Al peronismo lo va cubriendo cada vez más un extendido silencio que le impone la incomodidad que sienten muchos de pertenecer pero no estar. De adherir a viejas consignas partidarias que bajan del Gobierno, pero comprobar que no se efectivizan. De saber que como fuerza política llegaron al poder, pero que quienes lo ejercen los representan cada día menos. De percibir que cuando faltan todavía tres años de mandato, para completar doce, se avecinan tortuosos momentos de lucha interna para definir la sucesión.
Ese silencio que también mastica la bronca de tener que protestar igual que los opositores, o de admitir como razonables las quejas de los críticos, no va ganando solamente a los peronistas de a pie. Allí se refugian hasta funcionarios de alto rango, como intendentes, gobernadores o ministros. Justamente porque la estrategia a la que los lleva el desconcierto y en muchos casos el desencanto es el silencio, se callan en público. Pero no lo ocultan en los ámbitos de intimidad. Ven, sienten y dicen que las cosas no van bien.
Es cierto que el kirchnerismo -y mucho más el cristinismo- son construcciones políticas no exclusivamente peronistas. Ex miembros del Frepaso, como el jefe de Gabinete Juan Manuel Abal Medina o la ministra de Seguridad, Nilda Garré, entre muchos otros, integraron aquella fuerza que llevó a la Presidencia a Fernando de la Rúa. También pequeños partidos de izquierda, el tradicional Partido Comunista Argentino, liderado por el eterno Patricio Echegaray, y organizaciones sociales de variado signo, surgidas de la crisis de 2001, son pilares en los que se asienta el Gobierno.
Esos sectores, tradicionalmente minoritarios en el conjunto social, aportan una alta cuota de militancia y agitación de las viejas utopías, aunque todos los días hacen difíciles equilibrios para encontrar justificaciones ideológicas a su oficialismo. Pero el peronismo ha sido siempre, y también con los Kirchner, la herramienta utilizada para llegar a los sectores más populares y por lo tanto más numerosos. Por algo, con una cadena de jefes territoriales que cumplen estrictamente los rituales de veneración a Perón y Evita, el peronismo es la llave de la provincia de Buenos Aires, principal distrito electoral del país.
El estilo personalista de Cristina Fernández, y en forma especial los resultados de algunas decisiones erróneas del Gobierno, imponen entonces un muro que crece ladrillo a ladrillo entre la Presidenta y ese peronismo complejo pero necesario a la hora de gestionar el país. Decidido a posicionarse al frente de los silenciosos por sus aspiraciones presidenciales, el gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota, libra una dura batalla de final incierto. Su colega bonaerense, Daniel Scioli, se ilusiona con que sea la propia Cristina, impedida su re-reelección por una futura oposición parlamentaria a la reforma constitucional, quien lo bendecirá para que sea finalmente su sucesor.
Con acierto, el politólogo e historiador Natalio Botana sostiene que uno de los déficits de la democracia argentina es su incapacidad para procesar las sucesiones políticas. A tres años del final del mandato de la Presidenta, esa cuestión ya hace tanto ruido que afecta no sólo el día a día sino cualquier proyección de los escenarios políticos y económicos. Con nueve años de crecimiento y bonanza, la estabilidad que permita planificar el futuro sigue siendo un sueño inalcanzable.
Más difícil
La multitudinaria movilización de protesta del 8 de noviembre se ha convertido en una referencia ineludible para cada decisión política, tanto del Gobierno como de la oposición. Hasta se percibe un cambio en el humor de la Presidenta, a la que le cuesta cada vez más montar el espectáculo político en el que ha convertido a cada acto público del que participa. La estrategia de disimular lo sucedido y mirar para adelante no resulta convincente y menos cuando se quiere seguir torciendo la realidad.
Dos ejemplos concretos así lo indican. Uno es la exención del pago de Ganancias en el medio aguinaldo de diciembre. De trece sueldos que cobra el trabajador al año, la medida se aplica sobre solamente medio sueldo. Es mejor que nada, pero el reclamo de los trabajadores es ajustar la base imponible y no recibir sólo un pequeño regalito navideño, que se decidió para intentar quitarle una bandera al paro del próximo martes que organizan la CGT de Hugo Moyano y la CTA de Pablo Micheli.
El otro ejemplo es la aguda crisis que padece el sector energético, que el Gobierno no reconoce y que cuando aflora, como en el reciente gran apagón porteño, la vende como un fantasmal sabotaje de la oposición.