21 de julio de 2019 - 00:00

Nuestro canto - Por Jorge Sosa

No sé si el folclore cuyano tiene, por parte de los cuyanos, la importancia que merecería. Es el canto de nuestros ancestros pero también una forma cultural irreemplazable que nos define de canto entero.

Pero el ciudadano, el habitante de la gran ciudad, no le presta mucha atención a eso que llamamos nuestro folclore. A tal punto que yo no conozco una radio enteramente dedicada a este tipo de música, y muy pocos programas, muy pocos, que la defienden con consideración.

En ella se conserva nuestra esencia, nuestro modo de ser por más que las vestimentas de la modernidad pretendan ocultarla. Cuando uno canta una tonada cuyana está cantando en nombre de todo Cuyo, es su voz predilecta y en sus decires no se olvida de nadie.

Hay muchos jóvenes que practican el folclore cuyano y lo hacen con gusto, con talento.

Estoy hablando de grupos y solistas de canto pero también de muchos bailarines que hacen de las danzas cuyanas su razón de ser.

Pero son pocos comparados con los que las ignoran, los que no tienen la menor idea de lo que significa y no tienen ningún interés en saber. Prefieren los ritmos de otras latitudes antes de aquellos que nos constituyen.

El folclore cuyano se asienta sobre cuatro géneros básicos: la tonada, la cueca, el gato y el vals. Hubo en el pasado otras formas de expresión como el sereno o el gauchito, pero ahora suele disfrutarse de ellas cuando algún director de fiestas vendimiales decide que le viene bien a su argumento. En lo común nadie las tiene en cuenta.

La tonada es nuestra composición lírica por excelencia y son innumerables las que andan poblando los espacios donde el canto cuyano resiste, se mantiene.

Hay letras de tonadas pletóricas de poesías, de un buen agrado para ser escuchadas y recordarlas aún con un silbido lánguido.

Suelo ir a las fiestas del desierto de Lavalle, porque ahí se mantienen en estado puro muchas tonadas que trascienden en mínimos círculos familiares y de amigos, pero que no saltan el cerco. Digo que con cada abuelo cantor que muere en los puestos del secano se muere una tonada que ya no ha de tener otra vida.

Bueno sería transformarnos en recopiladores; que alguien, enviado por los organismos de cultura de la provincia, grabador en mano, fuese recolectando esas canciones que tienen una vida efímera para que queden como testimonio de lo cantado. Así como alguna vez lo hicieron Draghi Lucero o Alberto Rodríguez, que rescataron del borde del olvido músicas y letras que estaban destinadas a desaparecer.

Yo, que no nací en esta tierra, me siento emocionado cuando en los Bordos Negros de la Fiesta de las Lagunas del Rosario escucho una voz raspada por el tiempo y por el vino encarar una de estas obras cuyos autores se perdieron en el tiempo pero que, por valor propio, siguen sonando aunque sus sones más que sones son estertores.

Hay festivales donde el folclore se enseñorea y donde uno puede apreciar las nuevas modalidades que se van agregando al sentir antiguo. El verano está plagado de ellos y es mucha la gente que concurre a impregnarse de ellos mismos.

Pero después viene el tiempo del desgano y el canto cuyano se guarda, porque lo guardamos, se calla porque lo callamos.

Ojalá que haya en el futuro un verdadero resurgimiento y volvamos a meternos de lleno en aquello que nos justifica y nos comprende. Mientras tanto que siga vivo el cogollo y el aro, compadre, y el vino que los sostiene.

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