En las Islas Vestman, en Islandia, una escena puede parecer brutal a primera vista: personas que levantan pequeñas aves y las lanzan desde los acantilados hacia el mar. Pero detrás de ese gesto hay una misión de rescate: ayudar a las crías de frailecillo atlántico, que se desorientan por las luces del pueblo cuando intentan llegar al océano.
El problema empieza cuando las crías, llamadas pufflings, dejan sus nidos para buscar el océano. Estas aves se orientan por la luz de la luna, pero las luces artificiales de los pueblos las confunden.
En lugar de llegar al agua, terminan perdidas en las calles, jardines o debajo de los autos, donde corren el riesgo de morir. Ahí es cuando entran en acción las "patrullas de frailecillos".
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Niños y adultos salen de noche con linternas y cajas de cartón para rescatar a los ejemplares desorientados. Es una movilización total: los habitantes patrullan las esquinas para recoger a estos pequeños pajaritos y guiarlos hacia el océano.
El momento en que las lanzan al mar
Al día siguiente, los rescatistas llevan las cajas a los acantilados. Allí, lanzan a los frailecillos al aire o al mar para ayudarlos a retomar su camino correcto hacia el océano.
Este gesto es vital: Islandia alberga entre el 60% y el 80% de la población mundial de esta especie. Sin esta ayuda, muchas crías no sobrevivirían a su primer encuentro con la civilización.
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Se estima que en el país viven entre 8 y 10 millones de frailecillos cada verano, lo que supera por mucho a la población humana de la isla.
Por qué participan niños y familias
En las Islas Vestman, el rescate de los frailecillos bebés se volvió una tarea compartida por toda la comunidad. Durante la noche, adultos y chicos salen con linternas y cajas de cartón para buscar a las crías que terminaron perdidas en calles, patios o veredas. Más que una tradición curiosa, es una forma de enseñar desde pequeños cómo proteger a las aves que no logran llegar solas al mar.
Qué amenaza a las crías
El principal problema aparece cuando los pufflings dejan sus nidos y deberían orientarse por la luz natural del océano. En cambio, muchas veces se confunden con las luces artificiales del pueblo y terminan lejos de la costa, expuestos a autos, gatos, perros, jardines o zonas urbanas. Por eso, recogerlos y llevarlos nuevamente hacia los acantilados puede ser clave para que retomen su camino.