Arte, museos y nación

Los Museos tienen su acta de fundación en el siglo XV florentino cuando los coleccionistas de preciosos objetos decidieron exhibirlos para que la gente contemplara las huellas de sus antepasados y apreciara el compendio de la evolución y confianza en el progreso humano.

Hay museos que se reinventan mientras otros permanecen congelados en el tiempo. Hay museos que atraen la atención de multitudes no solo por las valiosas colecciones que albergan sino porque planifican muestras temporarias y actividades paralelas que incitan volver al museo. También están los que reciben visitas menos frecuentes ante el escaso interés que despiertan en el público.

Unos y otros tienen como acta de fundación el siglo XV florentino para cuando los coleccionistas de preciosos objetos decidieron exhibirlos para que la gente contemplara las huellas de sus antepasados y apreciara el compendio de la evolución y confianza en el progreso humano. No se trataba de algo fortuito en tanto los florentinos de la era de los Medici tenían frente a sí monumentales testimonios de su propio pasado. Ante todo, el pasado de la Roma imperial y las capas culturales que siguieron a su derrumbe. Un pasado glorioso que recogía la tradición grecolatina e inspiró a los geniales artistas, arquitectos y técnicos para construir grandes iglesias, esculpir estatuas, retratar príncipes, papas, nobles y burgueses, y componer imágenes sagradas de la historia de la Cristiandad.

En el siglo XVIII los museos cobraron importancia en la agenda de los reyes, príncipes o estados. No había sorpresa en esa prioridad en tanto la entronización de la razón moderna trajo consigo la puesta en valor del conocimiento como resorte del progreso de las naciones y la felicidad de los pueblos. A la vez, la creación de museos como la adaptación de los existentes en gabinetes o palacios reales, fue paralela a la fundación de Academias de ciencias, bellas artes y oficios que volcaron sus hallazgos y saberes en enciclopedias, revistas, folletos, diarios y libros de la mano de tipógrafos, editores y libreros. El impulso de la cultura impresa no era ajeno a las nuevas técnicas de impresión ni tampoco de los cambios en la sensibilidad de lectores y lectoras que comentaban novedades literarias en salones y tertulias derramándose, incluso, entre los que no sabían leer mediante relatos o transmisiones orales que circulaban en tabernas, cafés, plazas, mercados, teatros y comedias. La oferta editorial era inmensa e incluía diccionarios, tratados filosóficos, políticos y jurídicos, historias de reyes, reinos e imperios, novelas, biografías, relatos de viaje, poesías o pornografía.

Mientras la revolución lectora seguía su marcha, cruzaba océanos y hacía pie en las principales ciudades y universidades hispanoamericanas esquivando el control inquisitorial sobre textos “peligrosos”, las potencias europeas hicieron de los museos y colecciones artísticas otro capítulo de competencia imperial. El punto de partida tuvo lugar en Londres cuando el British Museum (1753/9) abrió sus puertas como templo de la historia de la humanidad que fue seguido de cerca por Catalina de Rusia quien ordenó a sus ministros engalanar su palacio con pinturas de Rafael, Rubens, Rembrandt y van Dyck que se convirtió en antesala del famoso Hermitage. En plena efervescencia revolucionaria, el Louvre entraría en escena a partir de 1793 cuando aumentó las colecciones reales con obras de arte y objetos capturados en Egipto, Milán o Nápoles mientras Napoleón expandía su hegemonía en Europa continental. Alemania se enroló en la carrera museológica en 1830 en base al acervo científico y cultural del gran Humboldt y cobró impulso durante el proceso de unificación nacional que gravitó en la impactante isla de Museos de Berlín.

Con ritmos y materialidades diferentes, trayectos semejantes experimentaron los países hispanoamericanos mientras saldaban sus luchas internas, sancionaban sus constituciones, ponían en marcha el sistema escolar y cimentaban la identidad y cultura nacional. En esa empresa política y cultural que enlazaba el tiempo pasado con el presente vivido y el futuro depositado en el progreso, los artistas cumplieron un papel fundamental porque hicieron del pasado revolucionario, sus héroes y batallas como de la gente, costumbres y paisajes de campo motivos privilegiados de inspiración artística.

El uruguayo Juan Manuel Blanes ocupó un sitial relevante como pintor de las patrias sudamericanas. No solo porque con su paleta retrató por primera vez al héroe nacional José Artigas y evocó el Juramento por la independencia de los Treinta y Tres orientales frente al Brasil imperial, sino también porque representó los estragos de la fiebre amarilla en los barrios de Buenos Aires y numerosas siluetas de gauchos, chinas y cautivas que poblaban las campañas y tolderías mientras el alambrado y el cambio productivo los dejaba en los márgenes del mundo rural o en los suburbios urbanos. Pero la pintura de Blanes no se limitó al área rioplatense, sino que interpeló personajes y sucesos históricos cruciales de las guerras de independencia sudamericanas. Una tarea que le exigió leer libros y noticias históricas publicadas en Santiago de Chile, Buenos Aires o Montevideo, chequear datos con testigos y conversar con coleccionistas e historiadores argentinos y chilenos inquietos por igual en cimentar los templos laicos del arte y el pasado nacional.

Luego de sopesar oportunidades de colocación y bosquejar diferentes composiciones, que incluyen una obra inconclusa sobre la batalla de Maipú, Blanes plasmó en su atelier dos cuadros famosos: “Los últimos momentos del Gral. José Miguel Carrera” y “La Revista de Rancagua”. El primero se exhibió en Montevideo en 1872 y obtuvo un extenso elogio de Juan Torres quien destacó las cualidades de la obra inspirada en la descripción del dramático final del patriota chileno trazado por Vicuña Mackenna que había desatado controversias en ambos lados de la cordillera. En cambio, la representación ficcional del desfile de San Martín y de los jefes del ejército que ratificaron su liderazgo en medio del colapso de las Provincias Unidas y los preparativos de la Expedición al Perú, fue exhibida en Buenos Aires sin despertar interés hasta 1878 cuando fue obsequiado por el gobierno uruguayo con motivo del centenario del natalicio del Libertador. Veinte años después, el cuadro abandonó el recinto del Museo de Bellas Artes para fortalecer las reliquias de la epopeya sanmartiniana que el director del Museo Histórico Nacional, el Dr. Adolfo Carranza, venía reuniendo para enaltecer al Padre de la Patria.

* La autora es historiadora del Conicet y de la UNCuyo.

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