San Martín encabeza el panteón nacional y su proyección en América Latina se equipara con la figura de Simón Bolívar por el rol determinante que cumplieron en la emancipación sudamericana. El primero porque hizo del plan continental la llave maestra de la independencia de las Provincias Unidas del Sud, restauró la libertad chilena mediante el triunfo en Chacabuco y Maipú, y avanzó con firmeza al virreinato peruano arrancándole a los realistas el control de las intendencias de la costa para luego ingresar a Lima, proclamar la independencia y autoerigirse en Protector de los Pueblos Libres del Perú. El gran Bolívar tuvo un trayecto no menos estelar: combatió sin pausa ni tregua contra los enemigos de la causa americana, padeció derrotas y el exilio, conquistó éxitos militares, fundó congresos y constituciones, y avanzó sobre las provincias de Guayaquil y Quito para integrarlas a la Gran Colombia que presidía. San Martín no pasó por alto su irresistible liderazgo y capacidad de movilización social por lo que juzgó conveniente mantener una entrevista con el Libertador del Norte de la que extrajo la conclusión que su tiempo en América había concluido. Al llegar a Lima, retomó el mando, convocó al congreso general y presentó su renuncia que ni siquiera su fiel confidente, Tomás Guido, pudo detener. La noticia se difundió como reguero de pólvora e hizo decir a Bolívar: “El General San Martín era respetado del Ejército, acostumbrado a obedecerle: el pueblo del Perú le veía como a su Libertador; él por otra parte había sido afortunado, y usted sabe que las ilusiones que presta la fortuna valen a veces más que el mismo mérito”.
La tensión entre virtud y fortuna enraizó las versiones que ofrecieron los contemporáneos sobre el derrotero de los Libertadores en el breve y violento momento de las revoluciones de independencia. Se trataba de una forma de entender la vida de hombres excepcionales, o de los héroes, que resultaba eficaz para interpretar el haz de victorias, derrotas e incertidumbres en los trayectos vitales transformados por las guerras revolucionarias. Esa apelación estuvo en boca de quienes podían atestiguar sus desempeños, y vigorizó los relatos de cronistas extranjeros en los que fueron equiparados con las figuras de Napoleón o Washington. Con pocas excepciones, esos escritos proveyeron imágenes compactas y ejemplares sobre el desempeño militar y moral, y avanzaron incluso en la caracterización de sus rasgos personales con el propósito de enfatizar la naturaleza excepcional de los “genios de la revolución”. Allí está la versión de San Martín acuñada por el general Miller en 1829 quien exaltó sus destrezas para organizar la exitosa campaña a Chile, y atemperó las opiniones negativas sobre su errático desempeño militar y político en el Perú. El rescate de Miller venía a abonar la versión del capitán escocés Basil Hall, quien describió su rostro y el carácter “sobresaliente” del estadista que inspiraba “respeto de otros hombres” por lo que no dudó calificarlo como el “principal actor de la independencia sudamericana”. Dichas opiniones eran semejantes a las ofrecidas en 1819 por el norteamericano Henry M. Backenridge que, sin haberlo conocido, destacó sus habilidades porque había formado un ejército en el que la disciplina era la norma, y afianzado la independencia de las Provincias Unidas y Chile. En sus palabras: “Exceptuando la entrada del general Washington en Filadelfia, y la del general Jackson en Nueva Orleáns, no hay ejemplo en la historia moderna del respeto tributado a San Martín, cuando entró en Buenos Aires después de la batalla de Maipú, en la que Chile fue vuelto a rescatar por él”. No menos importante fue la estampa trazada por Mary Graham al conocerlo en Valparaíso en 1822 cuando adujo que el general atribuía a la revolución francesa el origen de la emancipación americana.
Esa saga literaria no sería la única cantera de elogios del accionar del Gran Capitán cuando ya había tomado la decisión de volver al Viejo Mundo y pendía sobre sus espaldas la amarga renuncia peruana. Para entonces, Juan García del Rio publicó en Londres la primera biografía en la que exaltaba su origen americano, y la firme determinación de extirpar el sistema colonial. Entretanto, mientras residía en Bruselas, San Martín resolvió ordenar sus papeles personales para que algún historiador hiciera de ellos el depósito verificable de su accionar público y reputación patriótica. Cuando ya estaba radicado en París mantuvo correspondencia con el francés Lafond de Lurcy para despejar dudas sobre lo conversado con Bolívar en Guayaquil e introducir un manto de olvido sobre el frustrado intento de monarquizar Perú. También en su casa recibió a los jóvenes románticos y conversó con ellos advertido del clima evocativo que ya lo reconocía como héroe republicano. En esa empresa memorial sus antiguos camaradas cumplieron un papel crucial al publicar memorias y crónicas del pasado revolucionario en el que su protagonismo había sido decisivo. Allí sobresalen las memorias de Manuel de Olazábal, las crónicas de Gerónimo Espejo y el testimonio de Tomás Guido en el justificó las tratativas realizadas con el virrey La Serna para conciliar la independencia peruana con la monarquía constitucional.
No se trataba ni de una opinión menor por cuanto, en 1863, se había erigido la estatua ecuestre en Buenos Aires que era simultánea a la biografía en la que Juan M. Gutiérrez incitaba a repatriar sus restos que fueron sepultados en el Altar de la Patria en 1880. La ceremonia pública más espectacular del siglo XIX argentino, como la definió Sarmiento, sería el punto culmine de su consagración como Padre de la Patria. Con ello, se saldaba la deuda con el Gran Capitán en base a un selectivo proceso de recuerdos y olvidos que recogió la imagen que el héroe, y su círculo íntimo, modelaron en el curso de su ostracismo voluntario y después de su muerte convirtiéndose en piedra de toque de la mitología nacional.
* La autora es historiadora del CONICET.