El debate de ideas políticas en la era antipolítica

Hoy es moneda frecuente decir que Milei se mantiene incólume en su reconocimiento social porque no tiene nadie enfrente. Es posible que no tenga nadie enfrente físicamente, pero las ideas políticas, aunque se quiera matar la política, bullen como siempre entre sus protagonistas, se contradicen y se suman, y también sobrevuelan dentro de la cabeza del presidente donde predominan las más diversas y hasta contradictorias tendencias. Hablemos un poco, entonces, de las ideas y los métodos políticos en pugna dentro de la era antipolítica.

El debate de ideas políticas en la era antipolítica

En la actualidad, en vez de “debates” se habla de “batallas” culturales porque se considera a la política como la continuación de la guerra por otros medios, exactamente lo opuesto de lo que pensaba el principal teórico de la guerra moderna, Carl Von Clausewitz. Fue Ernesto Laclau el teórico que en nombre del kirchnerismo impulsó estas ideas, pero el mileismo en eso coincide absolutamente con su enemigo ideológico. No se trata de discutir, sino de combatir. De un combate, además, entre el bien y el mal (con los tibios en el medio, esos a los que vomita Dios) donde uno debe vivir y el otro debe morir. La ultrapolitización K y la antipolítica M coinciden en sustituir el debate de ideas políticas por las guerras entre ideas religiosas. Sólo que con los K se pensaba que la política nos salvaría, y hoy se cree que es la que nos está destruyendo. Los extremos de tan separados que están, suelen terminar casi siempre juntos.

Sin embargo, las ideas políticas más variadas siguen existiendo en la Argentina. A continuación veremos las principales que están interviniendo en el terreno público actual.

Los coalicionistas

Defensores principales de las coaliciones son el expresidente Mauricio Macri a nivel nacional y el gobernador mendocino Alfredo Cornejo a nivel federal. Dos dirigentes que están siendo los últimos en aceptar que Juntos por el Cambio voló por los aires con la asunción de Milei, pero igual ambos quieren salvar el espíritu de la sucumbida coalición. Para Cornejo la posibilidad aliancista la expresa la liga de los gobernadores que están dispuestos a colaborar, aún críticamente, con el gobierno nacional. Para Macri, su modelo es el pacto de Acasusso, el de ese día cuando él y Patricia Bullrich se coaligaron con el actual presidente luego de la primera vuelta electoral, para juntos ganarle a Sergio Massa que iba primero. Pero Cornejo quiere aliarse preservando al radicalismo y Macri preservando al PRO, mientras que Milei imagina un partido único del cual él sea el líder absoluto, no una coalición sino una fusión. Patricia Bullrich defiende esa postura y sus ejecutores principales son Karina Milei y Martín Menem. Por eso Patricia está enfrentando a Macri dentro del PRO.

Milei en esto se parece al Perón de 1946, el cual ni bien asumió la presidencia acabó con todos los partidos políticos que se habían aliado para hacerle ganar (sobre todo a los laboristas) y fundó el “Partido Único de la Revolución Nacional” (que a partir de 1947 se llamaría Partido Justicialista o Peronista) metiendo presos a sus anteriores socios que se negaban a la desaparición de sus estructuras y a la fusión obligatoria.

Macri y Cornejo se imaginaban otra cosa. Que ante la poco estructura propia que tiene Milei, éste recurriría a la asociación con el PRO a nivel nacional y con los gobernadores a nivel federal para con ellos designar sus estructuras gubernamentales. Pero Milei quiere sumisión, no colaboración. Por eso a Macri le quieren copar el partido, y a la liga de gobernadores que intenta mantener unida Cornejo, el mileismo la quiere fracturar para negociar uno por uno.

