19 de diciembre de 2012 - 23:50

Navidad en tiempos difíciles

Acostumbrados a relacionar la Navidad con compras, comidas, consumo, regalos, festejos de todo tipo y una que otra obra de beneficencia, a muchos les parece que los tiempos actuales nos la han secuestrado.

Posiblemente, teníamos una imagen falsa de la Navidad. Algo romántico y dulzón, una felicidad inmediata y facilona entre cantos de angelitos y estrellas de papel de plata.

Pero una lectura atenta de los evangelios de la infancia de Jesús nos puede ayudar a descubrir que los relatos de Mateo y Lucas, con su género literario propio, no tienen nada de romanticismo acaramelado.

Se habla de un pueblo sometido al imperio romano, de un censo para recabar impuestos y hacer leva de soldados, de una pobre pareja que camina en la noche, de un nacimiento fuera del hogar y de la posada, de pastores que no eran bien vistos en aquella sociedad, de un rey que mata a niños inocentes y de una familia exiliada que huye al destierro.

Y precisamente en ese ambiente de incertidumbre y oscuridad surge la luz de la esperanza de un Niño llamado Jesús, que llega para que recuperemos el mejor sentido que tiene la vida y la auténtica felicidad.

Sería muy oportuno que los tiempos difíciles nos ayudaran a hacer una lectura diferente, alternativa, de la Navidad tradicional. Quizás, en esas circunstancias, sea posible comprender mejor el significado del nacimiento de Jesús: aun en medio de la noche de tanta gente con desesperanza y de angustia generalizada, es posible confiar, luchar, amar, abuenarnos, ser solidarios, tener alegría.

¡Feliz Navidad!

¿Qué significación tiene este saludo?

Hay quienes se sienten felices porque viven en paz y en armonía consigo mismos, con los otros y con la naturaleza. Hay otros que experimentan la felicidad por el hecho de "pasarla más o menos bien" y de poseer algunas -o varias- de las cosas que desean.

Cada quien tiene su modo de entender y de vivir la felicidad.

Jesús de Nazaret fue feliz llevando una vida simple y sencilla, ganándose el sustento diario con su propio esfuerzo y trabajo, "saliendo de casa" para entrar en contacto con las debilidades, las enfermedades y las dolencias de todo ser humano, tendiendo la mano de la acción y de la palabra de esperanza para los pobres de toda pobreza, anatematizando a los ricos y poderosos de este mundo como hacedores de un orden social injusto, esclavizante e indigno de la persona, mostrando con su vida que la Vida es un regalo cotidiano, y que es un alienante despropósito (aunque se lo desee) sentirse "dueños" de la vida propia y ajena.

"Se es cristiano cuando se apunta el compromiso humilde en favor del prójimo, a la solidaridad con los desheredados, a la lucha contra las estructuras injustas; teniendo actitudes de gratitud, de libertad, de generosidad, de abnegación, de alegría, como también de indulgencia perdón y servicio" (Hans Küng).

¿No será que estamos perdiendo el perfume del amor, entendido como gratuidad, como alteridad, como donación sin pedir nada a cambio, como mano tendida para la amistad y para la ayuda, como el gozo de dar, más que el de recibir, como la paz del alma que nos depara el saber que intentamos hacer lo bueno y que eso bueno queda, como saludable semilla, en la vida de tantos?

Sanar, reparar, restaurar

El ser humano es una totalidad y la salud o enfermedad no pueden entenderse reductivamente, es decir, sólo desde el cuerpo o sólo desde el alma, pues siempre ambos están sanos o enfermos; más o menos sanos, más o menos enfermos.

En esta perspectiva, "salvar al ser humano" es curar, restaurar, sanar el bienestar y la armonía de la persona en su totalidad.

Esta totalidad abarca todo lo que es la persona como sujeto individual, histórico, social, cultural y político, de modo que cuando una persona se enferma, su enfermedad repercute negativamente en el entorno de la sociedad o, en sentido contrario, alguien  sano en el cuerpo y en el alma contribuye a formar una sociedad más saludable. La relación es interactiva.

Una sociedad enferma es una sociedad desajustada, alterada en alguna de las funciones que le son naturales, como -por ejemplo- cuando se empeña en organizar la convivencia desde la desigualdad, la injusticia, la avaricia, la despiadada competencia, la ley del más fuerte, la explotación y dominación de unos sobre otros, la manipulación, la represión. En ella se han introducido entonces virus operativos tóxicos y eso, lo queramos o no, influye negativamente en los ciudadanos.

Lograr, entonces, que ese estado de alteración individual o social vuelva a su normal funcionamiento es "salvar" el orden perdido, restaurarlo, sanarlo. Y "sanar" a las personas.
Esta salud-salvación arranca, desde el origen de los tiempos y desde un inicio débil, caminando hacia una plenitud. A esa meta se llega recorriendo el camino humano, empeñándose en todo lo humano, apostando desde uno mismo hacia los valores existenciales vividos por Jesús.

Los cristianos intentamos seguir ese único camino, pero contamos con que, en un momento de la historia, se ha puesto a caminar y convivir con nosotros ("se hizo uno de nosotros") un aldeano de Nazaret, que se llama Jesús. Él recorrió el mismo camino de cada uno/a de nosotros, pero aportó la novedad de su vida y de actitudes "regenerativas" para la vida humana.

Él no anula la experiencia ni la sabiduría de ese caminar propiamente humano sino que, asumiéndolas, las enriquece con nueva luz, energía y esperanza. Él señala la meta de un camino que lleva a una salud y salvación de la convivencia humana, pero pone su plenitud más allá del mundo y de la historia.

El proceso hacia esa meta, que cuenta con el protagonismo, la bondad, la libertad y la responsabilidad de la persona, se la ha dado Dios y no puede encomendarla a nadie. "Dios, que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti", decía San Agustín.

Para quienes soñamos y nos esforzamos por vivir una Navidad esculpida, con estos trazos, en el corazón y en las acciones: ¡Feliz Navidad!

Las opiniones vertidas en este espacio, no necesariamente coinciden con la línea editorial de Diario Los Andes.

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