Mi desempeño como administrativa de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCuyo me proporcionó una formación paralela a la de Artes Plásticas. Tanto o más importante para mi rumbo artístico e intelectual fue trabajar como secretaria del Consejo Directivo y del decano Mariano Zamorano, del secretario académico Miguel Aranda, de la vicedecana Rosa Zuluaga y de los directores de los institutos.
Era una época de crisis, y de renovación de los fundamentos construidos por Edmundo Correas.
En ese ambiente en el que convivían los académicos europeos venidos desde antes y con posterioridad a Segunda Guerra Mundial se había forjado una calidad intelectual medida con patrones universales. De San Juan yo traía el hábito de la admiración por el genio matemático que promovía la Facultad de Ingeniería, Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. En la última facultad creada hasta entonces, la Ciencias Médicas, la humanidad de sus mentes brillantes era reconocida.
Ahora bien, en lo personal, a pesar de por ejemplo lo impresionante del dominio de la Filología Hispánica de Fritz Krüger (que me evaluó en un concurso de ayudante de investigación alumna), no conocí mayor talento en el ámbito de las Humanidades que el argentino Adolfo F. Ruiz Díaz, ni otra frecuentación más devota de la cultura en su amplio y vital registro que la del abogado porteño Carlos F. Massini Correas. En la Comisión de Interpretación y Reglamento, como director del Instituto de Historia del Arte, como catedrático de Historia Antigua, su conversación me llevaba a aquel mundo del fondo del Mediterráneo que ordenaba nuestro Ser.
Las bibliotecas de estos dos hombres son la prueba de lo que digo.
En esos años se vivía el cambio político que supuso la caída de Perón y las luchas, traumas y pases de factura se sentían. Pero, en las universidades se asumía que el cambio significaba un compromiso con la exigencia de mayor nivel académico.
Eran los años en que se caminaba por la senda de la creación de entidades superiores, como el Conicet, dirigido por el premio Nobel Bernardo Houssay.
En esta inteligencia, se recordaba todavía con emoción que, en el momento de auge del régimen anterior, en 1949, cuando todos eran peronistas, se hizo en Mendoza el Congreso de Filosofía, de talla mundial.
Se recordaba ciertamente que a último momento no pudo venir por problemas de pasaporte, quien debía ser la figura más destacada del evento, para recibir la máxima distinción otorgada por la Universidad Nacional de Cuyo: Martín Heidegger.
* Docente universitaria jubilada.