Cornejo tenía en mente ese “Cambia Mendoza” que armó en 2015 para llegar a la gobernación. Que fue incluso una alianza más amplia que la nacional “Cambiemos”. Acá participaron además de casi todos los radicales, los socialistas, los libres del sur, los demócratas, los del PRO, el demarchismo, infinidad de partidos pequeños y hasta una pata peronista. Pero, con el tiempo, esa alianza se fue disolviendo, cada uno por su lado y Cornejo hoy gobierna casi exclusivamente con radicales y las patas “cornejistas” de algunos otros partidos, que se han dividido por él. Sin embargo, Mendoza, de ser la Meca radical durante el primer gobierno de Cornejo, se ha transformado en la Meca mileista durante su segunda gobernación. Todos están peleados entre todos pero todos (excepto los peronistas mendocinos que sufren la peor crisis de su historia) reportan a Milei. El Pro de Hebe Casado. El Pro de De Marchi. El “petrismo”. Los mileistas del Partido Demócrata o del Partido Libertario, y hasta la delegada que quiere armar el partido único mileista. El radicalismo mendocino es el más colaborador de todos los radicalismos provinciales con el gobierno nacional, aún con sus críticas (acaba de abandonar a Milei en el tema jubilatorio). O sea, en Mendoza antes eran todos cornejistas, y ahora son todos mileistas. Pero con una importante salvedad: para un mileista mendocino no hay nada peor que otro mileista mendocino. Por eso la provincia se ha convertido en un hervidero de mini peleas políticas donde la pasión, en la “institucional” Mendoza se está imponiendo largamente sobre la razón.

Los aparatistas

Milei quiere rescatar algunos radicales pero no al radicalismo, al cual considera socialdemócrata (palabra que para él es el peor de los insultos, equivalente a comunista) y frente a esta novedad política, el radicalismo, con clara vocación suicida, ha decidido doblarse antes de quebrarse y se mantienen juntas posturas inconciliables. Pero lo peor no es eso, lo peor es ese extraño personaje literario que asumió la conducción nacional de la UCR, un gran destructor de todo por donde pasa. No fueron ni Néstor ni Cristina los creadores de la 125, su origen intelectual es de Martín Lousteau cuando era ministro de Economía. Pero cuando Néstor se dio cuenta de la macana que habían cometido, ya no podía darse vuelta, mientra que el “bello” Lousteau ya estaba acercándose a la gente del campo contra la que había lanzado la 125. Se borró con su total cara dura. Luego de seducir a Cristina sedujo a Macri quien lo nombró embajador en Estados Unidos, pero cuando el presidente más lo necesitaba porque asumía Donald Trump, otra vez el “narciso” Lousteau se borró y se vino a pelear una interna local en la Argentina, que además perdió. Sin embargo, un hombre que supo seducir por igual con sus dotes tramposas a Cristina y Mauricio, no tardó nada en asumir la presidencia de la UCR sin que nadie sepa a ciencia cierta desde cuando es radical. Pero lo peor de todo no es su oportunismo ni la genuflexión de los radicales que en su decadencia se aferran a cualquier cosa, sino su concepción de la política.

Lousteau es políticamente un claro heredero de la Coordinadora Radical del “Coti” Nosiglia y de La Cámpora de Cristina y Máximo Kirchner. Vale decir un aparato para hacer negocios que se disfraza de izquierda a fin de disimular sus verdaderos objetivos. Hoy es quien está intentando construir una alianza entre el ingenuo radicalismo que le entregó la conducción y lo peor del peronismo, para enfrentar a Milei. Por eso no dice nada de Lijo y se congratuló sobremanera con el acuerdo táctico por jubilaciones entre la oposición colaboracionista y la obstructiva a Milei, porque entre ambos imagina una futura alianza estratégica. Lousteau, además de defender una concepción aparatista de la política, es un aparato en sí mismo. Un paracaidista que siempre cae bien parado. Pero la culpa no es de él, sino de las cristinas, los macris y los radicales que le dan de comer.

Los papaperonistas.

La figura central (y casi única) de esa tendencia política es Miguel Ángel Pichetto, un personaje muy interesante que a veces da clases magistrales de lo que se trata la verdadera política, y otras defiende lo más indefendible de la casta, como suponer que un Presidente o ex-presidente debe poseer (para supuestamente mantener la institucionalidad del sistema) la infalibilidad papal y los privilegios de un rey. Por eso Cristina no debe ir presa aunque ella y los suyos se hayan robado el país, o por eso los expresidentes deben tener sus jubilaciones de privilegio. Amparado en sus “fueros” simbólicos, a un presidente le está permitido cualquier cosa.

