Historia y Cine en Mendoza

El crédito estatal y las restricciones a películas norteamericanas dieron origen a nuevas empresas cinematográficas e hicieron pie en Mendoza mediante la producción audiovisual de Film Andes que montó sus instalaciones en Godoy Cruz con la ilusión de replicar el experimento californiano.

En 1899 los habitués de un café mendocino fueron testigos de la primera proyección de imágenes en movimiento, un episodio cultural inédito que guardaba sintonía con la gran transformación que vivía la provincia a raíz del aluvión inmigratorio y el crecimiento de la agroindustria vitivinícola. La vida política también exhibía novedades en virtud de la competencia electoral y las huelgas obreras reprimidas por la fuerza pública. En ese tramo, el régimen de notables agonizó cediendo paso a la democracia de masas, representada por el ascenso al poder de Yrigoyen y de Lencinas en la provincia.

El cambio de época fue correlativo a la configuración de nuevos imaginarios y sensibilidades culturales vigorizados por clubes sociales, ateneos literarios, asociaciones étnicas y el accionar de escritores inquietos por afianzar la cultura e identidad regional de cara a la cultura cosmopolita de la gran metrópoli, Buenos Aires. Un ambiente sociocultural que, en los años veinte, cobró densidad institucional con la creación de la Universidad Popular, el Museo de Ciencias, la Junta de Historia, y la publicación de poemas, cuentos y relatos del pasado nacional y provincial. Los nuevos formatos editoriales escindieron el campo cultural del político en sentido estricto, en tanto permitía especializar experiencias de escritura, prácticas de lectura y difundir al gran público textos de autores mendocinos junto a obras de escritores argentinos, latinoamericanos o europeos.

En ese mundo aldeano cosmopolita, las proyecciones de cine mudo se hicieron más frecuentes ante la apertura de salas y porque constituía una pieza corriente de los espectáculos teatrales, comedias y zarzuelas musicalizadas por compañías de músicos y artistas que llegaban desde Chile en tránsito a Buenos Aires, o viceversa. Generalmente, los films interpelaban a españoles e italianos, y en ocasiones aludían a personajes épicos de la tradición histórica nacional. Sería recién en 1930 cuando el cine sonoro irrumpió en el Cine Teatro Avenida con la proyección del Cantor de Jazz, que demostraba el liderazgo de la industria audiovisual norteamericana y el gusto del público por películas rodadas en Hollywood.

La crisis económica mundial cambió las cosas porque introdujo el desempleo, redujo los salarios e hizo correr el vino por las acequias. Por entonces, Mendoza tenía medio millón de habitantes en su mayoría nacidos en el país poniendo de relieve la argentinización de la población que era fortalecida por la pedagogía patriótica escolar y la difusión de motivos regionalistas multiplicados por la radio, la prensa o revistas literarias. Entretanto, el cine cobró impulso con la apertura de estudios en Buenos Aires donde se filmaron más de 300 películas que representaban al fútbol, el tango y paisajes provincianos con artistas que venían del teatro. En aquellos años, Mario Soficci, un hijo de italianos criado en Mendoza y familiarizado con el cine francés, filmó exteriores que se convirtieron en preludio de la saga cinematográfica que montó en la década siguiente cuando la tradición y el folklore nacional fueron reforzados por las políticas culturales del gobierno de los coroneles filofascistas y los planes quinquenales del estado peronista. Las mismas se tradujeron en leyes y decretos que protegieron el cine nacional convirtiéndolo en plataforma de películas protagonizadas por artistas y realizadores afines al régimen. El crédito estatal y las restricciones a películas norteamericanas dieron origen a nuevas empresas cinematográficas e hicieron pie en Mendoza mediante la producción audiovisual de Film Andes que montó sus instalaciones en Godoy Cruz con la ilusión de replicar el experimento californiano. Los paisajes de montaña resultaban adecuados para ambientar películas costumbristas y del Far West criollo, sin alterar la dependencia de directores, artistas, técnicos y equipamientos metropolitanos. También hubo innovadores, como Francisco Diumenjo, que desarrollaron tecnologías de menor costo que permitieron multiplicar las salas en el centro y sus periferias convirtiendo al cine en el programa familiar preferido frente al fútbol, el hipódromo, el casino, el box o el teatro.

En los años sesenta la modernización audiovisual se hizo patente con la instalación de la primera emisora de televisión en medio de una sociedad urbanizada donde el 67% de la población vivía en el Gran Mendoza. A su vez, la expansión del sistema de educación superior convirtió a las universidades en cajas de resonancia de la batalla de ideas sobre el desarrollo nacional y latinoamericano, la antinomia entre peronismo y antiperonismo y la incidencia del factor militar en la vida pública nacional. El nuevo clima ideológico cruzó el ambiente de escritores y artistas disconformes con el canon dominante dando origen a un giro perdurable en las artes, las letras, la música y el cine. Mientras un grupo de periodistas, poetas y músicos difundieron el “Nuevo Cancionero” refractario del folklore tradicional, el joven Leonardo Favio había migrado a Buenos Aires para ensayar una exitosa carrera cinematográfica bajo el ala protectora de Torre Nilson, que le permitió proyectar trazos de su biografía pueblerina y la representación del motivo gauchesco consagrado por la literatura criollista en la que el drama social aparecía salpicado de sensualidad. Ese registro emocional y estético, iría a contrapelo de la narrativa oficial ejemplificada en la película El Santo de la Espada, cuyas escenas exteriores se filmaron en la provincia, y se estrenó en el Gran Rex (1970), después de ser fiscalizada por el general Onganía. El montaje audiovisual del San Martín narrado por Ricardo Rojas, y dirigida por Torre Nilson, obtuvo la aceptación del gran público, y el rechazo de la crítica muy a pesar de la actuación estelar de Alfredo Alcón. No era para menos, a esa altura, el héroe de los Andes era invocado por el completo arco ideológico e ingresado a la paleta del artista Ricardo Carpani quien compuso un retrato militante diferencial de la iconografía que había ensalzado al Padre de la Patria desde el siglo XIX.

* La autora es historiadora del CONICET y de la UNCuyo.

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