La elección en República Dominicana y la crisis de Haití

Luis Abinader, el recientemente re-electo presidente de la República Dominicana aparece como quien tiene más aptitud para manejar el tema crítico, que es la creciente inmigración ilegal proveniente de Haití.

La elección en República Dominicana y la crisis de Haití
Luis Abinader, presidente reelecto de República Dominicana

El 19 de mayo tuvo lugar la elección presidencial de República Dominicana, en la que fue reelecto en primera vuelta el actual presidente, Luis Abinader, con aproximadamente el 60% de los votos. Confirma así su popularidad, que fue creciendo por su manejo eficaz de la pandemia y la posterior recuperación económica. A ello se agrega ahora tener la imagen de ser el más apto para manejar el problema crítico que amenaza al país: la creciente inmigración ilegal proveniente de Haití, país que se ha convertido en un “estado fallido” y vive en situación de caos.

Ambos países, en términos territoriales, comparten una misma isla del Caribe, llamada La Española desde la llegada de los europeos al continente. El Presidente reelecto es un empresario exitoso proveniente de la actividad turística, la que ha sido el motor del éxito económico del país en los últimos años, y que ha generado una clara diferencia con la situación caótica que vive Haití.

Históricamente, la excolonia francesa fue el primer país latinoamericano en independizarse de Europa, en 1804. Ex esclavos lideraron el proceso y vencieron a las tropas enviadas por Napoleón para reprimir. En las primeras décadas del siglo XIX, la República Dominicana, que ocupaba la otra parte de la isla como colonia española, pasó a depender de Haití, del cual se independizó a mediados de dicho siglo. Haití nunca logró una verdadera estabilidad institucional y estuvo ocupado durante décadas militarmente por Estados Unidos. República Dominicana, por su parte, tuvo prolongadas dictaduras y a mediados de los años sesenta tuvo una intervención militar estadounidense para evitar que el país girara hacia el comunismo.

Los dos países tienen algunas semejanzas, pero cada vez más diferencias, sobre todo en lo económico y social. La población es prácticamente la misma en ambos casos, aproximadamente once millones de habitantes. Pero en términos territoriales Santo Domingo es más grande, con cuarenta y ocho mil kilómetros cuadrados, mientras que Haití tiene sólo veintisiete mil. La frontera común es de trescientos noventa y un kilómetros, y el pasaje de uno a otro país es muy difícil de controlar.

Pero la diferencia en el PBI per cápita es dramática: en Haití es de sólo tres mil dólares por habitante al año, uno de los más bajos del mundo; en cambio, en República Dominicana alcanza los veintisiete mil dólares por habitante, una cifra mucho más alta (nueve veces mayor). Esto genera un creciente flujo migratorio que el gobierno dominicano intenta frenar. La situación haitiana es crítica desde hace décadas. En la primera década del siglo XXI, en el marco de las Naciones Unidas, funcionó una fuerza de paz integrada por tropas de la región: Brasil, Argentina y Chile, entre otras.

No se logró encauzar la situación y Naciones Unidas puso fin a esta misión. En lo que va de la tercera década del siglo, la situación se agravó: un comando integrado por mercenarios colombianos dio muerte al presidente en ejercicio. Ello aumentó el caos y el accionar de bandas de crimen organizado, combinado con conflictos étnicos, ganaron terreno en forma acelerada. En este marco, la inmigración haitiana comenzó a ser también un problema para los Estados Unidos. Es que, así como tiene lugar la migración a República Dominicana, también la tiene a través del Mar Caribe hacia América Central, y desde ahí hacia los Estados Unidos.

La situación haitiana es compleja e incierta, con una acción internacional muy débil para contenerla. Los países iberoamericanos de la región, a diferencia de lo sucedido dos décadas atrás, se han negado a integrar una fuerza internacional de carácter policial, para establecer un mínimo de orden. Sólo han aceptado hacerlo siete países: Barbados, Bahamas y Jamaica del Caribe; Bangladesh de Asia; y Benín, Chad y Kenia de África. Este último país tiene a su cargo el mando de la misión. Mientras esta fuerza se organiza con dificultades y cierta lentitud, la situación haitiana sigue siendo crítica.

Pero la situación es más amenazante para República Dominicana, dada la frontera terrestre entre los dos países, que es muy difícil de controlar. Se ha intentado hacerlo con cercas y muros, pero sólo han sido soluciones parciales. Los dos candidatos opositores fueron Leonel Fernández, un ex presidente socialdemócrata que obtuvo el 27%, y Abel Martínez, que alcanzó el 10,7%. No representaron para el electorado dominicano una opción válida frente a la amenaza de la migración haitiana. El poder de Abinader también se reforzó en el Congreso, donde su Partido Revolucionario Moderno y aliados obtuvieron amplias ventajas. En el Senado, según los resultados parciales, dominan en veinticuatro de las treinta y dos provincias, incluidas las fronterizas. Abinader aparece ante el electorado dominicano como quien tiene más aptitud para manejar el tema crítico, que es la creciente inmigración ilegal proveniente de Haití. Desde que llegó al poder en 2020, impuso una política de “mano firme” frente a la migración haitiana. Multiplicó redadas de indocumentados y deportaciones y también levantó un muro de ciento sesenta y cuatro kilómetros entre los dos países que alcanza a más de la mitad de la frontera binacional. De acuerdo con Nelson Espinal, especialista en disputas públicas de la Universidad de Harvard, Abinader “se afianza, se fortalece, es un gran poder”.

Mientras tanto, los primeros efectivos de la fuerza policial organizada por Naciones Unidas, bajo mando keniata, llegaron a Haití el 20 de mayo. No será fácil su tarea.

* El autor es Director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría.

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