No obstante, salvo en esos delirios de un hombre que confunde casta con institucionalidad, Pichetto es un gran político, que además de sus habilidades congénitas, es el mejor discípulo de la lógica peronista de hacer política, la que explicó Juan Perón en su libro “Conducción política”. Pese a que los textos doctrinarios y partidarios del General -incluso los más estructurales y/o conceptuales- no han soportado bien el paso del tiempo, las ideas de ese libro genial se mantienen vigentes si se le saca la leve pátina ideológica que impregna superficial y periféricamente a sus páginas plenas de sabiduría política.

Pichetto es, frente a un peronismo que ha perdido su voluntad de poder ante la voluntad imparable de Cristina, y siguiendo los preceptos del mejor Perón, el único obispo de esa iglesia laica que comprendió que al viejo rey se lo debe acompañar hasta la puerta del cementerio pero jamás entrar con él. O peor, que no se puede dejar a un viejo rey herido y mucho menos no designar su heredero. Políticamente se lo debe reemplazar por otro rey, porque sino intentará volver una y otra vez para que nada cambie. Y con su decadencia personal arrastrará al movimiento hacia la misma decadencia. Qué es exactamente lo que está ocurriendo.

Lo notable es que Pichetto se dio cuenta de esto ya en 2015 cuando todo el peronismo e incluso el macrismo creían que Cristina ya estaba acabada y que no se necesitaba nada más que dejar correr el tiempo para que éste cumpliera su misión de depositarla en el pasado y la historia. Pero Pichetto sabía que para que eso ocurriera se necesitaba un nuevo rey, un nuevo Papa. Él no podía ser porque nació para obispo (el mejor de todos) pero no para Papa (porque no es capaz de ganar una elección ni siquiera en el club de su barrio), por eso le propuso una alianza a Macri con el peronismo bajo su influencia que quería desprenderse de Cristina. Pero Macri recién lo entendió cuatro años después cuando Cristina había renacido y entonces se pudo aliar nada más que con Pichetto en solitario, porque hasta los peronistas suyos habían sucumbido nuevamente a los encantos de la reina que herida pero no muerta renacía con todo su anterior vigor. Para hacer ganar y fracasar otra vez al peronismo.

Hoy Pichetto tiene una dicotomía con Milei y Milei con Pichetto: a ninguno de los dos les molestan las ideas del otro, pero están en sus antípodas en cuanto a la concepción de la política. Milei es la expresión más acabada de la antipolítica, Pichetto es la expresión más acabada de la política tradicional. Y hoy la sociedad quiere antipolítica, pero a la vez es imposible hacer política odiando a la política, como quisiera Milei. Pichetto se lo viene diciendo en todos los colores pero hasta ahora viene fracasando con todo éxito.

La reina herida

Cristina, lo haya querido explícitamente o no, en los hechos se ha convertido en la principal garante de conservar el sistema tal como está, con algunas reformas adjetivas más o menos liberales que ella está dispuesta a aceptar con tal que los suyos regresen al poder. El problema de ella es que cree que los tres gobiernos K fueron exitosos y que de lo que se trata es de volver a su esencia, que fue mancillada por el enemigo neoliberal macrista y la incapacidad del peronismo sin su conducción. Y eso es lo peligroso: nos propone volver a repetir lo que generó el caos actual. Para lograrlo, está siempre acechante y el peronismo no tiene alternativa -ni parece querer buscarla, como si hubiera perdido la voluntad política en tanto partido y movimiento- frente a ella.

Cristina jamás se irá -salvo por razones biológicas- mientras no la reemplacen (y para eso hay que animarse a disputarle el poder) pero a la vez ya no tiene potencialidad para volver a ser la reina que fue. Lo suyo es la eterna repetición. El fracaso inevitable. Su persona expresa la continuación sin fin del sistema corporativo populista estatista que bordeó el abismo el año pasado pero que sigue sobreviviendo tratando de impedir hasta el más mínimo cambio de sistema.

