos personales donde, de manera consciente o inconsciente, hemos ido aportando nuestra propia información día tras día. Y lo peor del caso es que no dejamos de hacerlo con cada clic.

En este contexto de hipervigilancia voluntaria, donde cada dato está disponible para quien sabe buscarlo, ya no debería ser una excusa válida argumentar que votamos mal porque no sabemos a quién votamos. Es hora de una autocrítica profunda. Convengamos que no nos tomamos el mínimo trabajo de "escanear" a los candidatos, una tarea que paradójicamente realizamos con cualquier otro producto que compramos. No nos interesa saber quiénes son, de dónde provienen, qué trayectoria tienen, si cuentan con un currículum límpido o si, por el contrario, están tapados de barro. Escudriñar la vida pública y privada de quienes pretenden representarnos no es una tarea sencilla, pero es una práctica que se puede, y sobre todo se debería, poner en práctica. De lo contrario, sólo nos queda llorar después y golpearnos culposamente el pecho ante las consecuencias de nuestra propia negligencia.

Las próximas elecciones en la Universidad Nacional de Cuyo podrían ser un buen tester de este trabajo que no nos tomamos y que, de realizarse, podría ser muy útil para no quejarnos de lo que después pase en las urnas. La desidia y la pereza parecen ser una marca registrada de la sociedad argentina, y se manifiestan con claridad en la alarmante falta de interés por acudir a votar y en la sostenida baja en los porcentajes de presencialidad para un acto cívico tan esencial para el sostenimiento de la democracia.

Resulta pertinente recordar la frase del escritor Pablo Maurette cuando dice: "Nos gusta creer que los políticos son los corruptos, pero no vienen de Saturno, se criaron en un caldo de cultivo que compartimos todos, de pequeñas infracciones diarias constantes".

Casta o no casta, los representantes que ungimos con nuestro voto están donde están porque nosotros, los terráqueos comunes, los pusimos ahí. Desde el periodismo, buena parte de nuestra tarea debería ser visibilizar con la mayor profundidad posible a los candidatos, desde los ignotos concejales hasta los reiterados legisladores que van y vienen desde las bancas legislativas a los puestos de poder en el sector público sin nunca volver al llano.

Tropezar con la misma piedra no es culpa de esos candidatos a los que subimos al escenario político. Hay una responsabilidad indelegable en cada uno de nosotros que va de la mano con la calidad de vida de un país. Si tenemos un presidente que justifica la impericia de su equipo culpando al que se atreve a decir que el rey está desnudo, no nos deberían sorprender los jefes de gabinete flojitos de papeles o los ediles que manejan ebrios y, al día siguiente, hacen campañas de concientización sobre seguridad vial. Es el resultado directo de ese mirar para otro lado que elegimos, mal que nos pese.

* El autor es secretario general de redacción de diario Los Andes. [email protected]

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