28 de abril de 2026 - 00:00

Cuando la alarma suena en la escuela, la pregunta es por los adultos

Cada vez que ocurre un episodio de violencia escolar, el debate gira en torno a seguridad, protocolos, controles, detectores, sanciones, leyes. Todo eso puede ser necesario, pero la prevención de la violencia no empieza en la puerta de la escuela. Empieza en la mesa familiar. En la conversación cotidiana. En el límite que incomoda. En la presencia que sostiene.

En los últimos días, Mendoza volvió a estremecerse por una amenaza de tiroteo escolar tras un mensaje encontrado en el baño de una escuela y la intervención urgente de la DGE. Lejos de ser un episodio aislado, esta situación se replicó en más de doscientas escuelas de toda la provincia. En tanto todavía resuena lo ocurrido en La Paz el año pasado, donde una niña se atrincheró armada dentro de una escuela, y lo sucedido en Santa Fe, donde un alumno mató a otro dentro de un establecimiento educativo.

Tres escenas que duelen. Tres señales que deberían obligarnos a detenernos. Y, sobre todo, tres preguntas inevitables: ¿qué está pasando con nuestras infancias y adolescencias? ¿Y, principalmente, qué está pasando con los adultos?

No es cómodo decirlo, pero es necesario: la escuela y el Estado no pueden solos.

La ilusión de delegar la crianza

Hace tiempo venimos depositando en la escuela una expectativa imposible: que sea contención emocional, límite, socialización, cuidado, educación en valores, detección de riesgos, acompañamiento psicológico, prevención de violencias y, además, enseñanza.

Le pedimos todo. Y cuando algo falla, miramos hacia la institución escolar como si fuera la única responsable. Sin embargo, la escuela recibe lo que la sociedad produce. Y la sociedad se construye, primero, en las familias. Cabe aquí la necesidad de plantearnos una idea incómoda, pero profundamente emergente: vivimos una crisis de la función adulta. No es una crisis de los jóvenes. Es una crisis de quienes deberían sostenerlos.

Adultos en crisis, jóvenes sin anclaje

La función adulta no es autoritarismo ni control permanente. Es algo más profundo:

es presencia, límite, palabra, mirada, responsabilidad. Ser adulto es ser referente.

Hoy vemos adultos desbordados por la precariedad, la incertidumbre económica, la hiperconectividad, el cansancio, la ansiedad social y la sensación permanente de fragilidad. Todo eso es real y legítimo. Pero el problema es cuando esa crisis se traduce en retiro del lugar adulto. Cuando el adulto se corre, alguien ocupa ese lugar: el algoritmo, el grupo de pares, la violencia simbólica de las redes, la cultura del espectáculo, el mercado de las armas o de la agresividad.

Y entonces aparecen chicos con acceso a armas, con discursos violentos, con fantasías de poder o de muerte, con angustias que no encuentran palabras. No nacen así. No aparecen de la nada. Se construyen en contextos donde faltan adultos disponibles.

La pregunta incómoda: ¿dónde estaban los adultos?

Cada vez que ocurre un episodio de violencia escolar, el debate gira en torno a seguridad, protocolos, controles, detectores, sanciones, leyes. Todo eso puede ser necesario. Pero si la conversación termina ahí, estamos mirando la superficie y las preguntas profundas son otras:

¿Dónde estaban los adultos antes de que el arma llegara a la escuela? ¿Quién sabía que ese niño o adolescente estaba sufriendo, enojado, aislado, expuesto a discursos violentos? ¿Quién acompañaba su mundo emocional? ¿Quién revisaba, preguntaba, escuchaba, ponía límites?

La prevención de la violencia no empieza en la puerta de la escuela. Empieza en la mesa familiar. En la conversación cotidiana. En el límite que incomoda. En la presencia que sostiene.

El Estado es necesario, pero no sustituye la crianza

Es imprescindible decirlo con claridad: el Estado tiene responsabilidad indelegable en políticas de niñez, salud mental, prohibición de armas, prevención y acompañamiento. Pero el Estado no puede reemplazar la vida cotidiana de las familias. No puede estar en la casa a la noche. No puede mirar el celular de nuestros hijos. No puede enseñar a transitar la frustración. No puede construir vínculos de confianza. La escuela tampoco puede hacerlo sola. La comunidad adulta debe volver a asumir su lugar.

Recuperar el coraje de ser adultos

Ser adulto hoy implica ir contra la corriente de una cultura que promueve la comodidad y el “dejar hacer”. Implica poner límites, aunque incomoden. Implica escuchar, aunque no tengamos tiempo. Implica involucrarse, aunque estemos cansados. Implica, sobre todo, aceptar que criar es una tarea política y colectiva. Porque cuando un niño entra armado a una escuela, no falla solo ese niño. Falla una red de adultos que no llegó a tiempo.

Una invitación urgente

Este no es un mensaje de culpa. Es un llamado a la responsabilidad compartida. Necesitamos recuperar la pregunta por la vida familiar, por la presencia adulta, por el vínculo cotidiano con nuestras infancias y adolescencias. Necesitamos volver a ocupar ese lugar incómodo pero imprescindible. La seguridad escolar no se resuelve solo con protocolos. Se construye con vínculos. Y los vínculos empiezan en casa.

Tal vez este sea el momento de preguntarnos, con honestidad y sin defensas:

¿Estamos realmente presentes en la vida de nuestros hijos e hijas? Porque la prevención empieza mucho antes de que suene la alarma.

* La autora es licenciada en Trabajo Social. Directora General de Protección. Gobierno de Mendoza.

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