A pesar de todo, la Argentina tiene aún ciencia de excelencia. La última década medida por la Red de Indicadores de Ciencia y Tecnología (RICYT), muestra que el número de investigadores aumentó de 63.927 (2008) a 83.190 (2017). Somos el país latinoamericano con más investigadores cada mil ciudadanos económicamente activos. Un dato curioso: el 54,1% son mujeres y el 45,9% varones. A mayor número de científicos, mayor número de publicaciones, o sea de logros reconocidos internacionalmente. El ScienceCitationIndex, que registra más de 12 mil revistas científicas multidisciplinarias, consideradas la “corriente principal de la ciencia”, muestra que nuestro sistema científico incrementó sus publicaciones de 8.314 (2008) a 11.698 (2017).
Tenemos empresas innovadoras y capitales para invertir
El embajador de Australia, Brett Hackett, decía en julio pasado (Infobae): “La Argentina tiene empresas innovadoras de clase mundial (…) posee varios de los más grandes unicornios del mundo (…) cuando veo sus actividades aquí y en el mundo, no puedo evitar sentirme impresionado (…) Cuando me vaya, no sé qué voy a hacer sin Mercado Libre.”
Hace dos décadas, jóvenes emprendedores crearon Mercado Libre en la cochera de uno de ellos. Hoy es la mayor empresa argentina, valuada en US$ 50.000 millones, diez veces más que los bancos de Galicia, Macro y Supervielle juntos, y dieciocho veces más que YPF. Crece significativamente: de 9.600 empleados en la región, cerrará 2020 con 14.500.
Otro joven, Emiliano Kargieman, creó en 2011 la empresa Satellogic que construye microsatélites para fotografiar la Tierra, a fin de cuidar los recursos naturales que provean agua, energía y alimento a millones de personas. “Arrancamos con la plata que tenía en el bolsillo –decía Kargieman a La Nación– y ya invertimos más de US$ 100 millones.” La empresa lanzó 10 satélites y apunta a tener 60 en órbita en 2022. Genera empleos en ocho ciudades del mundo.
El ingeniero Daniel Parodi creó Volt Motors, en Córdoba, primera fábrica de autos eléctricos construidos y diseñados con alta tecnología, que operan a un costo 90% menor que los autos tradicionales. Subraya que “recorren 100 kilómetros al precio de una taza de café.”
La traducción de idiomas, profesión supuestamente amenazada por la automatización y la inteligencia artificial, tendrá nuevo impulso por la economía del conocimiento, previéndose que en 2025 movilizará en el mundo US$ 75.000 millones. La Asociación Argentina de Servicios Lingüísticos indica que la traducción es una carrera de grado en el país, no siendo así en el mundo, abriéndose una oportunidad ignorada entre nosotros.
La Cámara de la Industria Argentina del Software estima para 2020 un crecimiento del 20% en la facturación de sus empresas. Demanda programadores con salarios un 40% por encima del promedio de mercado.
También tenemos capitales. Según fuentes autorizadas, los dólares y euros de residentes argentinos, depositados en cajas de seguridad o fuera del país, invertidos en bonos y acciones en el exterior, crecen año a año. La evolución en 20 años, expresada en dólares nominales, se estima que es la siguiente: US$ 89.472 millones (2001), US$ 146.323 millones (2009), US$ 222.465 millones (2015), US$ 322.297 millones (2019), de US$ 400.000 a 450.000 millones en lo que va de 2020.
Históricamente expulsamos científicos
Así como nuestros capitales se fugan o están “bajo el colchón”, la expulsión de científicos data de muchos años.
En 1943 un golpe militar destituía al presidente Castillo. Houssay y otros universitarios firmaron una solicitada por la democracia. Los expulsaron de la universidad y cerraron facultades con sus institutos científicos. En 1945 Houssay fue reincorporado a la UBA, pero en 1946 el gobierno de Perón lo jubiló de oficio. No tenía donde investigar y sufría ataques, salvándose de una bomba que explotó en su casa. Reconocido en el exterior, le ofrecían emigrar pero él prefería no hacerlo “a menos que mi situación sea tal –escribía– que no pueda sobrevivir, pues dependo de mi sueldo.” Notables científicos de los Estados Unidos crearon un fondo con donaciones, para sostener sus suscripciones a revistas científicas. Gracias al empresario Eduardo Braun Menéndez que le compró una casa, Houssay creó allí el Instituto de Biología y Medicina Experimental, hoy el más grande del CONICET. En 1947 ganaba el Premio Nobel de Medicina y Fisiología ante la indiferencia oficial.
