…o agradecimientos tardíos atravesando un divino desorden:
Gracias, Jorge Francisco Isidoro Luis por haber imaginado tanto y soñado más. Gracias por esa biblioteca infinita y total que todavía nos queda por descubrir. Gracias porque hace cuarenta años que no paramos de leerlo, releerlo, citarlo y desleerlo para volverlo a encontrar de nuevo, siendo otro.
…o agradecimientos tardíos atravesando un divino desorden:
Gracias por Tlön, por Uqbar, por Orbis Tertius y el enciclopediazo.
Gracias por Funes y su memoria.
Gracias porque al soñador soñado nadie lo vio desembarcar en esa unánime noche.
Gracias por el color de las encías de los leopardos.
Gracias porque ninguno rebajó a lágrima o reproche, la ironía de haber recibido los libros y la noche.
Gracias por el griego, el nombre, el arquetipo y la cosa. Gracias por las letras de rosa y por todo el Nilo.
Gracias porque solo una cosa no hay y es el olvido … y por las lunas que serán y las que han sido… y por la luna que ignora que es tranquila y clara y ni siquiera sabe… y por los miles de reflejos del rostro en los espejos.
Gracias por los espejos, por todos los espejos que no lo reflejaron. Y por el horror de descubrir que multiplican a los hombres.
Gracias conversar sobre budismo y sobre la Cábala. Gracias por Juan de Panonia y Aureliano de Aquilea, esos teólogos discutidores que terminaron siendo iguales.
Gracias por todos los tigres, por los dorados y por los azules.
Gracias por los laberintos y por la bifurcación de los senderos. Gracias por Yu Tsun, por Madden, por Albert y por las realidades paralelas y simultaneas.
Gracias por aquel otro laberinto roto, que era Londres.
Gracias por todos los laberintos que se recorren leyendo y por el rigor de la ciencia.
Gracias por el traidor y por el héroe y por la forma de la espada.
Gracias por la biblioteca de su padre y por la osadía de Pierre Menard para escribir el Quijote.
Gracias por Carlos Argentino y su prima Beatriz, y por esas cartas obscenas, increíbles, precisas que lo hicieron temblar.
Gracias por todos los puntos del universo que nos hizo ver en la esfera tornasolada de dos o tres centímetros.
Gracias por Estela Canto también.
Gracias por Juan Dahlmann. Y ese Sur, ese almacén, ese gato y esa llanura.
Gracias por las balas que zumban en la tarde última y por ese intimo cuchillo en la garganta
Gracias por Emma Zunz. por Ulrica, por Teseo, por Ariadna y por el Minotauro que apenas se defendió.
Gracias por la eternidad del inmortal y la memoria de Shakespeare.
Gracias por Erik Lönnrot. Yarmolinsky, Treviranus y Scharlach. Y por la brújula que señala exactamente el lugar de la muerte.
Gracias por los cuchilleros. Por Rosendo Juárez, Francisco Real y la Lujanera de la esquina rosada.
Gracias por el ajedrez y por el Zahir y por Teodelina Villar.
Gracias por ese libro de arena y por todos los libros quemados del Congreso.
Gracias por Fierro, la biografía de Cruz y el Fin de Martín.
Gracias por Kafka y por Joyce. Y por todos esos libros que encierran una conversación eterna y que hace eterna su lectura.
Gracias por sus polémicas, sus ironías y por su humor inteligente.
Gracias por Jorge Larco y por aquel cuadro que nunca llegó.
Gracias por sus amistades: Xul, Bioy, Silvina o Victoria , Macedonio , Evaristo , Di Benedetto, Bombal, Ducmelic…
Gracias también por quienes nos enseñaron a leerlo: Sarlo, Piglia, Saer, Braceli, Ackerman, Hopenhayn, Kohan, Colamedici, Mecca, y otros tantos.
Gracias al cine que lo encontró con Santiago por acá y con Nolan por allá.
Gracias por esa melancolía de 1964 y el goce de estar triste.
Gracias por las hipálages misteriosas y precisas.
Gracias por Juan López y John Ward y aquel tiempo que no podemos entender.
Gracias también por firmar la tardía solicitada contra la atroz dictadura.
Gracias porque hace un tiempo tuve el privilegio de tocar en Ginebra esa piedra austera que dice: "Y que no temieran".
Gracias, Jorge Francisco Isidoro Luis por haber imaginado tanto y soñado más. Gracias por esa biblioteca infinita y total que todavía nos queda por descubrir.
Gracias porque hace cuarenta años que no paramos de leerlo, releerlo, citarlo y desleerlo para volverlo a encontrar de nuevo, siendo otro, en estos desordenados agradecimientos.
* El autor es presidente de FilmAndes.