13 de octubre de 2012 - 21:32

Un "nosotros” ausente en las grietas del relato oficial

Según refiere la Biblia kirchnerista, en el origen fue Él. El creador -si no del cielo- sí de la tierra. De una tierra libre, justa y soberana, sitio de encarnación del proyecto "nacional y popular". Y más tarde fue Ella, y no otra, la custodia y garante de la "refundación de la Patria" frente a un Ellos monopólico, transnacional y prebendista. ¿En el medio? La nada. La polarización necesita de eso: del puro extremo. Lo que haya en el medio no puede sino desaparecer.

Pero también resulta imprescindible, en la construcción de todo relato fundacional, un amojonamiento del tiempo y del espacio. La fijación de un antes -oscuro, catastrófico, extraviado- y de un después posterior al advenimiento -luminoso, promisorio y feliz-. Un año cero, un tiempo mítico, que es también el de las grandes divisiones. El momento de separar (y esa ha sido siempre tarea de dioses, no de hombres) el día de la noche, el agua de la tierra. El bien del mal. El problema es que un mundo crecientemente amasado con palabras tiene, a menudo, el espesor de un renglón.
 
Más aún: a diferencia del hechizo y del conjuro, aquí los sonidos, por muchos y repetidos que sean, no alcanzan a doblegar la realidad. No hay abracadabra capaz de torcer la potencia de algunas cosas. Es justamente entonces cuando el proceso casi infantil de crear un universo a golpes de palabras se vuelve peligroso, porque cuando se comprueba que con el mero decir no basta para que las cosas sucedan, la tentación es romper el espejo.

Tanto el retiro de la ONG Consumidores Libres de la lista de organizaciones de defensa del consumidor como la prohibición de que Adelco siga difundiendo los informes sobre la evolución de precios que elabora desde hace tres décadas hablan de lo mismo: del irrefrenable impulso oficial por controlar la fiebre…   partiendo el termómetro.

El punto es que no siempre las cosas son así de fáciles. Que todo puede silenciarse, suspenderse o suprimirse. Que hay -filtrándose por las grietas del bosque de palabras, a través de la espesura ficcional de todos estos años- una inquietud, un murmullo. Algo que los millones gastados en propaganda del Gobierno no logran callar. El cacerolazo del 13 de setiembre -ese que para la cadena nacional del amor y el buen ánimo simplemente no existió o se redujo a cuatro señoras "bien" protestando por el incordio de viajar a Miami con pesos en el bolsillo- lo dejó en claro: hay vida más allá del relato K.

Hay personas deliberadamente expulsadas del discurso del poder y convertidas en un "ellos" tan de diseño como todo lo que escapa a la máquina de narrar oficialista. Porque no, no todos somos estancieros, empresarios corruptos, golpistas ni especuladores. Hay aquí empleados, maestras, médicos, amas de casa, estudiantes. Somos los que sabemos a qué hora sale el sol, los que buscamos más trabajo para poder llegar a fin de mes. Somos los que viajamos -y morimos- en el Sarmiento.Y contra lo sospechado por el jefe de Gabinete, sí sabemos lo que es pisar el pasto. Lo hacemos cada vez que los colectivos o los subtes o los trenes o todos a la vez hacen paro, nos dejan de a pie y hay que volver a casa caminando.

Somos el 46% que no votó a esta Presidenta, porque de eso se trata la democracia: de que cada quien elija a quien considere más idóneo para decidir sobre el destino de todos. De respetar la voluntad de la mayoría, sí. Pero también de entender que casi la mitad del padrón es demasiada gente como para seguir fingiendo que no están ahí. Que disentir no es delinquir, que nosotros no somos "ellos". Que somos parte del único pronombre que falta. Del nosotros ausente.

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