Más allá de las emociones encendidas, hay una verdad que nos atraviesa a todos, incluso a quienes marchan en contra: quieran o no, ya están adentro. Porque nadie puede salir de una economía que necesita crecer para sostener las mejoras que cada día siempre pedimos mejorar: salarios estatales dignos, hospitales eficientes, escuelas modernas, seguridad fortalecida.
Y la pregunta es directa: ¿cómo se financia todo eso? Con más recursos. Con una economía más grande. Con industrias que aporten, produzcan, generen trabajo y paguen impuestos. No existe otra fórmula mágica.
Diversificar no es un slogan: es la única salida
Diversificar es sumar motores productivos que alimenten al Estado y permitan mejorar la calidad de vida real. Y la minería —bien regulada, moderna, controlada— es una de esas industrias clave. No porque sea perfecta. Sino porque es capaz de aportar lo que Mendoza no está generando por ninguna otra vía.
Los países admirados tuvieron tropiezos. Los nórdicos, faros del Estado eficiente, financiaron su desarrollo con petróleo offshore. ¿Tuvieron accidentes? Claro que sí. Por citar algunos: Alexander L. Kielland (Noruega, 1980): colapso de una plataforma semisumergible, una de las tragedias más duras del Mar del Norte; Ekofisk Bravo (1977): derrame significativo.
¿Qué hicieron? ¿Abandonaron la industria? No. La profesionalizaron. Mejoraron su tecnología. Fortalecieron controles.
Hoy, gracias a esa decisión, tienen el Fondo Soberano más robusto del mundo y servicios públicos que cualquier sociedad quisiera.
Canadá y Australia: líderes por decisión, no por suerte
Cuestionan las regalías mineras establecidas. Yo también. Pero me pregunto cómo desarrollar una industria extractiva sin incentivos. Me fui a averiguar, y sí, Canadá y Australia tuvieron incentivos a la explotación minera. Y en Chile, después de 40 años de desarrollo, hoy tienen la empresa estatal que más produce en el mundo del cobre. Sí, propiedad del Estado. ¿Arrancaron así? No. En los años 80 en Chile, tras la nacionalización del cobre, el Estado era dueño de los yacimientos, pero se implementó un modelo de concesiones temporales que permitió la entrada masiva de capital privado, ofreciendo beneficios tributarios. Lo que generó debate por lo que muestra el archivo, pero hoy Chile es el principal productor de cobre del mundo, con una empresa estatal, habiendo superado accidentes importantes, y conviviendo la industria del vino y el turismo.
Nunca nos pondremos de acuerdo, tenemos grandes diferencias ideológicas
Creo que al final esto no es cuidar el ambiente, el agua, pagar más regalías, etc. Esto es una gran diferencia ideológica de modelos que queremos de desarrollo. Tenía 17 años cuando participé y organicé la primera marcha antiminera en San Carlos. Sí, organicé. Bastaron un par de años para darme cuenta que había que crecer y traspasar las posiciones extremas. Los años pasaron, de esa lucha antiminera surgieron candidatos políticos que se aliaron con quienes ahora critican en extremo. Los dirigentes ambientalistas reales siguen estando, con sus convicciones firmes, las cuales respeto y también admiro porque se han mantenido muy firmes en sus ideas, pero qué distintas a las mías...
Yo quiero ver si podemos hacer algo más. Me cansé de verlos desde hace 20 años reclamando por lo mismo. Quiero ver si podemos lograr lo que lograron los países nórdicos o Canadá o Australia. Creo que los grandes generadores de cambios en la humanidad, o en la historia argentina, esos hombres y mujeres que impulsaron cambios y nos hicieron crecer, no se quedaron con lo que tenían. Quisieron más. Dentro de las dificultades, las tensiones, los poderes, las necesidades, ellos buscaron traspasar, crecer, hacerlo funcionar distinto. No esperaron que el mundo cambiara: lo hicieron cambiar.
El camino no es dinamitar debates
Si el eje fuera estrictamente ambiental, veríamos activismo diario, sostenido, constante, cuidando diariamente este Valle de Uco. Tenemos canales llenos de plástico y basura, árboles de más de 50 años que queman y cortan como quieren (o se secan) basurales que aparecen, quemas ilegales, uso de agroquímicos por decenas de años sin control, y ningún municipio separa residuos, etc. Si eso no se combate con la misma fuerza, entonces seamos honestos: esto no es ambientalismo. Es antiminerismo.
Y está bien. Es una postura válida. Sirve para equilibrar y exigir mejores normas. Pero el ambientalismo real es otra cosa.
Y si de verdad quieren incidir, el camino no es dinamitar debates: el camino es integrarse, sentarse en los observatorios ciudadanos que propone el Gobierno, participar de los controles, mirar los números, exigir transparencia. Porque el gobierno —cualquier gobierno— no es el enemigo. El enemigo es la pobreza que condiciona votaciones, decisiones y destinos.
Por eso, en vez de ese No tajante y bastante tergiversado por slogans, los convoco a sumar: formen sus propios controles ciudadanos, elaboren informes, exijan auditorías, propongan alternativas de desarrollo progresista junto a la industria.
Hay espacio para todos. Lo que falta es la organización para construir esta postura intermedia. Creo que Mendoza necesita avanzar hacia algo más grande que la pelea de siempre.
* La autora es comunicadora social y emprendedora.