Un personaje en busca de sus autores

Dentro de la cabeza de Milei muchas influencias disputan su protagonismo.

Los principales son los anarco libertarios ultraconservadores como Murray Rothbard o Hans Hermann Hope, que defienden la libertad meramente económica pero descreen de la democracia. Que además reivindican de modo cuasi delirante la religión del mercado contra la religión del Estado (trotskistas al revés). El mercado debe ser el único regulador social y el Estado tiene que ser destruido, como literalmente sostuvo esta semana el presidente Milei

Reivindica también a la internacional de ultraderecha, la de Vox, Orban, Meloni, Trump, Bolsonaro, Le Pen y demás. Pero la defiende por ser de extrema derecha conservadora sin adoptar su ultra-nacionalismo antiglobalizador y en gran medida prorruso.

En lo estrictamente económico, defiende el liberalismo económico de Alberdi, sobre todo el expresado en su libro “Sistema económico y rentístico de la Confederación”.

Y con los países, se siente aliado de Estados Unidos e Israel como representantes del pensamiento occidental.

Simpatiza con los profetas tecnológicos de Silicon Valley por dos cosas: porque su modo de comunicación central son las redes y porque estos tecnólogos son individualistas y descreen del Estado igual que él; se consideran más allá y por encima de los Estados nacionales.

Con esas ideas es que mira al resto de los políticos.

Como ya dijimos, a los coalicionistas como hizo Perón con sus aliados de sus inicios, los quiere fusionar en un partido único que ya siendo mayoría (supone él) a fines de 2025, acabe con la política y el Estado en la Argentina para ser reemplazados por el sagrado mercado en tanto único regulador de los equilibrios sociales y con una monarquía presidida por él, más que democrática o electoral, plebiscitaria.

A los papaperonistas los quiere por sus ideas papales y también por ser el peronismo que él quisiera sumar a su partido único, pero les disgusta de éstos su defensa cerrada de lo que él considera la casta y éstos las instituciones. Tácticamente pueden ser sus aliados, pero son sus enemigos ideológicos.

A los radicales los quiere, pero de a uno, no en conjunto.Y luego de haber pasado los aspirantes por una debida selección ideológica. Alvearistas y de Alem, sí. De Yrigoyen y Alfonsín, no.

Con la reina herida mantiene una relación ambivalente de odio ideológico y respeto personal como si fuera la única política argentina que podría ponerse casi a su altura.

En la sociedad antipolítica Milei es el representante más cabal de la principal mayoría social, frente a él sólo hay desconcierto y odio. Además Milei tiene un estilo político que coincide con varias características culturales (no precisamente las mejores) de siempre de los argentinos.

El presidente se está haciendo mientras es presidente. Es claramente una carreta contra el tiempo. Por eso está tan apurado. Necesita moverse sin prisa y sin pausa. Se ha impuesto la rara misión de salvar a la Argentina, a Occidente y si es preciso al mundo entero del peligro comunista, ese que todos creímos había colapsado por implosión en 1989, pero que Milei y las sectas en que él se inspira creen que sigue vivito y coleando en los pliegos ocultos de la sociedad y que incluso está ganando la batalla cultural, que él viene a conducir del lado de los buenos con este paquete de ideas. La falta casi todo para ser un presidente pleno pero la sobra de todo para presentarse como profeta en el mundo. O sea, le faltan todas las cosas concretas pero le sobran todas las ideas generales. Argentinismo al palo. Argentino hasta la muerte. Debería, entonces, reflexionar más sobre lo que le falta que sobre lo que supuestamente le sobra.

En síntesis, esperando que en la Argentina que va viniendo haya más debates de ideas que batallas culturales, más pluralismo y menos guerra, veremos cómo se van alineando estas concepciones y métodos políticos que sobrevuelan el espacio público y de cuya síntesis y/o enfrentamiento dependerá el destino de los argentinos. Nosotros acá, más que calificarlas en buenas o en malas, hemos querido apenas caracterizarlas para dar fe de su existencia y de la necesidad de conocerlas.

* El autor es sociólogo y periodista. clarosa@losandes.com.ar

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