Delgada, con mirada inquieta, siempre viste con colores llamativos. Rosario Murillo es singular. Suele pintarse los labios de rojo furioso, en contraste con sus pequeños ojos negros.
Delgada, con mirada inquieta, siempre viste con colores llamativos. Rosario Murillo es singular. Suele pintarse los labios de rojo furioso, en contraste con sus pequeños ojos negros.
Tiene las manos repletas de anillos con piedras turquesas para espantar la mala suerte. Con mística religiosa y un hábil dominio de masas, esta mujer de cara aindiada gobierna Nicaragua hace 11 años junto a su marido, Daniel Ortega. El es Presidente, ella vice.
Rosario siempre fue el poder detrás del poder. Y todos lo aceptaron como una sentencia. Ortega, el sandinista que integró esa camada revolucionaria que derrocó la dictadura de la dinastía Somoza, se corrió dócilmente y la dejó crecer.
No se equivocó: esas manos engarzadas de anillos y astucia política lo apoltronaron en el poder. Como premio, en 2016 compuso con ella la fórmula presidencial.
Hoy, ambos gozan en Nicaragua de un culto a la personalidad.
“La compañera Rosario”, como la llaman los seguidores, enarbola un discurso que amalgama religiosidad, utopías de izquierda, idealismo y espiritualidad. Esta poetisa que coquetea con la literatura, tiene un relato esotérico donde conjuga liturgia cristiana con superstición popular.
En sus arengas utiliza frecuentemente tres elementos vinculados entre sí. “¡Nicaragua Cristiana, Socialista, Solidaria!”, dice. “¡La Patria Libre, la Patria Linda, la Patria Bendita!”. O “¡Cuánta Bendición! ¡Cuánto Prodigio! ¡Cuánto Milagro!”. Frases cargadas de magia para levantar el fervor popular.
Los Ortega llevan más de una década en el poder y, junto a socios, controlan empresas productoras de combustible, canales de televisión y constructoras de obras públicas. Todo por obra y gracia de Rosario, la mujer de los anillos y la buena onda.