Cabos sueltos

El diario "Los Andes" salió a la palestra en 1882 en respuesta a la prensa oficialista amañada tras el círculo de los Civit y los Villanueva, firmes aliados del presidente Julio A. Roca quien había trabado lazos con las elites políticas provinciales mientras había servido con las armas y la negociación a domesticar cualquier rebeldía de los gobernadores en beneficio de la autoridad presidencial.

El rescate patrimonial de un diario centenario del interior argentino ofrece ventanas majestuosas para entablar puentes entre el pasado y el presente provincial y nacional. Allí reluce el trabajo de un equipo de profesionales y estudiantes universitarios abocados a inventariar y clasificar volúmenes completos de Los Andes: el periódico nacido de las entrañas de un linaje de periodistas y tipógrafos fogueados en el debate público en medio de las guerras civiles y el montaje del gobierno republicano representativo y federal, acuñado en el texto constitucional de 1853 y reformado en 1860, que abrió las puertas al proceso de modernización política, social, económica y cultural que distinguió al país hasta la Gran Guerra. En ese lapso, el diario fundado por Adolfo Calle, un joven abogado graduado en la Universidad de Córdoba experimentó una poderosa transformación gracias a la expansión de su cartera de suscriptores locales y nacionales, el aumento de avisos clasificados, la adopción de nuevas tecnologías de impresión, la progresiva divulgación de imágenes y la distribución callejera animada por niños, el famoso “canillita”, que inspiró más de un cuento o sainete criollo.

El diario había salido a la palestra en 1882 en respuesta a la prensa oficialista amañada tras el círculo de los Civit y los Villanueva, firmes aliados del presidente Julio A. Roca quien había trabado lazos con las elites políticas provinciales mientras había servido con las armas y la negociación a domesticar cualquier rebeldía de los gobernadores en beneficio de la autoridad presidencial. En aquella oportunidad, Los Andes enarboló la bandera de la “autonomía provincial”, sin descuidar los preceptos que debían vigorizar las relaciones entre gobierno y oposición, la defensa de las libertades públicas y del federalismo impresos en la letra de la constitución nacional y de la provincial la cual era objeto de debates por parte de los partidarios de reformar la sancionada en 1854, siguiendo la huella de los cambios institucionales introducidos por los convencionales constituyentes de la provincia de Buenos Aires en 1873.

Alrededor de esos tópicos habrían de girar las editoriales y opiniones políticas que resultaban salpicadas con noticias de otros rincones del mundo poniendo de relieve la interrelación entre lo local, lo nacional y lo global. En particular, sobre las resonancias de las guerras europeas, y las que eran libradas por los poderes imperiales en Asia y África poniendo sobre el tapete la disputa abierta con la segunda revolución industrial. A la vez, el diario no pasó por alto las nuevas formas de organización y protesta obrera que pululaban en las principales urbes instalando una señal de alarma sobre el impacto de ideas revolucionarias en las sensibilidades y acción política de los excluidos del bienestar social y económico por la gran transformación capitalista de la que haría eco la famosa Encíclica Rerum Novarum de León XIII, cuya muerte en 1903 sería anunciada con la debida ilustración como muestra de respeto al ilustre difunto.

En el medio, la disputa política se llevaba buena parte de las noticias locales. Sobre todo, para poner en cuestión los arreglos electorales del círculo gubernamental para garantizar la sucesión del jefe del poder ejecutivo provincial, controlar los resortes de la administración y de la justicia e impedir el acceso de voces díscolas o disconformes en la Legislatura y los Concejos municipales. Así ocurrió en 1889 cuando Los Andes alzó su voz a favor del candidato del presidente Juárez Celman, el senador (y coronel) Rufino Ortega, con el propósito de quebrar la injerencia del tándem integrado por Roca, el patriarca de la política mendocina Francisco Civit, y el gobernador Tiburcio Benegas, quienes se proponían consagrar a Emilio Civit como su sucesor. A esa altura, el diario de Adolfo Calle no sólo inundó las páginas del diario con noticias auspiciosas del gobierno nacional, y otras notas o apostillas descalificadoras del “círculo beneguista” en la gestión de servicios públicos, comandados por el intendente de la capital, Luis Lagomaggiore, que había priorizado a las clases pudientes y dejado sin agua los barrios de las orillas.

También consignó en detalle la movilización ciudadana para dar la batalla por el poder mediante la concurrencia a los comicios, o para alzarse en armas para preservar la salud o voluntad del pueblo. La misma había previsto la revitalización de la filial mendocina del Partido Autonomista Nacional por lo que difundió los nombres del universo de conspicuos que nutría el Comité principal y alimentaban expectativas de volver al ruedo luego de derrotas y exclusiones, la lista de jóvenes que los secundaban y el conglomerado de artesanos alineados tras Juarez Celman y su candidato, entre los que sobresalían los tipógrafos entrenados no sólo en talleres de imprenta sino en la lucha electoral desde 1870. Todos aparecían reunidos en el Comité de Artesanos de la reflotada agrupación partidaria, y eran liderados por Ruperto Recio, quien se había declarado enemigo público de Francisco Civit. No era para menos: en 1877 había vivido en carne propia el abuso de autoridad del entonces gobernador cuando había padecido castigos insoportables para delatar a los implicados de la revuelta encabezada por Deoclesio García, ahora enrolado en las huestes oficialistas. Justamente, en la sección “Cabos Sueltos”, el diario aludió a la “violencia inaudita” que había padecido en manos de su verdugo porque lo había colgado de los pies para arrancar la confesión. Un episodio que de ningún modo podía olvidar, y que justificaba “resistir hasta el sacrificio el predominio en Mendoza del más cruel de sus mandatarios”.

Con ello, el respetado Ruperto Recio ponía de relieve un concepto clave de la tradición liberal que desde el siglo XVIII venía nutriendo el léxico político de quienes desafiaban el poder de los mandones, y confiaban en la progresiva evolución de las instituciones y costumbres humanas como garantías de la vida democrática. Un dilema que retrata un episodio fugaz del pasado provincial, y pone de relieve la actualidad histórica de los acechos que penden sobre las democracias a nivel global.

* La autora es historiadora del CONICET.

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