La palabra caudillo viene del latín capitellium que significa cabeza. Durante el medioevo español fue uti¬lizada para referirse al jefe del ejército. Desde entonces designó a líderes en diversos contextos. Los partidarios de la Dictadura española de 1939 a 1975 lo utilizaron para designar a Francisco Franco.
En el actual territorio argentino —una vez consumada la Revolución de Mayo— se llamó así a quienes ostentaban el poder sin títulos legítimos. Siguiendo al extinto historiador Tulio Halperin Donghi (1926-2014), el término tomó aquí –a diferencia de Europa- connotaciones negativas y comenzó a designar a seres marginales, aquellos que coartaban la or-ganización nacional.
A lo largo de nuestras primeras décadas independientes, la ausencia de un gobierno central posibilitó a estos hombres ha¬cerse espacio atreves de la violencia. Con el tiempo algunos dieron barniz institucional al poder, asegurándose siempre un goce vitalicio de dominio absoluto. Sin embargo, otros —como Facundo Quiroga— ni se molestaron en buscar algún respaldo legal.
En 1827, tras la caída del Estado organizado por Bernardino Rivadavia durante su presidencia, Buenos Aires heredó un importante aparato burocrático y todos sus recursos fiscales. Sobre esta base, Rosas estructuró un poder absoluto de verdadero alcance na¬cional. Consecuentemente, sus pares provinciales —salvo casos puntua¬les— se sometieron a la hegemonía porteña. Estando en buenos términos con el Restaurador, podían hacer su voluntad en el pago chico y sostener intereses particulares.
El gobernador porteño procuró tenerlos siempre bajo su égi¬da, separando a las ovejas negras del rebaño, generalmente ultimándolas. Así, los caudillos se ubicaron en los márgenes de poder tolerados por Rosas. El federalismo era una fachada conveniente para todos.
Ante estos líderes totalmente sometidos al poder porteño, encarnado por Rosas, las autonomías regionales fueron casi inexistentes. Los lí¬deres provinciales prestaron mayor fidelidad a Buenos Aires que a sus jurisdicciones.
Uno de los ejemplos más claros es el palpable sometimiento económico de las provincias. El control de los ríos y la Aduana porteña asfixiaron a muchos sectores del interior, especialmente a las del Litoral. Imposibilitados de usar sus propios puertos por acuerdos interprovinciales, ex¬portaban por la Aduana bonaerense. Esto no sólo ocasionaba pérdidas, sino también gastos innecesarios en traslados y aranceles.
El caudillo Ángel Chacho Peñaloza (en la imagen) constituyó un caso especial: se enfrentó al centralismo porteño encarnado por Rosas entre 1835 y 1852, llevando la bandera unitaria.
Después de este breve análisis podemos concluir que en esta época los títulos autoadjudicados poco tenían que ver con la realidad que encarnaban. Tal cambalache ideológico se encuentra sin duda en la raíces de nuestro extraño modo de ser.