En el vértigo casi indescriptible de la política argentina en las últimas semanas sobresale la implacable sensación de un profundo resquebrajamiento de ese nuevo orden que se configuró tras el triunfo nacional de Javier Milei en 2023.
Aún después de un acuerdo electoral muy demorado (y especialmente trabajado) como el que aquí se logró entre La Libertad Avanza (LLA) y Cambia Mendoza (CM), esta semana también parece haber sido un punto de inflexión en ese vínculo demasiado deteriorado pese a tan poco recorrido.
En el vértigo casi indescriptible de la política argentina en las últimas semanas sobresale la implacable sensación de un profundo resquebrajamiento de ese nuevo orden que se configuró tras el triunfo nacional de Javier Milei en 2023.
Durante este tiempo, el gobierno libertario pudo articular y hasta imponer su agenda, en gran parte sobre la inercia de aquel paso triunfal por el balotaje. Pero en especial, po r el acompañamiento de diversos sectores que un tanto por respeto institucional y otro tanto por frío cálculo político respecto de la debilidad del nuevo gobierno, optaron por apuntalar y aprovechar el escenario para torcer el rumbo crítico (y también crónico) de la Argentina. Ese encadenamiento de fracasos que nos trajeron hasta aquí, y que -como siempre sucede- se esconden en la fragilidad de la memoria.
Son esos mismos actores dialoguistas los que en estos días de riesgo país replantean sus acciones o al menos recalculan su continuidad, intentando un cambio de variables que tal vez nunca sucedan.
Sin dudas que Alfredo Cornejo fue uno de los que se anotaron en esa cruzada de acompañamiento, pese a ser tildado de oportunista.
No fue el único dirigente, ni el único gobernador que procuró tener un vínculo fluido con la Nación. Incluso sospechando que su contraparte aborrecía la negociación política.
Con altibajos, lejos de fluir, la relación se llenó de obstáculos, pero también de constantes agravios, ninguneos y -particularmente- el retaceo de fondos que la actitud no beligerante ofrecía.
Con soberbia, Milei y sus funcionarios se jactaban de ser "el mejor gobierno de la historia", pero también que a pesar de haber llevado adelante -en un año- un "ajuste cinco veces mayor que el de Menem", contaba con suficiente acompañamiento popular, incluso con la pretensión de unanimidad como para “pintar todo el país de violeta”.
El escaso manejo de los conflictos (muchos de ellos sobre cuestiones sensibles como jubilaciones, discapacidad, educación o salud), la errónea construcción electoral saliendo a disputar el territorio incluso de sus aliados, las acusaciones nunca aclaradas de corrupción que vieron a la luz con el caso Libra y las coimas en la Agencia Nacional de Discapacidad (ANDIS) que involucran a la mismísima Karina Milei, empezaron a horadar un aspecto esencial para todo gobierno: la credibilidad.
En síntesis, aspectos que la derrota en provincia de Buenos Aires expuso con la fragilidad de un talón de Aquiles.
La obstinación del déficit cero a toda costa, bajo la picardía de gobernar sin Presupuesto, la cerrazón de avanzar en el Congreso con proyectos sin consenso alguno, la ruptura de vínculos y diálogos políticos, la insistencia impopular de vetar leyes, sólo agrandaron la distancia entre la realidad y la visión del Ejecutivo.
Aún después de un acuerdo electoral muy demorado (y especialmente trabajado) como el que aquí se logró entre La Libertad Avanza (LLA) y Cambia Mendoza (CM), esta semana también parece haber sido un punto de inflexión en ese vínculo demasiado deteriorado pese a tan poco recorrido.
La votación de Pamela Verasay y Lisandro Nieri en Diputados no habría despertado dudas en otro contexto histórico, pero sus anteriores posiciones zigzagueantes y ese pacto de cara al 26 de octubre parecían operar como el seguro alineamiento al veto presidencial, tanto al financiamiento universitario como a la emergencia pediátrica destinada a enmendar la insólita embestida mileísta contra el Hospital Garrahan.
El voto de ambos (de inocultable coordinación con Cornejo) en rechazo al veto tiene múltiples lecturas, pero hay una inevitable: algo se rompió. Y probablemente, más allá de los gestos y simulaciones, de manera casi definitiva.
Algo se rompió en la política, pero también en la percepción de la gente. Una especie de parteaguas capaces de alumbrar otra era, con el ruido político que suelen causar esos alumbramientos. Y por ende, en esa entelequia que conocemos como "el mercado".
Suficiente difusión tuvo el entredicho, precisado, pero no desmentido, que Cornejo habría sostenido con el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem en busca de votos de los gobernadores aliados cuando ni siquiera tenían asegurado todas las voluntades libertarias, ni de su principal socio, el Pro, tal como quedó de manifiesto en la sesión del miércoles.
Allí Cornejo no sólo le recriminó a Menem su erróneo cálculo, sino también su incorrecta transmisión al presidente, que, de esta forma, recibe información inexacta, y, por ende, forma juicio sobre una realidad inexistente, la de una fantástica burbuja libertaria.
El gobernador, un obsesivo de la información de calidad que, como suele argumentar, sirve para elevar el debate público, también apuntó aquí a la competencia política de la principal espada del oficialismo en el Congreso. Una sutil manera de responsabilizarlo por la sucesión de fracasos y traspiés, y, por ende, de esa difundida percepción de fragilidad que hoy rodea a la gestión libertaria.
En la advertencia del mendocino, pero también en el voto de los diputados que le responden, aparece la clara señal exploratoria de una vía autónoma, más allá del pacto vigente.
La maniobra supone la correcta lectura de la impericia, pero también de la mala praxis de un gobierno que se agigantó en sus módicos logros incluso antes de haberlos consolidado. Un error de autoestima más que de cálculo, cuyo precio deberá pagar con creces.
Aun así, Cornejo no había dudado salir esta semana a pedir "un voto de confianza" para el presidente, luego de su osada predicción respecto a que "lo peor ya pasó". El correr de los días y de los meses suele ser implacable con sentencias tan categóricas.
Más allá de esto, y pese al desencanto inicial que causó la noticia en el cierre de listas, el cornejismo celebra por lo bajo estos sinsabores del mileísmo. Sabe que la amenaza de Luis Petri de cara a 2027 enfrenta un momento crucial y que los radicales ya nada le deben a su ahora ex correligionario después de su repentino salto a Las Fuerzas del Cielo.
Por ahora, sus visitas de campaña a Mendoza son casi sin anuncio previo, bajo ambiente y condiciones controladas. Una circunstancia que libera la escena (y también la agenda) para el protagonismo del gobernador y su estrategia de provincializar la campaña y capitalizar su gobierno ante un eventual triunfo, dejando casi a la buena de Dios la suerte de la boleta nacional.
Más allá del resultado electoral, el conflictivo escenario de estos días abunda en la certeza cada vez más factible que el pacto radical-libertario tiene fecha cierta de vencimiento. Posiblemente, la misma noche de esa elección de octubre que por momentos aparece tan lejana.
* El autor es periodista y profesor universitario.