El distópico presidente “topo”

Milei se proclamó el jihadista que se introdujo en el Estado para dinamitarlo, sin que pierda la calma un país que ha naturalizado el insulto, el desvarío y la egolatría mesiánica.

El distópico presidente “topo”

Los pocos que pudieron llegar a Normandía ya rondan los cien años. Posiblemente ya no habrá otra conmemoración del Día D con presencia de protagonistas de aquella jornada histórica. Este seis de junio, todavía un puñado de veteranos pudo caminar dificultosamente, con bastones, andadores o sillas de rueda, por las playas a las que hace ochenta años saltaron desde miles de buques y lanchas bajo lluvias torrenciales de balas y proyectiles de mortero. Un año antes, miles de tropas norteamericanas, británicas y canadienses habían desembarcado en Sicilia, avanzando hacia el Tercer Reich desde lo que Churchill llamaba su “parte blanda”. Pero fueron las multitudes que lograron sobrevivir en Omaha, Gold, Sword, Juno y demás playas normandas, las que volvieron inexorable la victoria aliada sobre los ejércitos de Hitler.

Que en esta conmemoración no haya estado el presidente de Rusia es una de las señales que la diferencia de los cumple-décadas anteriores. Por primera vez, Europa evoca aquella jornada histórica a la sombra de una nueva guerra, que va creciendo desde el nordeste. Y por primera vez, Europa conmemora el desembarco en Normandía con la sensación de que su alianza con Estados Unidos puede estar en su etapa crepuscular.

La posibilidad de otra guerra mundial, esta vez con Rusia luchando contra el grueso de Europa, y con Washington indiferente ante la suerte de la OTAN y de sus antiguos socios, muestra el rasgo incierto de este tiempo. Un tiempo de liderazgos personalistas y ultranacionalistas al frente de Rusia, China y la India; un tiempo con Israel gobernado por extremistas que demuelen la imagen y el prestigio de ese país al que ya sentaron en el banquillo de los acusados de genocidio; un tiempo a la sombra del posible retorno de Trump a la Casa Blanca, haciendo impredecible el rumbo que tomará Estados Unidos.

Si algo no existe en este tiempo es la certeza, por eso resultan inquietantes los gobernantes que abrazan dogmas y los proclaman como verdades absolutas. Javier Milei es uno de ellos. El presidente argentino no sólo postula sus dogmas como verdades absolutas, los vocifera a cada rato, con un nivel de violencia verbal alarmante.

Quienes cuestionan esas verdades absolutas, aunque tan sólo sea relativizándolas, incurren en el terreno de la herejía que los hace blanco de aborrecimientos, mientras una porción inmensa de argentinos piensa que está mal que radicales y peronistas se entiendan en el Congreso, que la moderación es un pecado y que ser centrista es despreciable.

Ciertamente, es un mundo sacudido por extremismos. Pero eso no le da la razón a los extremistas. Ningún liberal auténtico gritaría con los ojos desorbitados “amo ser el topo dentro del Estado; soy el que destruye el Estado desde adentro; es como estar infiltrado en las filas enemigas”. Ningún país donde impere el sentido común escucharía algo así sin sentir escalofríos. El jefe de Estado confesando su vocación de destruir lo que preside, en lugar de reformarlo, redimensionándolo y modernizándolo, para que cumpla los roles que el estatismo anquilosante le impide desde hace mucho tiempo.

Milei lo dijo exultante. Y fue como escuchar a un Papa decir que se sentó en el trono de Pedro para destruir la iglesia. La escena de ese anuncio muestra al país en una dimensión distópica. El presidente no explica a qué se refiera por “Estado”. ¿A la administración pública burocratizada? ¿o al Estado de Derecho, instrumento basado en la división de poderes sin el cual no existe la democracia imprescindible para las libertades públicas e individuales? Probablemente se refiera a las dos cosas.

Urge reformar a la primera, para que le sirva a la economía privada y a la sociedad en lugar de deformarlas. Pero una cosa es reformarla y otra es destruirla. Mientras que la destrucción del Estado de Derecho, es una distopía ultraconservadora que nos llevaría a un Medioevo manejado por corporaciones económicas.

Milei se proclamó el jihadista que se introdujo en el Estado para dinamitarlo, sin que pierda la calma un país que ha naturalizado el insulto, el desvarío y la egolatría mesiánica. Como los anteriores gobernantes fueron pésimos y actuaban como personas equilibradas, se supone que el gobernante actual, exhibiendo desequilibrios, merece la confianza. Como si la política en brote psicótico pueda ser la que rescate al país de la “chantocracia” en las que lleva décadas naufragando.

En tiempos de incertidumbre a nivel mundial, la sensatez en la clase dirigente debería cotizar en votos. El país al que Néstor Kirchner y su esposa Cristina le impusieron descaradas distorsiones de la historia para apropiarse de hitos y de próceres reinventándolos, tiene muchos exponentes centristas intentando defender el sentido común, tanto del populismo kirchnerista como de la exacerbación ultraconservadora. Pero el grueso de la sociedad les da la espalda.

* Politólogo y periodista.

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