Escribo desde el vagón del tren de segunda clase que me lleva de La Haya a Bruselas, para unas conferencias en el Parlamento Europeo. La chica musulmana del asiento de al lado lleva un vestido que la identifica como hija de Alá pero no para de whatsappear con sus amigas.
En francés. La fiesta de esta noche promete. Ella es la encargada de llevar un pastel, o empanada, o algo así. La crisis europea es terrible, ya se sabe, pero aún no se divisa ninguna villa miseria desde el tren. Es que les debe haber sido difícil construirlas entre tanta fábrica con arquitectura modernosa, tanto molino proveedor de energía renovable, tanto barrio popular y de clase media con playa de estacionamiento para coches mejores que el mío. El tren, por supuesto, no es el Sarmiento de Randazzo, que es superior a todo, pero está bastante bien. Y no, tampoco Holanda -y más en general, Europa- no posee territorios coloniales de los cuales extraer riqueza. Los tenían, Europa y
Holanda, antes de la segunda mitad del siglo XX, básicamente. Cuando eran nacionalistas y pobres, quiero decir, e iban de guerra en guerra mientras sus emigrantes escapaban hacia América. A América del sur, también. A la Argentina.
De manera que la cosa parece bastante simple: un sistema económico basado en la competencia por el mercado y en la innovación tecnológica; un sistema político encargado de evitar los monopolios y de proveer servicios básicos como infraestructura, educación, salud, seguridad y justicia; y una sociedad respetuosa de la ley donde el abuso, el delito y la corrupción son la excepción repudiada socialmente y perseguida penalmente, y no la regla. Estoy hablando de la Europa que se desmorona.
Economía avanzada, estado de bienestar y una integración regional llena de dificultades pero que sigue siendo la única exitosa en el mundo, con nueve países entre los primeros quince del índice de Desarrollo Humano de la ONU, en plena crisis. No está mal, ni parece tan difícil. Casi todo el mundo parece haberlo comprendido. Menos los rusos, claro, que tienen demasiadas autocracias en las espaldas como para entenderlo y han encontrado suficiente gas y petróleo como para permitirse seguir siendo autócratas y atrasados. O como los chinos, que sueñan con protagonizar la primera revolución industrial sin revolución democrática de la Historia de la humanidad.
O como nosotros, que en estos diez años de soja y gloria hemos logrado pasar del 34to al 49no puesto entre las 187 naciones de la tablita de la ONU, superados por quince países de los cuales seis son europeos. Por si acaso, por si no he sido claro, lo digo de nuevo: no desprecio a mi país, me duele el abandono al que lo hemos sometido. Los que desprecian al país, y a los que lo habitamos, son los que creen que los argentinos somos incapaces de lograr lo que han logrado otros a los que hace no mucho tiempo les matábamos el hambre.
Debe ser la humedad, o el cielo siempre gris de estas viejas estepas un día asoladas por los bárbaros. O acaso el mal humor de abrir los diarios argentinos y ver lo que en la Argentina se discute. Si estado o mercado. Si las instituciones son enemigas de la justicia social. Si mercado interno, mercado externo. Si campo o industria. Si el avance tecnológico genera desocupación. Si la globalización existe o es un mito. Si cuando se recalienta la economía hay que usar la estufa o el aire acondicionado. Boberías. Cosas que la Historia ha dejado atrás durante el siglo XX. Cosas que ya nadie discute en ningún lado pero que en el país del fútbol sin hinchas visitantes no pasan nunca de moda.
Por mi parte, anduve por La Haya presidiendo la reunión de los treintaicinco delegados del Movimiento Federalista Mundial, una organización fundada en 1947 bajo la idea de que sólo la ley y el derecho internacional podían garantizar la paz. Siete décadas luego, el MFM continúa trabajando para un futuro en el que las naciones ni desaparezcan ni sigan siendo la última frontera de la política, sino que pasen a integrarse políticamente tanto como lo han hecho económicamente, siguiendo el paradigma federal. Separadas en lo que a cada una de ellas concierne.
