Ninguno de estos nicaragüenses deseaba pasar su vida huyendo. Pero muchas personas en ese país asediado por la pobreza y la desesperación enfrentan una nueva realidad. Han cambiado sus vidas rutinarias como abogados, estudiantes de ingeniería, radiodifusores o comerciantes por una de esconderse de casa en casa, de aplicaciones de mensajería encriptadas y seudónimos.
Ocho meses después de que un levantamiento y las protestas populares derivaran en la muerte de más de 300 personas y el arresto de más de 500, muchos nicaragüenses en todo el país han pasado a la clandestinidad. Se esconden de un gobierno cada vez más autoritario que, sistemáticamente, ha perseguido a quienes participaron en las manifestaciones multitudinarias y protestas -a veces violentas- en contra del presidente Daniel Ortega y la vicepresidenta y primera dama Rosario Murillo.