"Noches sabineras”: el lado bueno de las cosas

Es la primera vez que Pancho Varona y Antonio García de Diego se apropian de los temas que comparten con Sabina. Y la intrepidez les sienta de maravillas: es un gusto oírlos.

“Hay una vida después de Sabina, pero no es vida”, dice

Pancho Varona

.

Antonio García de Diego

, al filo del piano, asevera entre sonrisas. Desde las butacas: aplausos a rabiar.

“Noches sabineras” es, esencialmente, un obsequio (una concesión) para el público del trovador de Úbeda.

En su debut como intérpretes, Varona y García de Diego de alejan de los grandes despliegues escenográficos y tecnológicos, y crean un espacio cálido, intimista, entretenido. Allí cobijados, los españoles combinan las anécdotas y las canciones que los unen a su ‘compare’. Joaquín Sabina se adivina a través de ellos; y también se celebra: bendito su tono grave y su voz de lija; benditas sus líricas de bar, literatura, desconsuelo y vísceras. Todo es fiesta en este encuentro acústico.

Para encender los ánimos les bastan dos guitarras, un piano y una armónica; ambos son músicos grandiosos, exquisitos. Sus versiones son desenchufadas, pero mantienen los finos arreglos: el rasguido característico de Varona; la armónica nostálgica de García de Diego, su piano, sus punteos agudos. Hermosas, en este sentido, “Con la frente marchita”, “A la orilla de la chimenea”, “Contigo” (por García de Diego); “Tan joven y tan viejo”, “Esta noche contigo”, “Pastillas para no soñar” (Varona). El público agradece.

Para delatar al hombre detrás del artista (o “los tatuajes de su pasado bucanero”), acuden a las mejores historias: cuándo y cómo se escribió tal canción; qué melodía fue descartada; a qué refiere tal clásico. Joaquín está presente. Aunque no.

Los españoles son amigos de la calidez. Por eso la platea se quita los prejuicios: canta, aplaude, lanza piropos; desafina algunos versos frente al mic (en un karaoke sólo apto para valientes). Y ellos, tíos piolas, ‘cabroncetes’ adorables, alimentan el feed back con ocurrencias y comentarios oportunos. Dicen que les gusta el fernet, Mendoza, el otoño. Y que quieren volver. Siempre.

Al final de dos horas, bajan del escenario, se toman fotos, ofrecen abrazos a los perseverantes que esperaron y a los desprevenidos que pasan.

Y luego se van, silbando bajito, como quien no quiere la cosa. Qué tipos magníficos.

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