Trabajando juntas y decidiendo juntas en lo que afecta a todos. ¿Boberías? Es posible, pero entre muchas otras actividades el MFM contribuyó a la realización de dos proyectos enormes. Uno, la dimensión política del proceso de integración europeo y, en particular, la creación del Parlamento Europeo y la elección directa de sus miembros. Dos, la constitución de una Corte Penal Internacional encargada de juzgar los crímenes de lesa humanidad en el caso de que un estado nacional no sea capaz de castigarlos. El primer parlamento supranacional de la Historia de la humanidad.
La semilla de una justicia tan universal como el concepto de derechos humanos. Podemos criticarlos y merecen que se los critique por su insuficiencia, pero el Parlamento Europeo y la Corte Penal Internacional son los signos iniciales de una política a la altura de los desafíos del siglo XXI.
Por supuesto, en la reunión del Consejo del MFM se habló mucho de política, pero las palabras “peronismo” y “Jessica” no fueron mencionadas. En lo que se relaciona directamente con los que vivimos en esta parte del mundo, el consejo aprobó la campaña por la creación de una Corte Penal Latinoamericana contra el Crimen Transnacional Organizado como política oficial del MFM para Latinoamérica.
Las razones me parecen evidentes: 1) el crimen organizado ha desbordado las fronteras de los países latinoamericanos y se ha convertido en el principal problema regional; 2) los únicos que parecen haber comprendido el carácter regional y global del mundo en que vivimos y logrado organizarse de acuerdo a ello son los delincuentes; 3) las agencias de seguridad nacionales son cada vez más fácilmente corrompidas por las mafias del tráfico de drogas y armas, la trata de personas y el lavado de dinero, e impotentes ante sus crímenes conexos; 4) las organizaciones criminales pasaron de ser locales (cartel de Medellín), a ser nacionales, a ser regionales, por lo que es necesario enfrentar el problema localmente, nacionalmente y regionalmente.
Cuarenta y tres víctimas, en México, de la colusión entre mafia y política. ¿Qué más se puede agregar? Así que el MFM dará una mano y hasta es posible que la cosa vaya para adelante, y que una coalición de organizaciones no gubernamentales, autoridades jurídicas, parlamentarios, asociaciones de víctimas y ciudadanos latinoamericanos que no quieren vivir ni morir así empujen a los gobiernos a hacer lo que no pueden o no quieren: descabezar las organizaciones criminales por arriba, confiscar sus bienes, mejorar la cooperación internacional de policías y juzgados, establecer estándares legales mínimos, monitorear la situación regional, intercambiar información y, sobre todo, someterse a una autoridad regional capaz de perseguir a los funcionarios nacionales cuando formen parte o colaboren con una entidad mafiosa transnacional.
Ciertamente, ni mañana ni pasado. En algunos años. Destrozar países es fácil. Construir un futuro en el que las instituciones sean capaces de actuar en un contexto globalizado y en cambio permanente, no.
Ya me bajé del tren. Para participar, ayer, de una conferencia sobre el desarrollo de la integración regional en Latinoamérica, África y Asia en el Parlamento Europeo. Para reunirme, hoy, con varios europarlamentarios y miembros de la Comisión Europea horrorizados por lo que sucede en Venezuela y preocupados también por la Argentina y el Brasil. Y para participar, mañana, de un panel sobre la creación de una asamblea parlamentaria de las Naciones Unidas que pueda abrir espacios de participación democrática de los ciudadanos del mundo en las cuestiones que afectan a todos, como el cambio climático, la inestabilidad financiera, las pestes planetarias, las migraciones globales, la proliferación nuclear, el terrorismo internacional.
Es que el siglo XXI ha comenzado. Hace catorce años. En mis ratos libres, chequeo emails y entro en los diarios de la Argentina. Día del pensamiento nacional. Agricultura familiar. Identidad villera. Casamientos con música de Agapornis. Dan ganas de balearse en un rincón.