Hubo distintas formas de presagiar el golpe del 24 de marzo de 1976. Ninguna anticipó el nivel de crueldad que tuvo. Pudimos haber intuido o analizado acontecimientos previos para explicarnos la ferocidad que emplearon militares y policías, sobre todo desde fines de octubre de 1975, cuando las fuerzas armadas y de seguridad quedaron a disposición de un comando unificado para enfrentar a la guerrilla urbana que cometía atentados y asesinatos. Esa era una realidad que no se podía ignorar. Pero, el método empleado para enfrentar a los grupos irregulares convirtió a los represores en bandas de criminales que asaltaban, robaban, secuestraban y mataban con una impunidad ni siquiera imaginada.
Había en aquellos meses una fragilidad política que propiciaba el caos. La economía hacía agua, el gobierno civil había entrado en pánico. Un adivino esotérico, con el beneplácito de Juan Perón, creó una fuerza parapolicial (Triple A); se ordenó aniquilar a la subversión de un modo despiadado e ilegal, y los allanamientos ilegítimos dieron cabida a toda clase de desmanes. Viví esa locura y puedo contarla. No exagero si digo que el miedo se había derramado en sectores de la sociedad que tenían algún grado de involucramiento en actividades gremiales, políticas, periodísticas, estudiantiles. Aun así, la dirigencia en general cumplió con el deber de denunciar y defender a quienes eran objeto de detenciones arbitrarias o de forzadas desapariciones. Algunos se convirtieron en delatores. Nada nuevo en esas circunstancias.
La violencia se produjo con mayor fiereza entre noviembre de 1975 y marzo de 1976, en un gobierno que todavía ejercía las formas democráticas, pero que estaba débil al mismo tiempo, desacreditado y era cómplice del latrocinio y los atropellos. Con aquel famoso "aniquilamiento" de la subversión, llegó la barbarie. Pandillas de militares y policías encubiertos colocaban bombas que estallaban en las madrugadas, destruyendo casas y oficinas, con la excusa de que allí habitaban sospechosos de actividades subversivas. Tres o cuatro bombazos por noche, diariamente. O bien se practicaban allanamientos a cualquier hora para detener gente en su mayoría inocente o porque había despertado la curiosidad de los servicios de inteligencia. Pude saber, y así lo escribí en Los Andes, cómo esas bandas sustraían pertenencias de sus moradores, dinero, joyas, obras de arte y también lavarropas, heladeras, televisores. El desmantelamiento era a menudo completo. Mientras eso sucedía, se acribillaba a personas en zonas descampadas o urbanas. Era tal la impunidad que esos grupos operaban habitualmente a cara descubierta, pero con velocidad y gritos de mando para amedrentar a las víctimas e impedir una posible identificación. Murieron muchos sin derecho a una defensa o sin posibilidad de decir su verdad. Murieron con las manos atadas (hasta con alambre de púas), con una bolsa en la cabeza, algunos gritando de terror.
Cuando se produjo el golpe militar, aquel 24 de marzo, ese método siguió aplicándose, pero ahora era tanto clandestino como oficial. Ese día terminaron mis funciones de manera contundente: a las 5.45 fui detenido en el diario Los Andes y llevado al Liceo Militar Espejo, donde permanecí dos meses. Otros dos meses y medio los pasé en el Regimiento 8vo de Comunicaciones de calle Boulogne Sur Mer, en un barracón que años después fue demolido. Lo mismo padecieron otros periodistas enviados a esos campos de concentración. No éramos sospechosos sino blancos de una venganza: habíamos denunciado lo que los militares entendían como un mancillamiento de su honor. También fuimos despedidos de nuestros empleos porque ya funcionaba un acuerdo -tácito o elaborado- entre los directivos de algunas empresas y los jerarcas del ejército.
En medio de ese delirio hubo personajes que un día estrechaban la mano y al siguiente ordenaban que ese hombre fuese arrestado y torturado. Personajes trágicos, cómicos algunos, personas que en un diálogo normal podían pasar por generosos ciudadanos.
Me han preguntado con frecuencia si he perdonado a mis opresores o guardo encono hacia ellos. Quiero explicar que mi esposa en aquellos años, la periodista Norma Sibilla (murió en 1993) también fue detenida y alojada junto a otras mujeres en un predio militar y en la cárcel de calle Boulogne Sur Mer. Mis hijos eran pequeños. Nunca pudimos verlos durante nuestro cautiverio. Nuestra ansiedad, el padecimiento de no vernos, llegó a distorsionar en nosotros el tono de sus voces.
Sí, he perdonado. Porque no pudimos vivir con un rencor o con el odio que nos convierte en esclavos de las personas que nos provocaron el resentimiento. Mi esposa hoy diría lo mismo. Pero ¿cómo podrían perdonar quienes perdieron a hijos, padres, hermanos o quienes sufrieron la persecución, la tortura y el ostracismo? Yo perdono porque puedo hacerlo. Entiendo y abrazo a quienes no pueden porque el daño ha sido demasiado grande.
Debo decir, no obstante, que una cosa es perdonar y otra es olvidar. No olvido ni olvidaré tanta crueldad.
* El autor es periodista.