8 de abril de 2014 - 22:25

Nuevo coloniaje o búsqueda de seguridad alimenticia

En los últimos treinta años, China ha tenido un impresionante crecimiento económico y se ha convertido en uno de los más importantes inversores en África y América Latina, y en la Argentina particularmente.

La República Popular China es un país de dimensiones continentales con casi 10 millones de kilómetros cuadrados de extensión; ocupa el tercer  puesto en el mundo.  Su geografía, sin embargo, no le permite disponer de una superficie equivalente para el desarrollo de la agricultura. La franja Este con costas que superan los 5.000 km, presenta terrenos llanos, donde desaguan los grandes ríos que provienen del interior, montañoso y árido.

Estos forman grandes deltas con tierras óptimas para los cultivos y el asentamiento de grandes conglomerados humanos. En consecuencia, la tierra apta para el desarrollo agrícola constituye una extensión muy inferior a la de su vasto territorio.

Sin embargo, este país cuenta con una población de casi 1.400 millones de habitantes. Con la reforma económica acuñada por el presidente Deng Xiaoping se inicia, desde 1978, una segunda revolución, como él mismo la llamó, abriendo China al mundo con una economía de signo liberal, denominada "socialismo de mercado".

Sobre el litoral se constituyeron zonas económicas especiales que impulsaron la industrialización y el desarrollo económico a niveles impensados, convirtiendo a la empobrecida China en la segunda o tercera potencia del mundo. Esto, de ninguna manera significó el cambio de un gobierno totalitario y dictatorial, con partido único, sin asomo de democracia. La matanza de la plaza de Tiananmen constituyó una clara demostración de que de ningún modo se iban a permitir las disensiones.

Pese a las severas medidas adoptadas para el control de la natalidad, llegaron a limitar a sólo un hijo, lo que cada pareja podía procrear. Esta dura medida, odiada por el pueblo, pese a las severas sanciones previstas para su incumplimiento, fue burlada asiduamente, sobre todo en el interior.

Finalmente el Gobierno, ante el rechazo popular, optó por flexibilizarla. Tenemos, entonces, una población que orilla los 1.400 millones y que su reproducción vegetativa supera los l8 millones por año.

Al mejorar sustancialmente su situación económica, incrementó la compra de alimentos y de recursos naturales para su desarrollo industrial, en todo el mundo, haciendo que se elevaran por las nubes los precios de los comodities. Este sustancial incremento de las materias primas favoreció a los países productores y perjudicó a quienes debían importarla.

Entre los favorecidos, se encuentran los países latinoamericanos, y hacia ellos enfiló China con sus compras, las que se elevaron sustancialmente de algunos pocos millones a casi 7.000 millones de dólares, en el caso de la Argentina. Lo único observable en este desarrollo es la carencia de un mayor valor agregado.

Pero hay un aspecto más preocupante que, con gran acierto, el autor Diego Guelar califica en su último libro como la "invasión silenciosa". Se trata de la infiltración de la potencia asiática en casi todos los países sudamericanos, con inversiones directas o asociadas con empresas locales, en general por valores cuantiosos en áreas estratégicas de producción de alimentos, energía (petróleo y gas), minería, nuclear, espacial, bancario, compra de tierras, fabricación de úrea en Tierra del Fuego, usinas hidroeléctricas, armado de camiones livianos en Luján de Cuyo, etc. También hay inversiones de empresas argentinas en China, obviamente que no tienen la magnitud de las del gigante asiático en nuestro subcontinente.

Interesa destacar que la Argentina ocupa el segundo lugar en materia de inversiones chinas, después de Brasil que concentra el 65% de las inversiones de dicho país en toda Sudamérica, según informa Diego Guelar en su libro.

En primer lugar vemos que no sólo le interesan inversiones en áreas que puedan contribuir a asegurar la alimentación de su prolífica población sino que también trata de manejar empresas cuya finalidad no tiene nada que ver con la alimentación, y sí en cambio con resortes fundamentales de las economías de cada uno de estos países.

Estados Unidos y Japón, sus rivales tanto en los ámbitos regional del Pacífico Oriental como en el global, le han acusado de ejercer una nueva forma de colonialismo, tanto en América Latina como en África. No incursionaremos  en el tema de si aquellos países tienen derecho moral de acusar a nadie de colonialista, yo creo que no, pero no abordaremos esta cuestión.

Objetivamente, sin prejuicios ni anteojeras, nos interrogamos sobre cuál es el verdadero propósito que fundamenta el proceder geopolítico de China con el desarrollo de su política de inversiones. Creo, persigue tres objetivos en forma conjunta, poniendo el acento en uno más que en otro de acuerdo con las circunstancias:

a) Garantizar la seguridad alimenticia de su población;

b) arrebatar el llamado "patio trasero", a la potencia del Norte y extender  su liderazgo al continente negro;

c) dar un fuerte impulso a su objetivo de desplazar a los EEUU de su posición de primera potencia mundial. 

 Además, me permito advertir una cierta incongruencia entre el título del libro de Diego Guelar, actual secretario de Relaciones Internacionales del PRO: "La invasión silenciosa", que conlleva una connotación cuasi delictual, con las palabras con que finaliza su trabajo: "Los chinos y los sudamericanos somos actores de una utopía de paz y progreso". (Guelar, Diego. "La invasión silenciosa; el desembarco chino en América del Sur". Buenos Aires, Sudamericana, 2013, p.306).

Las opiniones vertidas en este espacio no necesariamente coinciden con la línea editorial de Los Andes.

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