Ese mismo año, Houssay interesaba a la empresa textil Campomara crear un ámbito de investigación bioquímica que conduciría su discípulo Leloir, pues el Estado no lo haría. Así nació el Instituto de Investigaciones Bioquímicas, sostenido por la Fundación Campomar, creada por Jaime Campomar en memoria de sus padres Juan y María Campomar. En los años 50 la empresa textil quebró. La fundación sobrevivió gracias a los recursos que Leloir recibía del exterior, pues sus trabajos eran muy reconocidos. En 1970 ganaba el Premio Nobel de Química, que donó a su instituto. La foto de Leloir, sentado en una silla atada con alambres, recorrió el mundo y expresaba nuestra indiferencia hacia la mejor ciencia. En los años 70, el CONICET estuvo intervenido sin un directorio de científicos como el que presidía Houssay. Interventores ideologizados expulsaban investigadores, que así emigraban. Leloir sufrió esta situación en su laboratorio.
Cuando Milstein comenzó a investigar, no había institución que lo albergara. En una entrevista decía: “Descubrí que había un investigador bioquímico llamado Leloir. Fui a verlo, pero no tenía medios para darme un lugar de trabajo. Me sugirió que viera a Andrés Stoppani, que me incorporó como investigador estudiante en la UBA. Él era quizás el único profesor full-time de la Facultad de Medicina, pero cobraba como un portero e investigaba con pocos recursos. La situación mejoró después de 1955. Obtuve una beca para ir a la Universidad de Cambridge, donde conocí a Sanger, quien apenas llegué ganó su primer Nobel de Química (1958).” A su regreso Milstein investigó en el Instituto Malbrán, inspirado en el Instituto Pasteur de Paris. En 1963 el ministro de Salud Pública echó a su director, Ignacio Pirosky, lo que provocó el alejamiento de todos sus científicos. Milstein volvió a Cambridge con Sanger, donde investigó hasta su muerte en 2002.
El imbunchismo
Ante tamañas dificultades, Leloir escribió un artículo sobre el “imbunchismo”. El término mapuche refiere a un rito indígena que consistía en desfigurar la cara de los niños, estirando sus orejas, modificando sus labios y otras alteraciones. Era el culto a lo feo. Leloir concluía que nuestro país lo practicaba cuando cortaba las alas a todo lo que se elevaba, sobresalía, lo grande. El imbunchismo sobre nuestra mejor ciencia y nuestros capitales, se practica sobre empresarios innovadores, siendo todos protagonistas esenciales de la economía del conocimiento.
El cofundador de Mercado Libre, Marcos Galperin, acaba de emigrar al Uruguay junto a muchos empresarios. Agredida su empresa por el gremio camionero, el culto a lo feo tuvo su máxima expresión cuando el presidente Alberto Fernández definió a Hugo Moyano como “dirigente sindical ejemplar”.
Otro caso, el de Latam. Su joven CEO, Rosario Altgelt, explicaba en una carta a los 1700 empleados de la empresa aérea, los motivos que la llevaron a retirarse del país: “Cada iniciativa fue consistentemente resistida (…) La pandemia y su dramático impacto en la industria fue el golpe final (…) La empresa fue intimada por el Ministerio de Trabajo a cubrir el 100% de los salarios bajo amenaza de sanción. (…) Lo que hemos construido juntos, desde el 8 de junio de 2005 hasta hoy, ha sido realmente bueno.” El imbunchismo cumplía, en este caso, con el cortar las alas a lo que se eleva.
Vicentín, durante casi un siglo destacada empresa innovadora, tras las PASO de 2019 sufrió las consecuencias económicas que se desataron. Como empresa sobresaliente, el juez que atiende la quiebra prefirió que ella misma superara su crisis. La visión imbunchista prefería expropiarla y echar a sus propietarios, tercera generación de la familia fundadora.
Ejemplos como los mencionados abundan. El conocimiento es un valor que la ignorancia desvaloriza. En la Argentina no se aplica la economía del conocimiento pues implica valorizar lo que se eleva, lo que sobresale, lo grande. Leloir diría: ¡es el imbunchismo, estúpido!
*El autor es Director Ejecutivo de la Fundación Sales.